La gran ilusión de la libertad en la era digital

La gran ilusión de la libertad en la era digital

De Estados Unidos a China, la vida de la gente y está cada vez más controlada por el gobierno.

Libertad en la era digital

Corporaciones y gobiernos han descubierto cómo manipular a la gente en la era digital.

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123RF

10 de febrero 2018 , 09:52 p.m.

A lo largo de los últimos meses, los medios de comunicación de todo el mundo se han visto saturados con artículos sobre cómo la tecnología está destruyendo la política. En autocracias como China, el temor es a Estados tipo Gran Hermano con enormes poderes, como el que describe George Orwell en 1984. En democracias como Estados Unidos, la preocupación es que las empresas tecnológicas sigan exacerbando la polarización política y social al facilitar la propagación de la desinformación y crear ‘burbujas’ y ‘filtros’ ideológicos, dando origen a algo similar a ‘Un mundo feliz’ de Aldous Huxley.

Gran parte de la cobertura del XIX Congreso Nacional del Partido Comunista de China (PCC) se centró en la consolidación del poder del presidente Xi Jinping. Observadores advierten que se está creando una dictadura de la era de la información, en la que tecnologías que alguna vez se esperó que trajeran libertad a los 1,4 mil millones de ciudadanos chinos le han permitido afianzar su autoridad.

Al dar al gobierno información muy detallada sobre las necesidades, sentimientos y aspiraciones de los chinos comunes y corrientes, internet les permite a los líderes de ese país adelantarse al descontento. En otras palabras, usan el ‘big data’ en lugar de la fuerza bruta para asegurar la estabilidad.

La cantidad de datos de los que disponen es enorme. Más de 170 millones de cámaras con capacidad de reconocimiento facial siguen cada paso de los ciudadanos. Un sistema de seguridad con inteligencia artificial puede detectar a sospechosos de delitos si pasan en bicicleta por un lago o compran empanadas a un vendedor callejero, y avisar de inmediato a la policía. Las cámaras de vigilancia de datos de China alimentan el banco de datos de ‘crédito social’, en el cual el régimen compila grandes archivos sobre la calidad crediticia, patrones de consumo y fiabilidad general de su gente.

El PCC también usa tecnología para manejar sus propias filas, una vez desarrollado decenas de ‘apps’ para comunicarse con los miembros del partido. Al mismo tiempo, bloquea algunas de las características empoderadoras de las tecnologías, al obligar a todas las compañías tecnológicas a tener sus servidores dentro de China, con lo cual, en la práctica, ‘nativiza’ la censura.

El impacto de la tecnología en la política estadounidense ha sido todavía más visible, pero se analiza en términos del mercado más que del Estado. Algunas de las historias más llamativas han girado en torno al papel que jugaron las ‘noticias fabricadas’ en la determinación de los resultados de las elecciones del año pasado. Facebook ha admitido que 126 millones de estadounidenses pueden haber visto noticias falsas durante la campaña. Y el fantasma de la intervención rusa sigue rondando.

Existe una sensación de ansiedad acerca de la capacidad de las compañías tecnológicas de controlar la información que llega a la gente. Los algoritmos secretos de las grandes compañías tecnológicas (las ‘big tech’) determinan cómo percibimos el mundo y nos dificultan cada vez más la toma consciente de decisiones: lo que los filósofos perciben como la dimensión básica del libre albedrío.

Las ‘big tech’, cuyo valor supera el PIB de algunos países, apuntan a aumentar sus utilidades, no el bienestar social. Sin embargo, en momentos en que la atención está reemplazando al dinero como el bien más valioso, sus decisiones tienen consecuencias de gran alcance. El impacto de la tecnología sobre la política es relativamente independiente del tipo de régimen. La tecnología está borrando la cómoda distinción entre sociedades abiertas y cerradas, y entre economías planificadas y libres, haciendo que en último término sea imposible que cualquiera de ellas exista en su forma ideal.

Edward Snowden, al revelar los enormes niveles de vigilancia de la Administración de Seguridad Nacional, dejó claro que el deseo estatal de saberlo todo no se limita solo a China. Por el contrario, es un factor central de la idea de seguridad nacional en EE. UU.

En China, las cosas se están moviendo en la dirección opuesta. No hay duda de que el gobierno está presionando a las mayores empresas tecnológicas a darle un papel directo en la toma de sus decisiones corporativas y acceso directo a sus datos. Por ejemplo, un amigo que trabajó para el motor de búsqueda Baidu me explicó cómo la compañía trata de mejorar la experiencia de censura del consumidor, probando las maneras de censura preferidas por la gente.

Y Jack Ma, del gigante tecnológico Alibaba, piensa que China puede usar el ‘big data’ para diseñar intervenciones estatales perfectamente calibradas que les permitan superar a las economías de libre mercado. Ma cree que en las próximas décadas, “la economía planificada se volverá cada vez más grande” y poderosa.

En la era digital, el mayor peligro no es que la tecnología enfrente cada vez más a sociedades libres y autocráticas, sino que los peores temores tanto de Orwell como Huxley se vuelvan manifiestos en ambos tipos de sistema y creen un tipo diferente de distopía. Los ciudadanos tendrán la ilusión de ser libres y estar empoderados, pero en realidad, sus vidas, la información que consumen y las opciones que prefieren estarán determinadas por algoritmos y plataformas controladas por élites corporativas y de gobierno que no tienen que rendir cuentas.

MARK LEONARD
© Project Syndicate
Londres
* Mark Leonard es director del Consejo Europeo de R. Exteriores

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