Los muertos de la pelea con Uber / Análisis del Editor

Los muertos de la pelea con Uber / Análisis del Editor

Al dilatar acuerdo, el Estado y la empresa tienen a miles de conductores en un limbo muy peligroso.

Uber

Regular a Uber en lugar de prohibirlo no solo es lo más compatible con el avance de la economía digital, sino que puede evitar tragedias a futuro.

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29 de enero 2018 , 12:45 p.m.

No hay manera de saber aún si la muerte de Juan Sebastián Salcedo Balseros, un joven de 25 años, estuvo directamente relacionada con su trabajo con Uber. No hay manera de saberlo aún, pero es imprescindible esclarecerlo, porque su caso trae de nuevo a la luz la profunda vulnerabilidad en la que laboran quienes usan esta plataforma en calidad de socios conductores.

Nadie dice que no sea legítimo el reclamo de quienes piden que Uber se someta a regulaciones que equiparen el marco legal de su servicio con el que prestan los taxis, que hoy hacen frente a costos mucho más elevados en materia de impuestos y seguros, como lo es el de miles de personas que hoy ven en esa plataforma una alternativa de trabajo digno que, piden, sea regulada y protegida.

Como concepto, Uber es hija de la economía digital. Como lo son también Airbnb, OLX o Netflix, se sirve de posibilidades que antes no existían para prestar un servicio, innegablemente disruptivo. Pero, en ese contexto, disruptivo no es una mala palabra y optar por la simple ilegalización de su servicio equivale a haber abogado en su momento por la prohibición de las cámaras digitales para cuidarle el negocio a Foto Japón o por el fin del e-mail por el bien de los carteros.

Hasta ahora, Gobierno y empresa han fallado monumentalmente en su obligación de hallar un camino. El Gobierno ha exhibido una inexcusable falta de decisión, con un ministerio proclamando la ilegalidad de Uber mientras otro declara su legalidad bajo los principios de la neutralidad en la red. Los ‘avances’ del Ministerio de Transporte en la regulación del servicio de taxis de lujo yerran por completo el núcleo del debate y son, por tanto, pañitos de agua fría que sugieren que no entienden el problema, o no lo quieren entender.

Por su parte, Uber, aunque reitera a menudo su disposición para buscar con el Gobierno una regulación, ha sido parte de la ecuación que ha prolongado este peligroso limbo. Más aún, mientras no avanzaban las conversaciones, se permitió desplegar en Colombia novedades llamadas a acentuar la polémica, como el cobro en efectivo o la modalidad UberPool. Fue, cuando menos, una torpeza y, cuando más, una irresponsabilidad.

Cuando Uber solo se podía usar con tarjeta de crédito, había una seguridad implícita. Conductor y pasajero sabían que la identidad del otro estaba verificada por el sistema bancario. El cobro en efectivo acabó con eso y pone un blanco sobre carros que en los que antes no se acumulaba dinero. Y si en el mismo vehículo van otros dos desconocidos que pueden haber pedido el servicio bajo esa modalidad, las variables se multiplican.

¿Qué puede hacer un conductor de Uber cuando lo agreden, le dañan el carro o, peor aún, lo atracan? ¿Cómo va a llamar a la Policía si el marco legal de su trabajo no existe? ¿Por qué deben los usuarios de un servicio que funciona abiertamente en Nueva York esconderse para usarlo en Bogotá? Incluso si el episodio que llevó a su muerte no tuvo que ver con su trabajo, Juan Sebastián no tenía la protección de la ley, porque la ley eligió tratar lo que hacía esa noche como una actividad criminal.

Y, por supuesto, está además el tema del precedente. Si erradicamos a Uber, ¿quién sigue? Airbnb no goza del favor de los hoteleros y a los canales de televisión los irrita Netflix. En todos estos casos, las autoridades y los nuevos actores de la economía digital deberían sentirse obligados a zanjar sus diferencias y permitir que le marco legal evolucione para hacer frente a la innovación tecnológica.

De regreso al tema Uber, el asunto es que, a medida que se prolonga el desacuerdo, aumenta el potencial para que este tipo de limbos deje heridos o muertos. O, para expresarlo mejor, deje más heridos o más muertos.

WILSON VEGA
Editor de Tecnología de EL TIEMPO

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