¿Por qué nos obsesionan las pantallas?

¿Por qué nos obsesionan las pantallas?

Los productos digitales generan respuestas en el cerebro similares a las del abuso de sustancias.

Computador y celular

Según Moment, una persona pasa, en promedio, alrededor de tres horas al día en su celular.

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123rf

02 de julio 2017 , 09:50 p.m.

El australiano Adam Alter (36 años, profesor de Marketing y Psicología de la Universidad de Nueva York) iba en un avión cuando reparó en que su adicción al teléfono había llegado a un límite peligroso. En un viaje desde Nueva York a Sídney, se pasó 24 horas seguidas jugando 2048, un juego en línea cuyo objetivo es deslizar baldosas en una cuadrícula. “Me hizo preguntarme cómo podía estar sentado jugando el mismo juego por tantas horas y sin parar”, relata.

“Cuando se lo conté a otras personas –continúa–, me di cuenta de que no estaba solo: muchos sentían que pasaban demasiado tiempo atados a sus dispositivos”.

En su investigación, Alter se encontró con estudios y cifras que confirmaron aquella impresión: por ejemplo, que una persona pasa casi tres horas al día pegada a su celular y lo coge un promedio de 39 veces al día (según datos de la aplicación Moment). Que dos tercios de los adultos sufren de privación crónica del sueño, una enfermedad moderna cada vez más común debido al uso de smartphones, libros electrónicos y otros dispositivos que emiten luz. O que en países como Estados Unidos ya existen clínicas como reSTART, destinadas a rehabilitar a adictos a internet, videojuegos y la realidad virtual.

A partir de múltiples entrevistas y evidencia científica, Alter comprobó que la era digital es mucho más propicia para desarrollar este tipo de enfermedades crónicas del cerebro. Ese es el leitmotiv de su libro Irresistible: The Rise of Addictive Technology and the Business of Keeping Us Hooked (2017), en el cual el australiano advierte una realidad inquietante: muchos de nosotros –niños, adolescentes, adultos– somos adictos a los productos digitales modernos. No figurativamente, sino que, literalmente, adictos.

En el pasado, la mayoría de la gente vinculaba el término ‘adicción’ a sustancias químicas, como heroína, cocaína o nicotina. Pero investigaciones recientes han demostrado que las adicciones conductuales generan las mismas respuestas en el cerebro que el abuso de sustancias. En ambos casos, distintas regiones cerebrales liberan dopamina, la cual se anexa a los receptores del órgano central de nuestro sistema nervioso y le permiten producir una intensa carga de placer.

“El cerebro responde de la misma manera a los comportamientos adictivos que a las sustancias adictivas, aunque la respuesta es más débil a los comportamientos, ya que estos no actúan directamente en el cerebro, como lo hacen las sustancias”, señala Alter.

“Ciertamente –complementa el autor–, somos susceptibles de caer en la adicción cuando tenemos una necesidad psicológica que puede ser satisfecha por una experiencia o sustancia. Si te sientes solo, por ejemplo, puedes inclinarte a encontrar amigos en un juego como World of Warcraft y te resulta difícil dejar de jugarlo”.

En su libro, Alter también revela una “curiosa” contradicción: distintos gigantes de la tecnología –desde el fallecido Steve Jobs hasta Evan Williams, fundador de Blogger, Twitter y Medium– imponían severas restricciones al uso de dispositivos electrónicos en sus hogares y les prohibieron a sus hijos tener un iPad. Es decir, protegían a sus familiares de las tecnologías que ellos promovían públicamente. “Algunas compañías emplean a personas bajo el título de ‘éticos del diseño’, lo que sugiere que ellos saben que sus productos tienen el potencial de hacernos menos sanos”, dice.

Efectos negativos

El psicoterapeuta Stanton Pee-le –uno de los pioneros de este campo desde la década del 70– define la adicción como una experiencia que nos provee un sustento emocional crucial en un tiempo y lugar determinados al costo de depreciar nuestras existencias globales. “Hay un movimiento creciente que ve una serie de comportamientos como potencialmente adictivos, incluyendo aquellos que no implican la ingesta de un medicamento”, agrega el británico Mark Griffiths, profesor de Adicciones de Comportamiento en la Universidad Nottingham Trent. “Estos incluyen los juegos de azar, comer, sexo, ejercicio, videojuegos, amor, compras, uso de internet, redes sociales y trabajo”.

Griffiths es uno de los coautores de Prevalencia de las adicciones: ¿un problema de la mayoría o de la minoría? (2011), uno de los estudios más completos que se han realizado sobre adicciones químicas y conductuales y el cual es citado en el libro de Alter. Tomando como base 83 estudios, y con un total de 1,5 millones de encuestados de cuatro continentes, este concluyó que el 41 por ciento de la población había sufrido de algún tipo de comportamiento adictivo en los últimos doce meses. Estos iban desde adicciones viejas y conocidas, como al cigarro y la bebida, hasta otras más recientes, como la adicción a internet.

Griffiths y sus colegas establecen que estos no son desórdenes triviales. Casi la mitad de la población ha experimentado síntomas tales como la pérdida de habilidad para elegir libremente si detener o continuar dicho comportamiento (pérdida de control) y las consecuencias adversas asociadas a ese comportamiento. “Esa tasa, seguramente, ha aumentado con la adopción generalizada de tabletas y teléfonos inteligentes y la creciente participación en las redes sociales”, dice Alter. Y añade que “para muchas personas que forman parte de este 41 por ciento, el comportamiento adictivo está basado en internet o en las redes sociales”.

Según el autor australiano, nuestra dependencia de la tecnología interrumpe nuestra rutina de trabajo y vida diaria y trae múltiples efectos negativos. “El e-mail, por ejemplo, nos impide ocuparnos completamente en el trabajo. Algunos estudios sugieren que toma 25 minutos involucrarte profundamente en tu tarea original si dejas de revisar tu correo. Por lo tanto, si lo revisas todo el día, vas a estar trabajando en un nivel de compromiso poco profundo la mayor parte de la jornada”

El poder del ‘like’

En diciembre del 2014, durante unas vacaciones familiares, el español Gustavo Entrala (46 años, experto en innovación digital y fundador de la agencia de publicidad 101) se dio cuenta de que estaba mucho más pendiente del teléfono y de las notificaciones de las redes sociales que de la gente que lo rodeaba. En simultáneo, ya había notado cómo disminuía su concentración en el trabajo. “Me costaba mucho abordar las tareas que tenía pendientes, y siempre encontraba una buena excusa para poner un tuit o mirar cuántos retuiteos había tenido”, relata. “Las redes sociales –sentencia– son como unas muletas para momentos de cansancio y aburrimiento y, sin querer, empiezas a acudir a ellas para procrastinar”.

En aquella época, Entrala acudía a su celular un promedio de 150 veces al día para revisar si había un tuit nuevo o si sus comentarios habían tenido algún tipo de feedback . Para él, un like era una forma de dar y recibir “reconocimiento y afecto”. Y esta adicción empezó a tener efectos en su vida personal. “En general, la gente que trabaja contigo ve que no estás viviendo intensamente lo que haces. Estás en otra cosa, un poco aislado”.

Para hacer un corte radical con sus hábitos, la primera medida de Entrala fue encender el teléfono solo cuatro veces al día. Las primeras 48 horas estuvieron marcadas por la ansiedad, pero al tercer día empezó a notar que estaba más sereno, que trabajaba y pensaba mejor y que sus conversaciones eran más ricas en contenido. “Para mí, la clave fue eliminar las notificaciones del móvil. En el momento en que lo haces, ya no te controlan Twitter, Facebook o WhatsApp”, dice.

Según expertos, el comportamiento cerebral de un adicto a las redes sociales no difiere demasiado del de una persona que se instala frente a un tragamonedas. “En lugar de dinero, las personas que reciben likes a sus ‘posteos’ son recompensadas con un sentido de aprobación social”, dice Mike Dixon, neurocientífico cognitivo en el Departamento de Psicología de la Universidad de Waterloo.

¿Cómo salir?

El psiquiatra Daniel Martínez, director del Instituto del Bienestar de Chile, atiende a personas que sufren de adicciones de comportamiento relacionadas con internet. ¿La más común? “La mamá está preocupada porque su hijo pasa mucho tiempo pegado al computador, ya sea en internet o jugando videojuegos”, dice. “Luego está todo el tema de las telefonías celulares y el WhatsApp. Menos frecuente, a uno también le toca ver adicción a compras por internet y adicción al sexo y la pornografía”.

Al igual que en el resto de las adicciones, Martínez plantea que la de la tecnología está determinada por el ambiente en el cual se desarrolla una persona. Estas son facilitadas por un tema experiencial y social. “Hay mucha gente con ciertas fobias sociales a las que les cuesta la interacción cara a cara y se sienten más sueltas a través de las redes”, señala. “Una de las cosas que hacen que ciertas actividades sean más adictivas que otras es la instantaneidad de la respuesta. Una característica de las drogas es que uno, rápidamente, puede lograr un cambio emocional o anímico. Y una de las cosas que tiene internet es que, inmediatamente, yo puedo obtener algo. No hay que esperar. Y eso es muy adictivo”.

¿Cómo se puede salir de una adicción a dispositivos electrónicos? Según los expertos, hay muchos tratamientos potenciales, que van desde los neurobiológicos (farmacoterapia), cognitivos (terapia cognitivo-conductual) hasta el reciclaje atencional. “No podemos renunciar a ellas, pero podemos usarlas con menos frecuencia”, dice Alter. “Por ejemplo, no usar pantallas entre ciertas horas del día, no dormir con nuestros teléfonos al lado, programar caminatas al aire libre y conversaciones cara a cara, negarse a usar tecnología en la mesa, y así sucesivamente. Esos ajustes juegan un papel importante en reducir su grado de invasión en nuestras vidas”, concluye el autor.

GUILLERMO TUPPER
EL MERCURIO (CHILE) / GDA

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