El día más importante para las víctimas del conflicto

El día más importante para las víctimas del conflicto

97 víctimas salieron desde Bogotá al evento. Allí se reunieron con otro grupo de Medellín y Cali.

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Así llegaron algunas de las víctimas del conflicto armado a Cartagena.

Foto:

Archivo particular

27 de septiembre 2016 , 07:36 a.m.

“Es muy importante que nos tengan en cuenta, las víctimas contamos la historia de Colombia”, dijo Gloria Gómez al preguntarle qué sentía este lunes, cuando se firmó el acuerdo de paz. (Lea también:  'Miembros de las Farc, bienvenidos a la democracia')

Eran las 3:30 de la mañana, no había amanecido en Bogotá y la temperatura era de 8 grados centígrados, pero ya había tres personas esperando, emocionadas, al resto de las víctimas y al bus que las llevaría al aeropuerto rumbo a Cartagena.

El punto de encuentro era el Monumento a los Militares y Policías Caídos de las Fuerzas Armadas, pero a esa hora, la Calle 26 estaba tan sola que prefirieron esperar frente al Hospital de la Policía. “No vaya a ser que esta paz estable y duradera comience con que nos roben allá”, dijeron entre risas.

Allí, en taxis, fueron llegando más víctimas. Se bajaban y se presentaban, “¿De dónde vienen?” era la pregunta que iniciaba todas las conversaciones. De Vichada, de Guaviare, de Meta, Yopal, Bogotá, Santander… las respuestas eran variadas. Sobre todo, había risas. En un ambiente muy festivo, todos sonreían a pesar del cansancio de más de 11 horas de viaje por carretera, en algunos casos.

Algunos, previendo que quizás no podrían cambiarse al llegar a Cartagena, viajaron con la “pinta” lista. Claudia Milena Guerrero, que venía de viaje desde Meta, estaba con un vestido corto, blanco, con apliques de brillantes en la falda. Tenía tacones, aretes, un collar también de brillantes, y llegaba a pararse una hora a esperar que las otras personas y los buses llegaran. Tenía frío pero eso no detenía su alegría. (Además: 'Hoy no sentí lo que antes sentía con los señores de las Farc')

Una vez en los buses, las personas se sentaron en grupos, bien fuera porque venían del mismo lugar o pertenecían a la misma asociación de víctimas, o porque habían estado juntas en alguna de las delegaciones que fueron a La Habana.

Ese era el caso de Esperanza Uribe, Gloria Gómez y Marisol Garzón. A la primera la dejó viuda la masacre de La Rochela, en 1989. Su esposo, el juez 16 de instrucción criminal, Pablo Antonio Beltrán, fue asesinado ese 18 de enero. La segunda, había perdido a sus dos hermanos a causa de desaparición forzada, solo a uno pudo encontrarlo, con signos de tortura. La última, es la hermana de Jaime Garzón, asesinado el 13 de agosto de 1999.

Las tres no solo habían hecho parte de la segunda delegación de víctimas que fue a La Habana, sino que eran víctimas de crímenes de Estado. “Me preguntan que si ya los perdoné, respondo: ¿a quiénes? Nunca he sabido quién estuvo detrás del asesinato de mi esposo en La Rochela. Cuando sepa a quién, ahí sí”, dijo Esperanza Uribe.

A pesar de eso y de haber perdido la ilusión de saber la verdad sobre la muerte de su esposo, Esperanza, que se fue con una blusa blanca y tacones elegantes, una chaqueta y un chal, el cabello bien arreglado, y un pantalón de más para cambiarse una vez en Cartagena, dice que sí cree en este proceso. (Lea también: La firma de la paz en el barrio Nelson Mandela, 'la otra Cartagena')

“Si nosotras, las víctimas, que hemos sufrido tanto, podemos creer, podemos querer un futuro mejor, ¿por qué las personas que nunca han vivido la guerra no pueden?”. Le resulta inexplicable la oposición de los partidarios del No. “Yo solo sé que creo en la paz porque no quiero que haya más viudas y huérfanos a causa de la guerra”.

Llegaron a Catam, el Comando Aéreo de Transporte Militar, ubicado en Bogotá, al lado del aeropuerto El Dorado. Seguían animadas.

El grupo de víctimas de Bogotá se dividió. Una parte viajó en un trayecto directo de Bogotá a Cartagena. Otra en un vuelo que primero aterrizó en Cali para recoger a las víctimas de ese grupo. El frío que sintieron en el viaje rápidamente se convirtió en bochorno.

A las 10:25 de la mañana todas las víctimas estaban en La Heroica. El buen humor y festividad que las víctimas tenían en la madrugada se había nublado un poco por el largo viaje, sin embargo, cuando bajaron del avión, tuvieron suficientes ánimos para posar en una foto, como de futbolista, aun en la pista de aterrizaje.

Una vez en Cartagena, dentro de la Casa del Sena, se hizo evidente lo encartadas que estaban algunas de ellas, que venían con morrales, maletas de rodachines, bolsos… En ellos, la ropa para cambiarse ese día más tarde, en otros casos, ropa para otros dos días. No iban para sus casas, iban a quedarse en Bogotá, Barranquilla u otros lugares. Preguntaron en donde podían dejar las maletas.

Lo siguiente fue hacer una fila de unos veinte minutos para recibir la acreditación que garantizaría su entrada al evento protocolario en el patio de banderas del Centro de Convenciones de Cartagena. Los 30 grados centígrados que para las 11:40 am tenía Cartagena no eran el mejor ambiente para hacer una fila. (Además: Juan David, el primer niño que nació en un país sin conflicto)

A las 2:00 pm salieron de la Casa del Sena hacia el punto de encuentro en la Torre del Reloj, poco antes había comenzado a llover en Cartagena. Aunque no hacía frío, las mujeres que andaban en tacones se encontraron con el inconveniente de que, ante el chapuzón, las calles del centro histórico se habían inundado. Los charcos, que llegaban casi a la altura del andén, dificultaban el desplazamiento.

Por problemas con algunas personas que apoyaban el 'No' y llevaban camisetas con el mensaje “Colombia vota No”, la Policía cerró el paso directo al patio de banderas, que de allí era a unos cuatro minutos. En medio de la lluvia, las víctimas tuvieron que tomar una ruta alternativa. Un desvío de 15 minutos, por la periferia del Centro Histórico. Sus vestidos y pantalones blancos comenzaron a ensuciarse con la suciedad de la calle y las goteras que caían de techos y canaletas.

Llegaron a la otra entrada, encontraron otra fila, esta vez de 15 minutos. Siguieron y, de nuevo, otra fila. En esta estuvieron más de media hora a razón de que, como habían tenido que entrar por un ingreso diferente, no estaban cerca al espacio V.I.P. que tenían destinado. Los organizadores estaban secando las sillas y esperando que se juntaran todas para llevarlas a donde estarían sentadas. Sus esfuerzos fueron en vano pues al llegar, las sillas seguían mojadas. Muchas víctimas optaron por quitar los cojines, otras, más aventureras, se sentaron directamente sobre ellos sabiendo que terminarían con el pantalón o el vestido empapado.

Una vez les dijeron que podían seguir, corrieron. Todas querían estar lo más cerca posible de la tarima, querían ver de cerca “el momento más histórico de Colombia”, como lo dijo Blanca Yolí. Pero, por otro lado, todas querían también los paraguas, pañuelos, y broches de palomas que estaba regalando el equipo de la Presidencia. La fila se volvió a armar, esta vez había empujones. Desde atrás se escuchaban voces risueñas diciendo “¡Ey, paz, paz, no nos matemos ahora por un paraguas!”.

Finalmente, la fila se disipó. Las víctimas estaban en el Patio de Banderas, llamado así por las cuarenta astas que tiene en la mitad. En esta ocasión, todas llevaban banderas blancas, colgaban a media asta. Una vez comenzó el evento, subieron hasta el punto más alto y ondearon toda la ceremonia, acompañaron los pañuelos blancos que los asistentes estuvieron ondeando sobre sus cabezas por momentos. La brisa jugó un papel clave en la sincronización de banderas y pañuelos.

Las víctimas estaban emocionadas, gritaban, reían, cantaban. Algunas aún no podían creer del todo que estuvieran allí. Hablaban con sus compañeros, con los vecinos de sillas, se tomaban fotos.

El evento comenzó a las 5:00 pm. Todos, más calmados, tomaron asiento. Esperaron a que la instalación de puertas gigantes que había en medio de la tarima se abriera. Eran las puertas de la paz y las llaves las tenía el presidente Juan Manuel Santos, que abrió desde el otro lado. A su salida hubo ovaciones, que se repitieron también cuando Ban Ki -Moon, secretario general de la ONU salió, igualmente cuando los otros jefes de estado cruzaron la misma puerta.

Un minuto de silencio fue convocado en memoria de todos los colombianos que no pudieron estar allí por culpa del conflicto. Se cumplió solemnemente y casi inmediatamente Ban Ki Moon, con un español forzado pero entendible, inauguró el protocolo con un discurso, que luego pasó al inglés y finalmente de nuevo al español con sus tres frases finales: “¡Qué viva Colombia!” -¡qué viva!, respondió la audiencia-, “¡Qué viva la Paz!” -¡qué viva!-, “¡Qué viva Colombia en Paz!” -¡¡¡qué viva!!!-.

Luego fue el turno de Rodrigo Londoño. El discurso fue emotivo, el público gritó y aplaudió varias veces. Pero, lo más importante para buena parte de las mujeres y hombres que estaban ahí sentados ocurrió hacia el final. “En nombre de las Farc-Ep, pido perdón a todas las víctimas por todo el daño que hayan podido causar”, dijo el jefe máximo de la guerrilla.

Lágrimas brotaron de los rostros emocionados y llenos de júbilo de las víctimas y asistentes, en quienes esas palabras retumbaron. En parte, eso era lo que habían venido a escuchar a Cartagena, aunque muchas, sin que se lo hubieran pedido, ya los habían perdonado.

“Aunque no me lo hayan pedido, yo los perdono. No hay que seguir guardando rencores y odios. La paz empieza por perdonar aun si a uno no le piden perdón”, fueron las palabras que antes del evento había pronunciado Darla Cristina González, una mujer transgénero que hace parte de la Mesa Nacional de Víctimas.

Ella había llegado hacía apenas algunos minutos, y sentada en las primeras filas, se maquillaba. Un poco de polvo, labial rojo y pestañina. Se arregló el cabello, organizó el vestido, y estuvo lista. Expectante ante el evento en donde escucharía las palabras que no necesitaba oír, aunque quería.

Inmediatamente después del discurso de “Timochenko”, vino el de Juan Manuel Santos. Nunca el himno de Colombia había tenido tanto sentido, dijo. Cesó la horrible noche.

Un coro de niños comenzó cantando el Himno de la Alegría. Todos los asistentes se pusieron de pie, cantaron, se abrazaron.

Esta vez los pañuelos que había regalado el equipo de la Presidencia a la entrada sirvieron para limpiar las lágrimas de los asistentes. Eran de alegría, de la esperanza de un país mejor. Esas lágrimas y las voces que entonaban, algo quebradas, la letra de esa canción, quedarán grabadas por siempre en la memoria de los colombianos, que a partir de hoy, o eso esperan las víctimas, conocerán de la guerra con las Farc en los libros, no en las noticias de todos los días.

MARÍA ISABEL ORTIZ F.
Escuela de Periodismo Multimedia de El Tiempo

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