Ocho horas en el país que vive en la Plaza de Bolívar

Ocho horas en el país que vive en la Plaza de Bolívar

Desde el 5 de octubre, un pequeño poblado empezó a crecer en pleno centro de Bogotá. Sigue ahí.

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17 de octubre 2016 , 10:30 a.m.

El Campamento por la paz se asemeja a un pequeño país que empieza a surgir: alrededor de 70 pueblos lo conforman, entre ellos Arauquita, Atrato, Apartadó y La Macarena, algunos de los lugares más afectados por el conflicto armado en Colombia y donde, paradójicamente, ganó el Sí por la paz.

Se fundó el 5 de octubre ante la decisión de los colombianos de no aprobar el acuerdo final para la terminación del conflicto con las Farc. Para esa fecha, según Iván Vargas, uno de los líderes del plantón, “éramos poquitos y día a día fueron llegando más personas, hasta completar veinte, y hoy ya casi somos 100”.

Entre sus fundadores hay estudiantes, profesionales y ciudadanos del común; su sistema de gobierno está conformado por tres comités en los que se asignan tareas y todos los habitantes de este pequeño país deben aportar al sostenimiento del lugar.

El primer comité es el de logística, se encarga de administrar los alimentos que solidariamente reciben de los extranjeros (ciudadanos que no pertenecen al campamento) y de velar para que las actividades que se organicen salgan bien.

El segundo es el de seguridad. Más que una fuerza de policía es un sistema en el que se cuidan unos a otros con la premisa de que el primer cuidado empieza por uno mismo. Hacen las guardias de la noche, registran a las personas dándoles una escarapela con sus datos personales y prestan las llaves para ir a los cinco baños disponibles.

Por último, está el comité de pedagogía, el cual tiene la labor de organizar momentos educativos, tales como charlas y conferencias donde tocan temas de política, derecho y paz.

Hay dos carpas grandes, una con cobijas y herramientas y otra que funciona como un almacén de comida que se nutre a diario con las donaciones. “La gente nos pregunta ¿Qué necesitan para que puedan seguir: cobijas, carpas, útiles de aseo? Y eso es súper bonito. Nosotros solemos escribir en una pizarra lo que necesitamos, para que la gente sepa”, cuenta Javier, un español que desde hace ocho años vive en Bogotá y quien lidera el comité de seguridad.

No todos los que hacen parte del campamento se quedan durante el día. Algunos madrugan para irse a trabajar o estudiar, mientras que otros son pequeños visitantes que por una noche aportan con su presencia a la lucha por la paz.

EL TIEMPO envió a una de sus periodistas para pasar una noche en el campamento. Aquí su bitácora, donde tomó las impresiones durante las ocho horas que estuvo en el pequeño país de la paz.

10:30 p. m. Llegada

Había alrededor de ochenta personas reunidas en el centro del campamento. Se veían cansados, friolentos y profundamente pensadores. Eran jóvenes que estaban en el lugar con comerciantes, víctimas del conflicto y ciudadanos que se unieron a la causa. Se sentaban en círculo, aportaban ideas, se escuchaban, y en un acto simbólico, levantaban las manos girándolas rápidamente (como el aplauso en lenguaje de señas) para aprobar lo que se está proponiendo, mientras que algunos abrazaban sus cobijas y otros fingían resistir el cansancio.

"Nos reconocemos como personas diferentes en pensamiento. Nos tomamos las conversaciones en serio y la toma de decisiones nos permite conocernos, aunque a veces es agotador", cuenta Iván Vargas, líder de la asamblea de la noche.

12:00 a. m. La noticia

Dos horas han pasado y continúan hablando. Se felicitan por la movilización, las víctimas agradecen “este espacio de conversación para expresar las ideas y aprender a perdonar”, menciona uno de ellos. Llega Katherine Miranda, una de las líderes, anunciando que en Cartagena, Medellín, Cali, Manizales y otras ciudades pusieron en marcha su campamento. Hubo una gran alegría.

12:30 a. m. Finaliza la asamblea

Concluyen que ya es hora de parar. Sus mentes y estado físico demuestran los estragos del clima nocturno y del mal dormir. Iván cierra la asamblea, no sin antes solicitar muy amablemente que todos limpien el lugar. De inmediato empiezan a buscar escobas y recogedores. “Debemos hacer de este nuestro hogar”, menciona Katherine para motivarlos.

Algunos ayudan, los líderes se reúnen para concretar cosas de la reunión y los demás quedan paseando por la plaza, ingresan a dormir o salen para fumarse un cigarrillo y tomar algo. “Cuando hay mucho ruido o si están fumando dentro del lugar se tiene que llamar la atención para respetar a los otros”, comenta Katherine al respecto.

1:00 a. m. El ecuatoriano que prefiere el campamento al Marriot

Felipe es un joven ecuatoriano poco charlador, serio y dedicado a observar. Vino a Bogotá a dar una charla para el alcalde Enrique Peñalosa sobre movilización social. “Él en este momento tiene una reserva en el Marriot. Si quiere puede entrar al hotel pero prefiere estar aquí”, cuenta alegremente uno de los integrantes de ALTO, Plataforma Colombiana por los Animales.

Cuando le pregunte a Felipe por qué estaba ahí, contundentemente respondió “por la paz”.

2:00 a. m. Empieza el entretenimiento

En Bogotá la temperatura es de diez grados. Todos los que están afuera de las tiendas tienen sacos, gorros y hasta ruanas para encontrar algo de calor. Toman canelazo* y escuchan la canción En Barranquilla me quedo, del Joe Arroyo. Mientras hablo con Javier llega Juliana Bohórquez, otra de las líderes, que le comenta en voz baja “vamos a estar allí arribita tocando guitarra, por si acaso”.

3:00 a. m. Se me enfriaron hasta las rodillas

Hacía tanto frío que a pesar de tener dos cobijas, un sleeping, un saco, una chaqueta y un gorro, sentía adormecer mis piernas. Traté de dormir, pero era imposible, más con la llegada de los carros de la empresa de aseo de Bogotá a limpiar el basurero que dejaron las marchas del día.

Algunos de los campistas estaban despiertos fuera de sus tiendas. “Mira esa cantidad de ratas. ¡Pobres!” dice una mujer que se sorprende como yo, al ver a estos roedores salir por todos lados de la Plaza de Bolívar.
El agua que utilizan aumenta el frío. Regreso a la tienda y ahora la molestia es por lo rustico del piso.

4:00 a. m. La alarma no es el gallo, son las palomas

Terminó el aseo y comenzó el arrullo de miles de palomas que ocupan diariamente este espacio del centro de la capital. Sentí que amanecí en un bosque, donde el sonido de esas aves no cesaba.

5:00 a. m. Se despierta el campamento

“¡Ay!, no traje mi crema de coca”, decía la voz de una mujer que se encontraba en la carpa vecina. Ya no estaba oscuro, la plaza se veía despejada y todos empezaban a migrar. No había un solo rostro que evidenciara un descanso placentero. Katherine se veía desgastada, no quiso ni hablar ante una cámara del sueño que tenía.

Algunos tomaban tinto mientras otros organizaban sus tiendas y buscaban, como la señora que me despertó, los artículos de aseo que podían utilizar allí sin tener que bañarse.

Guardé mi sleeping y me despedí de los que estaban por ahí. Mientras me alejaba recordé las palabras de Javier “alguien dijo en la asamblea: no hay mal que por bien no venga. Puede que de esa decisión (plebiscito) y estas movilizaciones salga algo muy bonito”.

MARÍA PAULA MÉNDEZ
Escuela de Periodismo Multimedia EL TIEMPO
*En una versión anterior, se aseguró en esta nota que los jóvenes estaban "fumando un porro o un cigarrillo". A petición de ellos se rectificó esa información.

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