‘Me da miedo volver a la vida civil’

‘Me da miedo volver a la vida civil’

'Chuzo' cuenta que el sentimiento que más lo embarga antes de dejar las armas es la incertidumbre.

Desarme de las Farc

‘Chuzo’ dejó su arma en Tumaco. Allí, guerrilleros le apuestan a la paz.

Foto:

Juan Camilo Pedraza / Archivo EL TIEMPO

25 de junio 2017 , 02:15 a.m.

Cada vez que ‘Chuzo’ estaba en un combate con el Ejército, se tomaba un casquillo de pólvora para “quemar los nervios”. No es que sintiera miedo, advierte el guerrillero, sino que esa “cocadita de la propia medicina me hacía coger un segundo aire, y vamos pa’lante”, decía.

En sus diez años en las Farc, todos con el octavo frente, que operaba en Cauca, hizo carrera en diferentes oficios, hasta de escolta. Y por estos días, cuando la entrega de su fusil se materializa, la palabra que más le cala en el pensamiento es ‘incertidumbre’.

Para ‘Chuzo’, “cargar el fusil fue una responsabilidad grandísima, y disparar un arma es todavía más grande. Uno antes sentía nervios, pero luego de que se metía en el rol quedaba una satisfacción grandísima, no por dispararla, sino porque uno se sentía más hombre, más atento y valiente por tenerla: le daba a uno un segundo poder”.

La pregunta que sigue indaga por el poder que le ha dado el arma durante una década de militancia guerrillera: ¿Teme?

“Uno siente miedo ahora que va a dejar el fusil. Porque si el acuerdo de paz se daña, imagínese... Tengo miedo de volver a mi pueblo, porque muchos saben que estoy acá. La orden es que no vaya. Sé que me puede pasar algo a mí y también a los que quiero”, confiesa.

Poco habla con sus dos niños, de 6 y 8 años. Lo hace más, vía telefónica, con otra hija de 11 años. Dice que los quiere, a pesar de que “están lejísimos, y es mejor que sea así”.

¿Ha matado?, le pregunto.

“La verdad, en los combates que estuve siempre respondí, pero nunca tuve la certeza de haber matado. Disparaba en defensa. En mi memoria no tengo que haya torturado, masacrado o dado órdenes para matar. Me he dedicado a seguir las reglas y a cubrir la espalda de los demás. Nunca he fusilado a nadie, solo he estado en comunidades imponiendo orden”, asegura. Luego dice que se imagina militando en política o tal vez conduciendo maquinaria pesada, alejado de los fierros de combate.

Bajo un sol ante el cual ni se inmuta, en un terreno de la zona veredal de Tumaco, Nariño, ‘Chuzo’ cuenta detalles de su vida en armas y aventura expectativas sobre un futuro distinto.

Se inició como colaborador. Luego ascendió y le dieron la confianza para comprar munición, responsabilidad que aprendió de su tío, veterano combatiente al que llamaban ‘Morronguera’.

Piel morena y cabello negro peinado hacia atrás. La voz, de acento caucano (se crió en el municipio de Balboa) le sale con la convicción de alguien que llegó a la guerra por voluntad. El pasado 31 de marzo cumplió 35 años de edad.

“La guerrilla me ha enseñado muchas cosas, y tengo la certeza de que queremos un mejor país. Me vine a las Farc porque vi injusticia en el campo y en el pueblo. Por eso entré en contacto con mi tío, que llevaba años”.

Confiesa que su mayor tristeza fue ver morir a ‘Morronguera’. Venían de Ecuador con una carga de munición cuando al paso les salió una banda.

Los disparos se mezclaron con el canto de los pájaros, cerca del cruce limítrofe de San Lorenzo. En la escapada, el tío no aguantó los balazos y cayó muerto.

“Dios quiso llevárselo. Murió con orgullo y por una causa justa”, indica ‘Chuzo’. “Le cuento que a esa zona, y otras donde estábamos nosotros, ahora han llegado bandas peores que los ‘paras’ ”, dice.

La canícula del mediodía no lo despeina. Gotitas de sudor le bajan por los brazos, uno de cuyos codos muestra una arrugada cicatriz de leishmaniasis. Decenas de sus compañeros juegan con pelotas de voleibol y fútbol, en un terreno aplanado con retroexcavadora.

El campamento donde deberían pasar los días los “camaradas” del comando móvil ‘Daniel Aldana’ y otras divisiones del bloque Occidental aún dista de ser lo que prometió el Gobierno hace seis meses. Cambuches, a los que llaman caletas, fueron armados por los guerrilleros.

Aunque a la mayoría de combatientes en etapa de transición ya no se les ve ‘enfierrados’, la seguridad en la zona ha sido prestada por las propias Farc. El comandante del campamento ha sido Henry Castellanos, ‘Romaña’.

En las semanas anteriores, por lo menos cuatro compañeros de ‘Chuzo’ desertaron. La incertidumbre que, dicen en la tropa, les ha genera el Gobierno con las demoras en las amnistías y los proyectos de reincorporación hace que algunos piensen en volver al monte. “Se va a demorar mucho para que uno pueda andar tranquilo por la calle, porque sí da miedo que otro venga y lo ataque a uno por la espalda. Por eso evito estar con civiles. De todos modos, seguimos con nuestro compromiso, porque aunque tengo mis cicatrices –esquirlas de explosión en la rodilla y el tobillo, por efecto de un bombardeo–, me imagino una Colombia en paz, donde vayamos de la mano, con salud para todos y educación gratuita”, finaliza el hombre, alistando baterías para dar la batalla por medio de las palabras y el trabajo.

FELIPE MOTOA FRANCO
Redactor de EL TIEMPO
Tumaco, Nariño

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