De la guerra fría al posconflicto caliente

De la guerra fría al posconflicto caliente

El director de EL TIEMPO explica la entrada en vigor de la nueva doctrina para Fuerzas Militares.

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La abnegada y profesional labor de los militares fue decisiva para el fin de la guerra y lo será también en la consolidación de la paz, subraya Pombo.

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Archivo / EL TIEMPO

07 de agosto 2016 , 07:03 a.m.

Hace poco, hablando sobre el proceso de paz cuyos diálogos se llevan a cabo en La Habana, alguien me preguntaba que por qué soy tan optimista y que por qué lo apoyo como lo he apoyado. Le di dos razones: la primera, que yo toda la vida he sido un optimista sin remedio, convencido de que las cosas siempre podrían ser mucho peores y de que el mundo merece que uno las vea por el lado amable. Pero la otra razón que di tiene mucho más fondo, y me parece más importante y válida para justificar no solo mi optimismo frente a este proceso de paz, sino el que debería tener toda la sociedad. (Además: Seis explicaciones del acuerdo de fin del conflicto con las Farc)

Es esta: mi carrera periodística empezó a principios de los años 80 del siglo pasado, con un episodio muy concreto que fue la toma de la Embajada de la República Dominicana por el M-19. Yo era reportero en el ‘lugar de los acontecimientos’ (como decimos en el argot de mi oficio). Luego me fui a Barranquilla como redactor judicial de El Heraldo, en tiempos en que Belisario Betancur se la jugaba toda en ese empeño de paz suyo que salió mal y fue tan doloroso, pero que dejó tantas enseñanzas para el país. Luego, ya de regreso en Bogotá, como redactor político de EL TIEMPO, fui testigo del proceso de paz del presidente Virgilio Barco, y lo tuve que cubrir con los rituales con que entonces se cubría “la paz”: con excursiones a Casa Verde para hablar con ‘Tirofijo’ y ‘Jacobo Arenas’, con polémicas sobre la guerra y la paz y con la zozobra de un país al borde del abismo por causa de la violencia de los narcotraficantes y guerrilleros, que tenían al Estado colombiano acorralado, contra las cuerdas.

Seguí muy de cerca los intentos de César Gaviria en Caracas y Tlaxcala, y luego estuve en el Caguán, siempre como periodista, como coordinador de un ejercicio de encuentros de la sociedad civil, cuyo propósito era darles insumos a quienes estaban sentados en la mesa de negociación para sacar adelante los acuerdos. (También: Diez días después de firma de paz, Farc entregarán datos sobre armas)

Mi vida como periodista está atravesada, pues, desde el principio, por el conflicto colombiano como una especie de hilo conductor, y por los intentos de todo tipo para acabarlo. Después de tantos años dedicado a esto, creo que los procesos de paz han sido el telón de fondo de mi carrera. Por esa razón puedo decir que he tenido una perspectiva privilegiada y de conjunto, de larga duración, que me ha permitido medirles el pulso a todos los protagonistas de la vida nacional y a todos los actores de nuestra guerra de años.

Y créanme: de todos esos protagonistas no hay ninguno que haya evolucionado tanto y tan positivamente como las Fuerzas Armadas en general y el Ejército colombiano en particular. Esa es la otra razón, y la más importante, por la que estoy convencido de que este proceso de paz de La Habana va a salir bien: porque aquí hay una gente muy inteligente y muy capaz que se dedicó a preparase en serio no solo para ganar la guerra, sino también para construir la paz; no solo para obtener la victoria, sino también para preservarla y darle un sentido trascendental que sin su ayuda y su concurso no tendría. Está muy claro que nadie conoce este país mejor que sus militares, que lo llevan en la suela de sus botas hasta el último rincón de esta geografía tan abrupta, tan hermosa y tan difícil.

Desde hace mucho tiempo esa caricatura de unas Fuerzas Armadas dogmáticas y encerradas en sí mismas le dio paso a una visión de las cosas y de Colombia, del conflicto y de la paz, mucho más compleja y rica. Una visión profesional, seria y rigurosa, nutrida por grandes conocimientos jurídicos, históricos, económicos y estratégicos que aquí nadie más tiene, por lo menos no a ese nivel: ni los políticos, ni los industriales, ni los periodistas, ni mucho menos, por supuesto, los guerrilleros. (También: Las claves para entender el plebiscito por la paz)

Si a mí me preguntaran que por qué creo que este proceso de paz de La Habana está saliendo bien, yo diría que porque hubo una conjunción de circunstancias que hicieron posible que eso fuera así. Además, no hay que ver solo las escenas sino toda la película, y aquí hubo una sucesión de gobiernos, diría yo desde Andrés Pastrana, en el último tramo, en los que el conflicto colombiano fue decantándose hacia su cierre inexorable. Un conflicto anacrónico que había pasado de la guerra entre los liberales y los conservadores a la guerra fría, y que pervivió por muchos más años después de la caída del muro de Berlín gracias, entre otros factores, a su propio deterioro, a la presencia de ingredientes perversos, como el narcotráfico, que tanto lo envilecieron y que le dieron esos visos de horror que esperamos que no se repitan nunca. Todo eso, en medio de una crisis de legitimidad muy profunda del Estado colombiano, que en un momento llegó a estar casi al borde de la disolución, sin cumplir con la función esencial de cualquier Estado desde el principio de los tiempos, que es el control de su territorio.

Para mí, este proceso de paz es el punto de llegada de todo eso: la apuesta del gobierno de Pastrana, que sirvió para quitarle el argumento a la guerrilla de que aquí el establecimiento nunca se iba a comprometer en serio a dar o a ofrecer nada en un proceso de paz. El Caguán era la refutación de eso, mientras al mismo tiempo el Plan Colombia servía para fortalecer como nunca antes a las Fuerzas Armadas. Eso hizo posible la política de Seguridad Democrática del presidente Álvaro Uribe, sin la cual no habrían ocurrido nunca, o no así, por lo menos, las conversaciones de paz de La Habana. Ahí no hay una ruptura sino una continuidad: el fortalecimiento del Estado colombiano, pero también el reconocimiento de que nuestra guerra tiene unas raíces sociales e históricas muy profundas que no se podían desterrar solo por la vía de las armas. Y eso fue lo que hizo posible, también, que por primera vez en la historia las Farc se sentaran a la mesa dispuestas de verdad a pactar un fin del conflicto y no a hacer tiempo para fortalecerse militarmente. Ese fue el signo que interpretó muy bien el presidente Juan Manuel Santos para cerrar un ciclo histórico, para darle la vuelta a la página final de un libro que ya se había prolongado demasiado. La historia habrá de reconocérselo.

Pero esa conjunción de circunstancias, esa alineación de los astros, no habría tenido ningún efecto sin ustedes, sin las Fuerzas Armadas, sin el Ejército, que son el sector social colombiano que ha hecho mejor su tarea; y eso, en medio de las condiciones más difíciles y dolorosas. Porque mientras para muchos la guerra ha sido apenas una abstracción o un relato o un balance financiero o un atado de cifras o un tema de conversación social, sé que para ustedes ha sido el único horizonte posible, un destino trazado y seguido desde hace años. Poniéndole el pecho todos los días, poniendo los muertos y buena parte del dolor.

Ahora se habla mucho del ‘posconflicto’, y ya, como siempre entre nosotros, hay toda clase de pontífices imponiendo con alguna teoría lo que debe pasar. Se trata, sin duda, de un tema muy complejo, pero creo que también en él hay razones para ser optimistas, y yo diría que la misma razón que había y que hay para la terminación del conflicto, y es que Colombia tiene quizás, y lo digo sin demagogia, unas de las mejores Fuerzas Armadas del mundo: extraordinariamente preparadas, con gran capacidad para juzgar y entender con agudeza las cosas, para entender y corregir sus errores, desde su estructura histórica y su doctrina, desde su lugar inequívoco en nuestra estructura como sociedad.

Otra prueba de esto es que el Ejército se adelanta al futuro y entrega hoy la doctrina que lo guiará en los tiempos por venir, y lo hace en un gesto que tiene mucho de histórico. Lo que fue el germen de nuestro Ejército actual adoptó las doctrinas borbónicas y napoleónicas en boga hasta comienzos del siglo XIX, y tomó después, consciente y directamente, las tesis militares prusianas traídas por los chilenos a comienzos del siglo pasado, en épocas del general Rafael Reyes. Después asumió, de manera indirecta y no formal, las teorías contrainsurgentes y de la Guerra Fría, posteriores a la guerra de Corea, como la de la seguridad nacional –con evidente sello estadounidense–, para combatir lo que se conoció entonces como “el enemigo interno”.

Por eso es tan importante el hecho de que del seno del Ejército surja esta nueva doctrina, que supera los estadios pasados y se acopla a la complejidad de las luchas presentes y futuras contra formas de delito cada vez más poderosas, cada vez más sofisticadas, cada vez más cambiantes.

El Ejército fue la garantía verdadera para que esa guerra se acabara, y estoy seguro de que será la mejor garantía para que no se repita jamás.

ROBERTO POMBO
Director general de EL TIEMPO

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