‘La paz le dio a Colombia un lugar en el concierto de las naciones’

‘La paz le dio a Colombia un lugar en el concierto de las naciones’

Palabras del ministro de Educación de Francia por doctorado ‘honoris causa’ de La Sorbona a Santos.

Doctorado ‘honoris causa’ a Juan Manuel Santos

El Ministro de Educación francés, el presidente Santos, el Presidente de La Sorbona (París 1), y el Rector de la región académica Île-de-France.

Foto:

Christophe Petit Tesson / EFE

22 de octubre 2017 , 02:17 a.m.

Enaltecemos hoy, con este doctorado ‘honoris causa’, no solo a un presidente, el presidente de un gran país amigo, sino sobre todo el valor de un colombiano que fue capaz de apostar por la salida de la violencia mediante el diálogo y el respeto al Estado de derecho.

El valor es la virtud política básica. Albert Camus, uno de sus autores franceses favoritos –y que con frecuencia cita junto con Antoine de Saint-Exupéry–, en su conferencia del 14 de diciembre de 1957 en la Universidad de Upsala, dijo: “El renacimiento hoy depende de nuestro coraje y de nuestra voluntad de clarividencia”.

Coraje para superar la crueldad de la guerra y abrir la puerta estrecha de la reconciliación nacional. Valor también para confrontar al extremismo, porque la valentía no puede consistir en fanatismo, ni en ver el mundo desde un esquema binario de amigos y enemigos. En efecto, con mucha frecuencia, Colombia ha sufrido de lógicas ‘clánicas’, lo cual ha llevado a decir a Edgar Morin, otro amigo de Colombia, que ella “vive al calor de su propia destrucción”.

Usted optó por salir de ese círculo vicioso, porque logró captar el sentido de la palabra ‘valor’. Hay un adagio latino, muy apreciado en la Sorbona, que dice: ‘in medio stat virtus’. Un adagio susceptible de ser interpretado de varias maneras, tanto en francés como en español. Podría significar que la virtud está en el medio. Otra posible traducción podría significar que en el medio se sitúa la valentía. Y ello a menudo va en contra del sentido común, porque se piensa que el justo medio, la tercera salida, es a veces sinónimo de debilidad o comodidad. Pero, en realidad, cada vez resulta más difícil situarse en el punto medio que adherirse al extremismo de un grupo.

El punto medio es, en resumidas cuentas, el deseo de superar las divergencias y esmerarnos por reunir a la gente de buena voluntad, para conciliar puntos de vista y, por ello mismo, no buscar más que el bien común, la ‘res publica’ de la cual ya hablaban los antiguos. En el pensamiento antiguo, esta visión dio forma a la teoría del régimen mixto, es decir, a la capacidad de tomar lo mejor de cada régimen. Es la voluntad de buscar el equilibrio, como también la voluntad de conferirles solidez a las instituciones.

Ha combatido los enemigos del Estado de derecho; pero también ha sabido ser un hombre de paz, después de haberlo sido de la guerra

Usted mismo ha pensado muchas veces en ello, y en uno de sus libros lo llamó la tercera vía; Tercera Vía que decididamente pone del lado de quienes quieren hacer cambiar las cosas.

Para usted hubiese resultado más cómodo mantenerse como integrante de una sola tendencia o grupo, o militar únicamente en su partido, ya que procede de una prestigiosa línea liberal. Usted es eso y también una voluntad que va más lejos todavía, es una persona de mano tendida.

Hay quienes dicen que con el proceso de paz usted estaría entregando el país a los extremistas, pero en realidad creo que, como hombre meridional, está más inspirado por esa noción del término medio, del equilibrio entre los dos extremos del que habló Bolívar en la Carta de Jamaica, del 6 de septiembre de 1815. Y sigue permaneciendo fiel a esa magnífica tradición republicana, colombiana y latinoamericana, porque la vía intermedia es todo menos debilidad.

Antes de hacer la paz, hizo la guerra, y supo hacerla como ministro de Defensa, de julio del 2006 al 2009. Fue capaz de luchar eficazmente contra los oponentes, a la vez que estaba contra la lógica del terror. Mostró que sabe proceder con mano firme en circunstancias tan difíciles. Ha combatido los enemigos del Estado de derecho; pero también ha sabido ser un hombre de paz, después de haberlo sido de la guerra. Y quizás la valentía también consiste en esto: haber conducido la guerra, mientras se era un hombre de paz. Para usted la guerra siempre habrá de ser un medio, nunca un fin.

Una vez agotadas las posibilidades de la guerra, ha sabido sumar una virtud al coraje. Esta virtud corresponde a una palabra que se utiliza poco, porque quizás se trata de una virtud muy poco presente entre nosotros. Esa virtud es la magnanimidad, la necesaria para la paz.

Se necesita coraje para superar la crueldad de la guerra y abrir la puerta de la reconciliación

Ha sabido, como ya dije, extender la mano. Gracias también a su elección del 2010, supo que con el 70 por ciento de los votos se era muy popular y podía utilizar esa popularidad para avanzar hacia la paz. Tal victoria resultó ser muy importante, porque los colombianos estaban cansados de soportar medio siglo de conflictos armados internos y eran receptivos a su enfoque global de los problemas del país.

Saludo a los colombianos aquí presentes y saludo también a la bandera de Colombia. Muchos de quienes están en esta sala saben que tal sufrimiento ha sido infinito.

La paz interior debe reconciliar los espíritus y preparar al país para la recuperación económica y política. El comercio debe hacerse mediante la paz y auténticas reformas, como la agraria, además de reformas sociales y políticas, todas las cuales han sido esperadas durante mucho tiempo. Los colombianos también han apostado con usted por una mayor justicia social. De hecho, usted ha sabido vincular una negociación posible con reformas necesarias, que, obviamente, deberían formar parte de las políticas de Estado a largo plazo.

Su elección fue una manera de poder actuar con mayor eficacia y le ofreció la oportunidad de decirles a sus conciudadanos que es imposible construir un país sin luchar contra la corrupción y contra la guerra, la peor de todas las corrupciones.

Hubiese podido afianzar su ventaja, pero con moderación y sentido de interés común ha elegido comprometer a los colombianos con los acuerdos de paz, porque sabe que la reconciliación del pueblo es imposible sin enfrentarse al terrible sufrimiento de la memoria, pero también sin mirar su posible resiliencia. Esta decisión obviamente tiene un precio, y lo sabe. Pese a ello, la política de equilibrio entre la firmeza y la apertura, entre la autoridad y el diálogo, permitió su reelección en junio del 2014.

Y el camino se ha vuelto cada vez más frágil e inseguro, en un mundo acosado por las pasiones destructivas. Porque no solo hay fragilidad en Colombia, también existe fragilidad en el mundo que nos rodea. Consiguió convertir esas debilidades en fortaleza y logró llevar a cabo las negociaciones, con la participación de la comunidad internacional, a la que hoy también le pide su compromiso para alcanzar el éxito del llamado posconflicto. Lo hace con el espíritu de geometría y finura que distingue la condición humana.

Es imposible construir un país sin luchar contra la corrupción y contra la guerra, la peor de todas las corrupciones

En medio de las circunstancias más adversas, criticado por muchos de sus seguidores, luchando contra el escepticismo y mentes desilusionadas, apostó por las palabras en lugar de las armas, por la inteligencia a cambio de las pasiones tristes. Nos ha recordado que la confianza es mejor que batallones armados hasta los dientes; ha logrado despertar el interés nacional para convertir en aliados de la democracia a quienes por muchos años estuvieron al margen de la ley y fue capaz de ofrecer el intercambio de las armas por votos.

La política no es el arte de la separación, ni es el arte de definir amigos y enemigos, como muy a menudo se dice y se hace. Es más bien el arte de convocar y de crear una inteligencia colectiva con el fin de trabajar por el bien común. “Para gobernar por el interés del pueblo y no de una minoría”, como también Pericles definió a la democracia.

Este largo diálogo estuvo sembrado de artimañas, de miles de motivos para hacerlo renunciar. Y entonces supo agregarle otra virtud al coraje, la perseverancia.

Gracias a usted, las conversaciones que tuvieron lugar (en el sentido latino de la palabra, “hablar con”) pudieron conducir a la paz. Una paz que, al igual que toda paz, después de 50 años de violencia y cientos de miles de muertos, sigue siendo frágil y controvertida; sin embargo, es el único camino válido para Colombia y el mundo.

Si tiene éxito, se debe a que no se quedó con sus certezas y logró superar las posiciones grupales para reunir a los verdaderos partidarios de la paz. Ha sabido confiar y ha logrado vincular a su gran empeño a países extranjeros, así como a talentos colombianos. Saludo, entre otras personalidades aquí presentes, al rector de la Universidad Externado de Colombia, mi amigo Juan Carlos Henao.

Esta universidad resulta significativa en la cooperación y amistad entre Francia y Colombia, dado que fue fundada con un espíritu francófilo, un espíritu de cercanía a nuestro país. Y este espíritu no es solo el de la amistad entre dos pueblos y dos naciones, también es el espíritu que congrega al mundo entero y que celebra la Sorbona, el del derecho, el de la justicia, el de la lengua y el de la paz.

La paz le ha vuelto a dar a Colombia un lugar en el concierto de las naciones. Hoy usted está al frente de un país lleno de promesas de progreso político, económico y social.

La paz le ha vuelto a dar a Colombia un lugar en el concierto de las naciones. Hoy usted está al frente de un país lleno de promesas de progreso político, económico y social

Su pragmatismo, esa percepción de lo real, como Camus lo llama en el pasaje que cité al principio de este discurso, es la propuesta de una sociedad cuyos valores son los de la Ilustración, confirmados hoy. Los ideales de libertad, como es sabido, fueron el origen de la fundación de la República Francesa, igual que de la República de Colombia.

Siempre he sentido emoción cuando miro, justo al lado de la plaza de Bolívar en Bogotá, la traducción al español de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, hecha por Nariño, poco después de la Revolución Francesa, y que tuvo eco en las revoluciones americanas.

Para terminar, señor Presidente, diré que somos dos repúblicas hermanas que nacieron bajo el mismo sol de julio. Nuestras fiestas de independencia asimismo están cerca, tanto por la fecha como por el espíritu. Somos dos repúblicas hermanas, ávidas de libertad. De igual manera somos dos repúblicas hermanas que, después de tantas vicisitudes, conocen los valores de la paz.

El sufrimiento de los colombianos y su esperanza en un futuro mejor nos enseñan que la justicia debe vencer a la fuerza,
y la libertad de conciencia, a cualquier clase de fanatismo. El carácter esencial de toda existencia sigue siendo un principio inviolable. Es esta esperanza en el hombre, de la que usted, premio nobel de la paz, sirve como testimonio con su acción.

Aunque sé que la mayoría de quienes están aquí ya lo saben, quisiera decir, finalmente, a manera de confidencia personal, que desde mi primera juventud fui a enseñar a su país y tengo a Colombia como mi segunda patria.

JEAN-MICHEL BLANQUER
Ministro de Educación de Francia

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