La mujer que decidió dejar atrás la guerra

La mujer que decidió dejar atrás la guerra

Estuvo 11 años en el ELN, decidió dejar el grupo en 2009 y ahora trabaja por las víctimas.

Especial desmovilizados - mujer y guerra

Con la ayuda de su mamá, su hermana y el apoyo de la ACR creó además un proyecto productivo mediante talleres de manualidades a niños y niñas de la comunidad.

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Mauricio Moreno

21 de abril 2017 , 04:15 p.m.

Las tejas de zinc de la parte trasera de la casa de Liliana* son un refugio exiguo contra los casi 30 grados con los que el sol del mediodía abrasa las calles de Puerto Santander, frontera con Venezuela.

Aunque el municipio hace parte de la zona metropolitana de Cúcuta (Norte de Santander), está ubicado a 55 kilómetros del centro de esa capital en una región con presencia de grupos paramilitares, las Farc y el Ejército de Liberación Nacional (ELN).

Como consecuencia, de los cerca de 10.000 habitantes con los que cuenta, más de 1.500 están inscritos en el registro de víctimas. Entre ellos Liliana, quien ha sido su representante y lucha por sus derechos.

Pero su vida no siempre estuvo de este lado de la historia. Durante 11 años, desde que tenía 16, Liliana hizo parte del ELN a donde llegó como muchos: llevada por las precarias condiciones económicas de su madre viuda, el acoso de su padrastro que intentaba abusar de ella y de sus dos hermanas, y por la estrategia de los guerrilleros que la atrajeron mediante el trabajo con grupos juveniles.

“Lo primero fue ingresar allá y darse uno cuenta de que las cosas no eran como se las habían enseñado. Que era una realidad más cruel, más dura, más difícil, muy complicada, sobre todo en el caso de las mujeres”, dice.

Su padre había muerto cuando ella apenas tenía un año y medio y su madre quedó sola con tres hijos. Al terminar la primaria, un tío le dijo que si quería seguir estudiando debía irse a trabajar a un bar en La Gabarra. Estaba segura de que algún día iba a estudiar y a salir adelante, pero la alternativa no era el bar y lo tenía claro.
Pero la guerrilla, que la había vinculado desde que era muy niña a los grupos juveniles que mantenía en el área, le había labrado otros planes. Fue así como terminó, según sus propias palabras, “donde no debía”.

Poco tiempo después de ingresar al ELN se la entregaron como compañera a uno de los jefes del frente. Fue su gran desilusión. Verse entregada a un hombre como si fuera su propiedad le apagó el alma. Pero la relación se mantuvo y, paradójicamente, de cierta forma le daba algunos privilegios en comparación con otras mujeres de la insurgencia. Entre ellos, durante el embarazo.

“La parte bien difícil que recuerde, que siempre la tengo como muy presente, es el momento en el que tiene uno que dejar los hijos. Porque hasta los seis meses puede uno estar con ellos, pero luego debe dejarlos ubicados en una finca, donde un amigo o donde un familiar o en cualquier parte y retornar al grupo. La niña la tuve allá y a los seis meses la dejé, afortunadamente donde una tía de ella donde podíamos verla más seguido, pero eso no es igual para todos los compañeros”, cuenta.
Su frente operaba en la zona del Catatumbo: Convención, Hacarí, San Calixto, Teorama y tras once años había dejado de ser esa niña indefensa e ilusionada que llegó al grupo para convertirse en una mujer madura, decidida y consciente.

Fue ahí cuando empezaron las dudas, las preguntas, las discusiones con su pareja. Él tenía un familiar que ya se había desmovilizado y lo contactaron. “Nos comentó todos los beneficios que uno podía llegar a tener con la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), nos dijo que sí se podía creer en el Gobierno y nos organizó todo para desmovilizarnos”.

La decisión llegó en el 2009, cuando Liliana estaba otra vez en embarazo. Dejaron el grupo y comenzaron a huir, a sabiendas de que el ELN nunca los iba a perdonar.
“Tuvimos la posibilidad de empezar de nuevo, con la niña, arrancar de cero. No fue tan fácil, porque él tenía 21 años en el grupo y yo 11, entonces ya está uno como adaptado a esa otra vida y cambiar de repente no fue fácil. Pero con la ayuda de la ACR y con la disposición nuestra lo logramos”, dice orgullosa.

La ACR los sacó inmediatamente de la zona y los llevó a vivir en el sur de Bogotá donde empezaron un proceso de capacitación con ayuda de psicólogos y trabajadores sociales que se encargaron de darles las herramientas para enfrentar esa nueva vida.
El niño nació en diciembre de ese año, en Bogotá. “Él decía que es el símbolo de la libertad porque nació afuera de la guerrilla”, cuenta Liliana. En ese momento, como si supiera que están hablando de él, el niño irrumpe en la ramada de tejas de zinc y madera que forma la cocina y la parte trasera de la casa.

Hurga en las ollas puestas sobre unos parapetos de madera que sostienen la estufa de dos puestos y los utensilios de cocina. De una de las ollas saca dos panes redondos y pequeños, aprieta uno de estos contra su pecho con la mano derecha y con la izquierda ofrece el otro a ese extraño que parece derretirse por el calor y que habla con su madre.

Tiene el cabello negro y la mirada brillante. Su cuerpo menudito y delgado, como el de su mamá, es compacto y fuerte. Está elaborando con fomi, junto a otros niños y niñas de su edad, algunos murciélagos para adornar la casa por el día de la fiesta de brujas.

Se toma confianza después de lo del pan y, de cuando en cuando, interrumpe para pedir instrucciones.
En la parte delantera de la casa, Liliana montó con la ayuda de la ACR su proyecto económico que consiste en un taller de manualidades y una miscelánea, donde tiene los materiales que los niños utilizan.

Ahí el piso es de cemento y las vitrinas ocupan casi todo el espacio de la pequeña vivienda de un piso, con un techo demasiado bajo para soportar el castigo del sol de esa hora.

Tal vez por eso los niños decidieron sacar a la acera la mesa donde trabajan y seguir allí su tarea. Al verlos riendo, jugando, discutiendo sobre los colores, el papel, el pegante o el marcador que deben usar para terminar los murciélagos, es fácil entender por qué su padre lo veía como un símbolo de libertad. Es una lástima que no pueda verlo ahora.

La pareja participó en todo el proceso de reintegración con la ACR y se quedó durante cuatro años en Bogotá, donde pudieron estudiar. Él terminó el bachillerato y pensaba seguir con Administración Pública en la Escuela Superior de Administración Pública, pero el pasado los alcanzó.

Convencido de que la desmovilización era el mejor camino, su compañero se contactó con otro familiar que seguía en la guerrilla. “Lo sacó de allá, le dijo que en todo ese tiempo no había conseguido nada, no tenía un hogar, ni una casa, nada qué brindarles a sus hijos. Lo sacó, pero como para él fue difícil volver a vivir sin hacer cosas malas, pues lo utilizaron para llegar a mi compañero. Él sigue en el grupo”, dice Liliana.

Debido a ese informante, el ELN los ubicó y el 30 de diciembre de 2012, en una calle de Bogotá, la orden emitida en algún lugar del Catatumbo se cumplió.

“Nunca pude hablar con él, no sabíamos qué había pasado. Yo era voluntaria de la Defensa Civil y cuando llegué al hospital lo tenían sedado. Murió un par de días después. Solo con el apoyo de la ACR fui capaz de seguir adelante”.

Un mes después le confirmaron que, a través de un comunicado, el ELN se había hecho responsable de esa muerte. A pesar de eso volvió a Puerto Santander, para buscar cobijo al lado de su mamá y de sus hermanas.

No se salió del proceso de reintegración. En Bogotá había terminado el bachillerato y tuvo la oportunidad de hacer un diplomado en Derechos Humanos. Siempre recibió atención psicosocial.

“La parte que no han hecho los psicólogos, pues la he hecho yo misma. Lo emocional, la convivencia, de todo. Tenía un trauma que nunca he dicho y con el psicólogo de la ACR, que fue una persona que me dio mucha confianza, logré sacar eso. Cuando uno puede decir lo que tiene muy guardado, es una etapa superada.

Era una persona que si hablaba con alguien, no era capaz de mirar a los ojos. No era capaz. Me costaba mucho trabajo. Tenía muchas cosas que no había sido capaz de decir”, afirma mientras pone directo a los míos sus grandes ojos negros, como recalcando lo que dice.

“Hemos aprendido a reconciliarnos y lo primero que hay que hacer es sanar el corazón y retomar nuevos enfoques. Uno guarda mucho resentimiento, de todo un poquito.

No es fácil reingresar a la vida civil y que la gente en la sociedad lo acepte a uno como cualquier otra persona. Siempre le van a recriminar lo que fue, pero a través del tiempo se van dando cuenta de que uno allá aprendió valores, aparte de tantas experiencias, y terminan aceptándolo.

La gente ha sido conmigo muy especial, aunque muchos no saben quién fui. Me valoran más por lo que soy, aunque uno también como que se abstiene de decir yo fui esto o lo otro”.

Su pelo negro y lacio brilla bajo la luz del sol que le oscureció la piel. Cuando habla de lo que hace para ganarse la vida con su miscelánea, en el negocio de comidas de un amigo, al referirse a sus hijos, su semblante cambia y las palabras brotan con fluidez.
Hasta hace un minuto, mientras hacía la retrospectiva de su vida, las frases salían con cuidado, como quien pisa en superficie resbalosa y los ojos parecían hundirse en unas ojeras profundas. Pero en su nueva vida todo es orgullo, a pesar de que las dificultades económicas no cesan.

Por su labor con las víctimas no percibe ningún salario, pero se siente feliz. “la satisfacción no me la quita nadie”, asegura. El trabajo, según lo describe, ha sido asesorar y orientar a la gente para que exija sus derechos.

En este tiempo también participó en un diplomado en Derechos Humanos y Cultura de Paz en la Frontera, para ayudar a los venezolanos que están llegando al país.
Se siente muy orgullosa de lo que ha hecho después de salir de la guerrilla: “De mis capacidades, de mi fortaleza, de mi cambio, de mi transformación, de la oportunidad que Dios me dio y que creo he aprovechado al máximo, de todo lo que he logrado con mis hijos”.

Cuando la visité, el diálogo con el ELN era una expectativa enredada por el secuestro de Odín Sánchez, uno de los políticos más corruptos del Chocó.

Ahora que está en libertad y los diálogos comienzan, la llamo y repite punto por punto lo que me dijo entonces: “Me gusta que llegue la paz, sobre todo por las mujeres. Ellas se merecen una segunda oportunidad, se merecen estar con sus familias, con sus hijos, con sus padres.

No espero que me pidan perdón por la muerte de mi compañero, todos los días le pido a Dios que los perdone y que puedan hacer una vida normal. Lo que más exigimos es el derecho a la verdad”.

En últimas, dice Liliana, lo importante es que mucha gente le esté apostando a la paz, porque ¿quiénes son los guerrilleros?: “Son los niños campesinos, los que no tuvieron estudio u oportunidades, las niñas que se llevaron reclutadas o con engaños”.

Hace unos días dejó su caluroso Puerto Santander y volvió a vivir en el sur de Bogotá, en busca de una mejor vida para ella y sus hijos. No es fácil y aun no tiene trabajo, pero como cuando tomó la decisión de dejar la guerrilla para volver a la vida civil, está decidida. *Nombre cambiado a petición de la fuente.

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