Llegó la hora de Paz Colombia

Llegó la hora de Paz Colombia

El congresista demócrata James McGovern relata lo que halló en una antigua zona de desarme de Farc.

Entrega de armas de las Farc

Para McGovern, Colombia necesita asegurar que las armas sean silenciadas por siempre y que los cambios prometidos se cumplan.

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EFE

10 de octubre 2017 , 12:24 a.m.

A finales de agosto, en mi décimo viaje a Colombia, logré comprobar de primera mano muchos de los desafíos que enfrenta la implementación del acuerdo de paz en Colombia. Firmar un acuerdo con las Farc después de más de 50 años de conflicto es un logro increíble.

Para muchas de las personas que conocí durante mi viaje al norte del Cauca, los acuerdos representan una oportunidad para construir la paz desde cero y abordar las causas subyacentes del conflicto. Escucharlos hablar de las oportunidades que presenta el desarme de las Farc me recordó la energía y el optimismo que vi en Centroamérica hace 25 años.

Lamentablemente, hoy Centroamérica es la parte más violenta del mundo que no se encuentra en una guerra. Esta vez, en Colombia, necesitamos asegurar que las armas sean silenciadas por siempre y que los cambios prometidos en materia de derechos humanos, sociales y económicos se cumplan. Pasar del papel a la práctica es clave para consolidar la paz.

Durante nuestro movido viaje hacia las montañas del Cauca, vi un paisaje hermoso, remoto y difícil. Mi grupo estaba acompañado por la Guardia Indígena y la Guardia Cimarrona. Con sus bastones y walkie-talkies, garantizaron nuestra seguridad mientras pasábamos por inolvidables puntos de referencia asociados con la masacre del Naya y el trágico colapso de una mina de oro ilegal en San Antonio.

También, unido a nuestra delegación, estaba un grupo de activistas de movimientos sociales y líderes comunitarios de la Comisión Étnica parar la Paz y la Defensa de los Derechos Territoriales. Muchos de los peligros que amenazan su bienestar provienen de foráneos que quieren ejercer control y extraer riqueza de sus territorios.

Estos líderes sociales ven el capítulo étnico de los acuerdos de paz como una salvaguardia contra la desposesión y el exterminio de comunidades negras e indígenas. Su inclusión en los acuerdos es un compromiso por y para el pueblo de Colombia que debe ser honrado.

A unas cinco horas de distancia de Cali, nuestro autobús navegó a través de la antigua zona veredal transitoria de normalización de las Farc en Buenos Aires, sin ser inspeccionado ni detenido en ninguna parte cercana al campo de desarme.

Había anticipado que el Estado se dedicara más a garantizar la seguridad y el bienestar de los excombatientes a la luz de los recientes asesinatos de exguerrilleros de las Farc, y me sorprendió que no pareciera ser así.

En el interior de la zona veredal encontramos estructuras de viviendas medio construidas, un sistema de alcantarillado antihigiénico y suministro de agua precario.
De acuerdo con un guerrillero desmovilizado con quien hablamos, muchos de sus compañeros habían abandonado el campamento debido a que los proyectos de formación y desarrollo económico prometidos aún no estaban disponibles.

Exguerrilleros, aburridos

Basado en nuestra corta estadía en el escaso campamento, sospecho que probablemente estaban aburridos, también. Los políticos, periodistas y analistas colombianos han reconocido que las Farc han cumplido en gran medida sus compromisos, hasta la fecha, sobre la implementación de los acuerdos de paz.

Creo que está claro que Colombia, Estados Unidos y la comunidad internacional deben trabajar juntos para asegurarse de que este momento para construir y consolidar la paz no se pierda ante el aburrimiento, la falta de oportunidad o las amenazas.

De regreso por la montaña obtuvimos un vistazo a los cultivos ilegales que están haciendo que algunos de mis colegas en el Congreso de EE. UU. estén cuestionando el éxito del Plan Colombia. No están equivocados al hacerlo, aunque a veces no estoy de acuerdo con su lógica.

Oí varias veces sobre colonos cultivadores de coca que provienen de lugares conocidos –Putumayo, Caquetá y Nariño– durante mi viaje al norte del Cauca. Muchos de esos cocaleros eran los que Estados Unidos habían ayudado a fumigar como parte del Plan Colombia. Así que, simplemente, recogieron y se mudaron a cultivar coca en otra parte del país.

Gastamos 10.000 millones de dólares en una estrategia militar de lucha contra estupefacientes que no funcionó. Lo que proponen los acuerdos de paz es proporcionar a las personas oportunidades reales de desarrollo económico alternativo y local.

Colombia, EE. UU. y la comunidad internacional deben trabajar para asegurarse de que este momento para consolidar la paz no se pierda ante el aburrimiento, la falta de oportunidad o las amenazas

Las comunidades negras, indígenas y campesinas que conocimos reiteraron su deseo de sustituir la coca por las economías alternativas una y otra vez. Su tremenda disposición tiene que ser igualada por la nuestra para hacer viables la sustitución voluntaria de cultivos y el desarrollo económico.

Estas comunidades tienen propuestas muy específicas, a menudo modestas, y bien pensadas. Lo que necesitan es un Estado dispuesto a escucharlas y ayudarlas a avanzar. Hasta ahora, solo han recibido silencio y abandono, que solo continúa dejando al norte del Cauca abierto al control de actores despiadados e ilegales.

Los desafíos se mantienen claramente. Continúo meditando un comentario del exministro del Interior Juan Fernando Cristo: “Si no implementamos los acuerdos de paz en el norte del Cauca, fallaremos en todas partes”.

Ahora es el momento de avanzar en la implementación. Las comunidades que visité –como los colombianos de tantas otras áreas de conflicto– entienden la importancia de construir la paz porque vivieron la guerra. Yo estoy con ellos.

JAMES MCGOVERN
Especial para EL TIEMPO

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