Elena Hinestroza Venté, cantadora de la paz

Elena Hinestroza Venté, cantadora de la paz

Esta líder encontró en la música una manera de sembrar paz y de reconciliarse con la vida.

Elena Hinestroza Venté.

Elena Hinestroza Venté.

Foto:

Oswaldo Páez

20 de mayo 2017 , 12:18 a.m.

“Se han visto muchas mujeres que transitan la ciudad,
Paz para Colombia, Colombia quiere la paz.
Porque nada supera la vida y la libertad,
Paz para Colombia, Colombia quiere la paz”.


El guasá acompaña la voz dulce de la cantadora. También la afinada marimba de su hijo, así como las voces de un coro de mujeres, vestidas con túnicas y turbantes. Hay algo más que una canción en esas líneas, en ese ensayo. Hay una súplica, una historia de vida, un mensaje de reconciliación.

Es domingo en la tarde, en una terraza del barrio Los Lagos, del distrito de Aguablanca en Cali, ese pedazo de ciudad fundado y poblado por centenares de familias que llegaron desplazadas de distintos rincones del suroccidente colombiano. Ahí, en ese espacio de cemento con vista panorámica al oriente caleño, a kilómetros de su Timbiquí natal, late fuerte el corazón pacífico de una mujer que encontró en la música, en su cultura negra, la mejor forma de repararse, tras sufrir las más duras formas de violencia y la embestida de una guerra que la expulsó de su tierra.

Su nombre es Elena Hinestroza Venté. Pero también podríamos decirle Elena, la cantadora de la paz, porque toda ella, desde su sonrisa hasta su indumentaria, es una expresión auténtica de lo que es vivir en paz. Porque la música recorre su existencia, desde tiempos primeros, en los que cantaba a orillas del Timbiquí o en los actos de su escuela o en la casa de su mamá adoptiva, para espantar alguna pilatuna y alivianar el castigo. Porque adonde quiera que vaya lleva su música, no importa cuántas tempestades se atraviesen a su paso, cuántos desplazamientos sufra o cuántas amenazas le propinen. Ella es música, es reconciliación y sobre todas las cosas, Elena es paz.

Esta es la historia de la directora de Integración Pacífica, de la cantadora que aspira a que en el Festival de Música Petronio Álvarez se escuche su mensaje; de la líder que estudia políticas públicas de mujer en la Casa del Chontaduro; de la artista que encantó con su poesía y su fuerza escénica en el bulevar del río Cali el Día Nacional de las Víctimas; de la que hace parte de Telares para la Paz y de Video Transformación, dos iniciativas con mujeres que sufrieron el conflicto y que hoy son mujeres sanadoras. Y es también la historia de la mamá de nueve hijos, de la esposa de José Domingo; de la que aprendió a leer en medio de las rejillas de madera y a componer en la soledad de su niñez para curar sus penas. De la mujer valiente que nunca, a pesar de tanto, ha perdido la sonrisa y la capacidad de soñar.

Música para sanar las heridas

“Si me preguntas quién es Elena Hinestroza diré que es una mujer perseverante que difícilmente dice ‘no puedo’ y que entre más dura es la situación, más despejado ve el camino.

Vengo de Timbiquí, Cauca. Llegué a Cali en el 2008. Cuando me tocó salir de mi tierra, dije: ‘Dejo lo que tengo: mi terreno, mi casa, mis animales, todo lo que hago, pero lo que soy se viene conmigo’. Y a donde llegue debo llegar siendo Elena, la señora del Pacífico, y mis raíces no se pueden morir. Para mí, mi cultura es mi reparación, es lo que me sana, lo que me hace feliz. Yo cuando siento algo me subo acá, a mi terraza, y empiezo a componer canciones sobre esas cosas duras que nos pasan como mujeres, esa violencia de género. Entonces lo que hago es componer canciones. No guardo rencor porque en mi corazón lo que cabe es la alegría, el amor. Cantar, componer y oír esas marimbas, los tambores, los cununos…

Siempre he sido así, desde niña. Yo tenía mi agrupación allá, tenía una organización de mujeres que se llama ‘Defensoras del Medio Ambiente y Promotoras de la Cultura del Pacífico’. No pude seguir con ella, porque cuando defendemos el medioambiente y el territorio todo es muy difícil. Tuve que salir. Y mis compañeras me mandaba cartas, porque allá se comunica uno es con cartas. En estas me dicen: ‘Elena, supe que allá estás haciendo lo mismo que acá, te felicitamos. Nosotras seguimos en un yugo. Y nos dicen que allá eres esa mujer libre de siempre. Qué bueno’.

En mi niñez tuve una crianza dura, pero fui muy educada. Mi mamá no era la esposa de mi papá. No hubo estudio para mí, porque yo era una entenada. Mi mamá Eleonora tenía cinco hijos… Papá tenía dos hijos con la esposa y tres por fuera. Los hijos de su esposa sí estudiaron, pero nosotros nos quedamos así. Yo aprendí a leer con una profesora de la comunidad, en las escuelitas de madera que hacían los padres de familia y allí mismo vivían las maestras. Tenía 7 años y me decían que era muy pequeña para aprender a leer. Me ponía a lavar los platos, a tender la cama y por la reja de madera veía el tablero y aprendía a leer. Entonces escuchaba que decían: ‘La ‘p’ con la ‘a’ es ‘pa’. Y yo repetía. Un día, a la profesora Ana Julia le causó mucha admiración ver que cogí un libro de tercero de primaria y empecé a leer, y ella decía: ‘Pero si los niños que están sentados en clase no han aprendido, ¿cómo es que tú sí, viendo por entre la reja?’.

Elena Hinestroza VentéElena Hinestroza Venté
Elena Hinestroza Venté

Video editado por Oswaldo Páez.

Desde pequeña componía las canciones, mi papá era el único que tenía un radio grandote en el pueblo, yo recomponía las estrofas con las melodías que escuchaba. A mi mamá Eloisa (la adoptiva) le contestaba con una cancioncita que ella siempre susurraba:

Mirá, mirá, gabancito, mirá que te están tirando
pólvora y municiones, te quedás caspaleteando.
Este bendito gabán me tiene tan aburrida,
me tiene tan aburrida, me tiene tan aburrida.
Este bendito gabán le voy a quebrar los huevos,
le voy a quebrar los huevos, le voy a dañar el nido...


“Yo cantaba para tranquilizarme. Era mi método para sanar desde pequeñita. Los viernes culturales en la escuela las maestras me pedían que cantara y así fui creciendo, respondía con canciones. Y me soñaba en un escenario grande, siendo la gran artista, cantando lo mío…

Hice hasta quinto de primaria, siempre siendo una de las mejores estudiantes.

Cuando tuve la edad de 13 años, se murió mi papá en septiembre y en octubre murió mi mamá. Me quedé sola. Desde los 10 años empecé a andar. Me fui de donde mi madrastra y me quedaba con las profesoras que llegaban al pueblo. Y luego tuve la violación. Me quedé en una casa donde me mandaban a llevar las comidas y se la llevé a un señor que en esa época era el alcalde del pueblo.

Tenía 12 años y la mamá de la maestra tenía unos comensales. Entonces me mandaron a llevarle la comida a ese señor. Y él me encerró en la pieza y me violó. Yo gritaba y gritaba y no hubo nadie que me sacara de esa pieza. Yo tuve violación porque no me prestaron atención. Eso me marcó. Empecé a sentirme mal. Y me devolví a la casa de mi papá un tiempo. Le cogí miedo a ese señor. Cuando lo veía, corría y me escondía, siempre me quedé callada. Lo odiaba solita.

A los 15 años tuve mi primer hijo, pero antes hubo muchos intentos de violación. Aprendí a defenderme. Iba de casa en casa. Luego me fui a Santa María de Timbiquí a donde mi hermana, que era maestra, después de que tuve a mi niño. El papá no fue muy responsable.

Allá me conseguí un muchacho, José Domingo Cuero, y me enamoré, con él tengo ocho hijos. Vivimos en ese lugar casi 30 años, desde que yo tenía 17. Era una vida chévere. Era un hombre que no tenía dinero, pero sí era muy trabajador, pescador.

Nunca recibí mala vida. Y yo le dije: ‘Me gusta la música, la vida social, me gusta ser líder, me gusta la política y todas esas cosas que tengan que ver con la sociedad’, y él siempre me apoyó. Hemos tenido tiempos buenos y malos. Él tuvo dos familias. Allá en el pueblo es normal que los hombres tengan varias familias. Pero no me maltrató.

Soy una mujer que siempre he asumido los problemas así, buscando la manera de ser feliz. Ellos se turnan un día aquí y mañana con la otra. Ya está viejo y entonces ya no está con la otra. Pero allá los hombres todavía son así. Es una cultura de los hombres negros: tienen la mujer aquí y en la casa del lado puede estar la otra. Para ellos, la mujer no tiene sentimientos. Uno sabe que no es así, pero se vive esa vida buscando estrategias para vivir tranquila”.

Elena Hinestroza Venté.

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Foto:

Oswaldo Páez

¿Por qué me voy?

Por qué me voy, por qué me vooooy.
Por qué me voy, adiós pueeeees.
Como late el reloj, acelerando el tiempo
latió mi corazón una mañana,
la cual me tocó abandonar mi tierra
que nunca pensé que abandonaba.


“De mi tierra salí en marzo del 2008. Como era líder comunal me dejaban la lancha para que la alquilara. Entonces, luego de un enfrentamiento, me llegaron de un grupo (ELN) a decirme que la prestara y les dije que no podía y empezaron a decirme sapa.

Allá siempre han estado todos los grupos: entran unos salen otros, a veces uno no sabe ni quiénes son porque andan de civil. Si no hay problemas de mala disciplina, ellos no se meten con la comunidad. Ellos eran los jefes del pueblo, los que decían cómo se vive. Si no hay presencia del Estado y solo está ese grupo, la comunidad vive normal, pero cuando ya se mete el Estado ahí hay choque. Allá lo bueno fue que no hubo algo como lo que pasó en Bojayá (la masacre ocasionada el 2 de mayo de 2002, tras el estallido de un cilindro de gas en la iglesia, en una disputa entre las Farc y los paramilitares). Era tan de buenas el pueblo que cuando estaban unos, los otros salían. Los enfrentamientos eran con el Estado y ahí sí fue la cosa muy dura; la gente salía huyendo de madrugada, en lanchas por el río.

Un día me dijeron que me tenía que ir, que recogiera, en menos de 24 horas. Ellos le escriben a uno en la pared de la casa que se tiene que ir, que desaloje por sapa. ¿Y uno cómo se queda? Salí de Santa María hacia la cabecera municipal, con mis hijos más pequeños. Mis compañeras decían: ‘Elena, no te vas’, pues la organización estaba bien, contratábamos con el Estado, pagaban el mínimo, comprábamos madera para las casitas, techaban las que se estaban cayendo, teníamos un trabajo muy bonito. Pero me tuve que ir para salvar mi vida.

Latió mi corazón una mañana,
la cual me tocó abandonar mi tierra,
que nunca pensé que abandonaba.
Yo miraba las lunas pasajeras,
escuchaba las aves en las montañas,
pero el temor, el miedo, me vencía,
sentía que ya mi vida fracasaba.
Emprendí un largo viaje, sin saber a dónde ir y en dónde estaba
al vaivén de las olas me dormía,
la angustia y el dolor me despertaban.
Me da dolooor, me da dolooooor,
me da doloooor, adiós pues


A Cali llegué al asentamiento de Comuneros 2, porque me dijeron que había mucho paisano. Luego me trajeron los hijos e hicimos un ranchito. Cuando crecía el caño, nos mojaba hasta las camas. Era muy duro. Yo vendía mis chontaduros afuera de la Clínica Rafael Uribe Uribe.

Luego tuve que volver a Timbiquí, cuando me llamó un hermano porque teníamos unos terrenos allá, que heredamos de nuestros abuelos esclavos. En esos terrenos había oro para minería. Y estaban a punto de quitárnoslos, fue muy duro volver y tener que salir de nuevo amenazada. ‘Elena, duerma y despierte siempre’, me decía la gente. A un sobrino se lo llevaron, lo amarraron y nunca apareció. Y nos dijeron a los demás que si queríamos que nos pasara lo mismo. Mi hermano pudo recuperar algo de las tierras y con lo que me tocó, compré esta casa en la que estamos hace cuatro años. Mi hermano, después de tanto bregar con ellos, se murió viniendo de allá…”.

‘¿Por qué me voy?’ es la canción que escribí para relatar esa salida de mi tierra, desplazada dos veces, es la manera de repararme… Es una canción y un poema a la vez. Se pregona a ritmo de currulao y con la marimba de fondo. Y en los coros cantados de ‘por qué me voy y me da dolor’.Cogí mi maletica bajo el brazo
y empecé a caminar sin rumbo fijo,
sentí el corazón hecho pedazos.
Empecé a caminar sin rumbo fijo,
sin saber a dónde ir y en dónde estaba
Me paré a descansar en una esquina,
recordando ese ambiente que extrañaba.

Paz para Colombia, Colombia quiere la paz

Es jueves al mediodía en la terraza de Los Lagos, el cuarto piso de la casa de los Cuero Hinestroza, rincón donde Elena encuentra paz para componer y donde reabre los recuerdos de su vida para entender el camino que ha recorrido. Mientras relata su historia, se cuelan los sonidos callejeros de los vendedores que con megáfono en mano promocionan sus productos, los de los aviones que pasan bajito por esa zona rumbo a la base aérea y los de la marimba de su hijo, José Domingo, quien ensaya en el primer nivel de la vivienda.

“Esta terraza es mi reparación. Cuando conseguimos la casa, pensé: ‘Tengo que hacer también el lugar donde ensaye para sentirme bien’. Esto es para la música del Pacífico, le puse piedras porque me siento en la playa y sembré las matas porque me siento en la naturaleza.

Siempre he dicho que al que le van a dar le guardan. Llegue a Cali mirando para todos
lados y le decía a todo mundo que quería montar mi agrupación en la tierra. Y me empezaron a invitar los líderes del asentamiento. Un día no fui a vender mi fruta porque venía el cazatalentos, entonces empecé a cantar con un palito que era como el guasá. Los señores nos vieron cantando y dijeron: ‘Claro, aquí hay’. Éramos todos del Naya, Nariño, Timbiquí, Guapí. Era una verdadera Integración del Pacífico.

Yo sentía que ganaba mucho: mi tranquilidad, era feliz con eso. Mis hijos eran pequeños y crecían e iban a ensayar. Hubo un momento en que muchos se empezaron a ir del asentamiento y el grupo se iba desarmando. Como una oleada de gente que se fue a Antofagasta, Chile, adonde se fueron decenas de colombianos del Pacífico a probar suerte a inicios de esta década. Pero lo volvíamos a levantar. Para mí la música también ha sido la bendición de mi familia, así los tuve ausentes de tantas cosas malas. Muchos niños que crecieron con los míos en el asentamiento están muertos, en la cárcel o se los tuvieron que llevar lejos.

Mi hijo que me traje de 7 años fue cogiendo la pasión por la marimba y la guitarra. Algunas de mis hijas trabajan en casas de familia. Hay dos en la universidad, aunque el semestre pasado no hubo cómo matricularlas, más adelante seguro se podrá. La más pequeñita está en séptimo y esta semana izó bandera. Y chévere como vivimos, es muy bonito porque hay disciplina.

Hoy amanecimos sin un peso para el almuerzo. Pero, fíjese, al que toca la marimba le habían dado un contrato para que tocará en la recepción de unos hoteles y justo esta mañana le pagaron 100.000 pesos. Todos trabajamos, todos nos ayudamos, juntamos de 50 en 50 para el mercado, para los servicios, y así…

Aquí también encontré la manera de continuar con mi liderazgo de mujer. Hice dos semestres de escuela política para mujeres en la Casa de Cultura El Chontaduro, a ellos desde Suecia les proyectan los recursos. Viene un proyecto de tres años más. Nos enseñan los derechos de las mujeres, la resistencia, la reexistencia… un mundo de cosas que nos enseñan a caminar. Hay muchas mujeres. También estoy en la mesa municipal de víctimas, en un proyecto de memoria histórica con Tical Producciones, donde haremos un ‘performance’ para mostrar lo que vivimos. Y en Telares para la Paz, que es algo que nos viene por herencia. Como nuestras abuelas hacían colchas, nosotras tejemos un telar como símbolo de que se van tejiendo relaciones con las reinsertadas, para estar todas unidas. Vamos a ser esas mujeres sin adjetivos de víctimas o reinsertadas, mujeres en pos de lucha. Mujeres buscando un mundo diferente. Que cambien las cosas, que haya más inclusión, que nuestros derechos se hagan valer.

Yo sé que con paz esto va a mejorar, vamos a ser un país en paz, de amor y alegría. Y es que todos somos hermanos, ¿por qué tenemos que pelear?

Hay que hacer borrón y cuenta nueva. Con decir: ‘es que yo no quiero que haya paz porque es que nos llevaron y no pude hacer nada’, entonces estoy diciendo que se lleven otro sobrino, otro familiar. Si digo que no quiero que haya paz, quiero que sigan cayendo inocentes. Por eso quiero que haya paz. Colombia quiere la paz. Y la paz tiene que empezar por mí. Yo soy la primera que siento paz en mi corazón y luego salgo a decirles paz a las otras personas. La paz es lo más bonito del ser humano.

Cuando usted está en paz, usted consigue solución a todos los problemas. Pero cuando no, todo se le vuelve un problema, hasta puede llegar al punto de quitarse la vida.

Paz para Colombia es la canción que llevamos al Petronio (el festival de música del Pacífico, más grande de Colombia), pero ha sido muy difícil poder quedar. Hicimos la audición bien tradicional, a ver si podemos contar que la música es reconciliación.

Decirle a la gente que se puede, que si el Estado no nos da, también podemos levantar la cara; que si salimos de allá no tenemos por qué venir acá a tirarnos a un andén. Eso es lo que he querido hacer, que me oigan en el Petronio.

Por eso seguiremos con la música, porque la música es reparación, reconciliación.

Cuando me concentro a componer, a cantar, yo voy limpiando. Siempre llego a esa conclusión, a decir que sí se puede. La música es mi inspiración, puedo expresar ese dolor y lo convierto en alegría. Siento algo que me pone triste y compongo una canción. Es importante perdonar para uno ser perdonado. Siento que el viento se lleva mis penas y el odio, y queda lo más lindo en mi corazón. El día que me muera dejo de cantar…”.

Muchas mujeres que sufren de ver sus hijos llorar,
Paz para Colombia, Colombia quiere la paz.
Cogiditas de las manos lo vamos a superar
Paz para Colombia, Colombia quiere la paz.
Qué quiere Colombia, ay, quiere la paz
Colombia, la paz, ay, quiere la paz
Colombia la paz, ay, quiere la paz…

PAOLA ANDREA GÓMEZ P.
Jefe de redacción de 'El País', de Cali.

*Este artículo se publica gracias a la beca '200 años en paz, storytelling para el posconflicto', apoyada por la Escuela de Periodismo de EL TIEMPO, la Embajada de Suecia, la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Universidad de La Sabana.

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