Así se ha jugado Santos, desde hace 19 años, sus cartas por la paz

Así se ha jugado Santos, desde hace 19 años, sus cartas por la paz

El trabajo en ese tema, más político que popular, le significó el premio Nobel este viernes.

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Santos (segundo de izquierda a derecha) cuando era precandidato liberal, en 1997.

Foto:

Carlos Capella/EL TIEMPO

07 de octubre 2016 , 02:53 p.m.

“La paz, en Colombia, está de un cacho”. La frase es de 1997. Y fue pronunciada por el que en ese entonces era el más desconocido de los precandidatos del Partido Liberal a la Presidencia: Juan Manuel Santos. Fue ahí cuando coqueteó por primera vez con la búsqueda de una salida negociada al conflicto. Una fijación que hoy, 19 años después, le vale el premio Nobel de Paz.

Para entonces, Santos ya mostraba su talante pragmático y estratégico, acorde a su fama de excelente jugador de póquer. Sabía que su mayor rival, Horacio Serpa, tenía la bandera de la paz y por eso decidió moverse, no con pronunciamientos, sino con acciones. En menos de un mes, en el año de 1997, logró reunirse con alias 'Raúl Reyes', de las Farc; Carlos Castaño, de las Auc, y representantes del Eln y el Epl, según cuenta una crónica periodística de ese entonces de la revista Semana.

Pero además convocó a Gabriel García Márquez, a voceros del entonces presidente de Estados Unidos, Bill Clinton y hasta a empresarios colombianos. Y si bien el intento no terminó bien, porque le valió un escándalo y hasta acusaciones de conspiración por haber sido ‘a espaldas’ del entonces presidente Ernesto Samper, dejó a quien hasta el momento era un tecnócrata con prestigio en las clases altas, con el rótulo de presidenciable.

No solo eso. Santos quedó como una voz discreta pero efectiva para lo que vendría después: las conversaciones entre el gobierno de Andrés Pastrana y las Farc en el Caguán. De hecho, a través de una carta hecha llegar a la Comisión Nacional de Paz en 1997, propuso el despeje de cinco municipios para las conversaciones, iniciativa que se convertiría en la columna vertebral de ese fallido proceso.

Pastrana nombró a Santos miembro de la comisión de verificación de ese despeje, una instancia que se quedó más en papel que en la realidad. Y pese a que ha tratado de ‘desmarcarse’ del tema, el ‘fantasma’ del despeje se le ha aparecido varias veces. En la campaña presidencial de 2006, la entonces candidata Noemí Sanín se lo recordó. Y la respuesta de Santos, quien a la postre sería el ganador, fue tan contundente como polémica: “Sólo los imbéciles no cambian de opinión”, enfatizó al recordar que las circunstancias en 1998 eran muy diferentes a las de ese momento.

La presidencia: el empujón definitivo

Cuenta Marisol Gómez en su libro ‘La historia secreta del proceso de paz’, que uno de los primeros que se enteró de la intención del presidente Juan Manuel Santos de avanzar en un proceso con las Farc fue el fallecido mandatario venezolano Hugo Chávez. El 10 de agosto de 2010, apenas tres días después de su posesión como Jefe de Estado, Santos se reunió a limar asperezas con el mandatario del vecino país y le dijo: “He pensado en ver si puedo hacer la paz con las Farc”, según relata la editora de la Unidad de Paz de EL TIEMPO

El movimiento, que no fue casual, terminaría siendo definitivo. Santos lo sabía y por eso, pese a que siempre fueron enemigos políticos, logró sumar a Chávez a la causa de la paz, distensionó las relaciones con Venezuela (que quedaron peligrosamente tirantes tras el gobierno de Uribe) y logro que las Farc ganaran confianza. Prueba de ello es que se mantuvieron en la mesa pese a dificultades como la muerte del máximo líder de esa guerrilla, Alfonso Cano.

Y así lo reconoció Rodrigo Londoño, jefe máximo de las Farc, en el mismo libro de Marisol Gómez: “Sinceramente, si no hubiera estado Hugo Chávez de por medio, si él no hubiera hablado conmigo, ¡quién sabe si esos diálogos se hubieran mantenido!”

De la distancia, a la intervención directa
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Santos en sus tiempos de alumno en Harvard. Foto: Archivo particular.

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El 28 de agosto de 2012, Santos anunció que los diálogos pasarían de una fase secreta a una pública, con una agenda definida y con La Habana como escenario. Sin embargo, dejó algunas condiciones que persistirían hasta el final: el proceso no sería indefinido, se limitaría a la agenda pactada y se negociaría en medio de la confrontación.

Pero además de eso, tomó cierta distancia y aseguró que los diálogos no coparían la agenda del Gobierno. La responsabilidad de los avances recaería con mayor fuerza en el equipo negociador, liderado por Humberto de la Calle. El Mandatario se mantuvo siempre informado de los avances, estableció líneas, pero no se le vio activo en las conversaciones, al menos públicamente. La voz oficial, siempre, fue la del jefe negociador del Gobierno, Humberto de la Calle.

Pero no por eso el mandatario se quedó quieto. Comenzó a buscar apoyo internacional para el proceso y empezó a ambientar su posición de paz al pronunciarse a favor de salidas negociadas en otros lugares del planeta.

“Hacemos un llamado vigoroso y fehaciente para que cesen las muertes de inocentes en Siria”, dijo en agosto de 2012 Y en junio de 2013 manifestó su apoyo a “una solución donde Israel y Palestina vivan en paz, como vecinos”. Y luego, el 24 de septiembre de 2013, en la Asamblea General de las Naciones Unidas , conminó a las Farc a a estar a la altura de las circunstancias históricas con el naciente proceso.

En Colombia, sin embargo, el proceso avanzó muy lentamente y eran más las polémicas que los acuerdos. El primer avance, sobre Reforma Rural Integral ocurrió en mayo de 2013 y el segundo, participación en política, se produjo en noviembre. Mientras tanto, la campaña presencial ardía y la paz se volvió el tema más importante.

Es ahí cuando Santos da un giro radical en su posición política. El triunfo en primera vuelta de Óscar Iván Zuluaga, candidato del expresidente Álvaro Uribe a la Presidencia, puso al mandatario a luchar, ya de frente, por sacar adelante el proceso de paz.

“No más guerra”, fue su grito de campaña. Y el mensaje, categórico: elegir a Zuluaga era continuar en conflicto. Reelegirlo a él, garantizaría que el proceso llegara a feliz puerto. Más allá de la falta de matices, la ide caló en el electorado. Santos, que había perdido en primera ronda por estrecho margen, triunfó sobre su rival por un poco más de 900 mil votos.

El óxigeno de la comunidad internacional

A partir de ese momento, el Jefe de Estado entendió que el mandato de las urnas había sido buscar la paz. Y convirtió el proceso en el eje de los dos años que lleva de su segundo Gobierno. Tomó las riendas y ordenó a su equipo ‘pisar el acelerador’. En los primeros meses se avanzó en cese al fuego, en promesas de no secuestrar y de no recultar menores por parte de las Farc, en el punto de víctimas y se consolidó el apoyo de la comunidad internacional. Incluso, se jugó una valiosa carta antes de tiempo: estrechar la mano del líder de las Farc cuando se logró acordar el fin del conflicto y dar una fecha para firmar el Acuerdo Final: 23 de marzo.

Que la fecha no se cumpliera fue otro golpe para el capital político de Santos. Y es que para el Jefe de Estado no ha sido fácil mantener el proceso, no solo en medio de la oposición del partido Centro Democrático, liderado por su antecesor Álvaro Uribe, ante como el secuestro del general Rubén Darío Alzate y la muerte de 11 militares por un ataque de paz en el Cauca.

Sin embargo, el Primer Mandatario ha logrado mantener a flote las conversaciones gracias a su carta más fuerte: el respaldo casi unánime de la comunidad internacional. La ONU, a donde llevó el Acuerdo Final ya firmado; Estados Unidos, que nombró un delegado directo para la paz (Bernard Aronson), el papa Francisco, la Unión Europea y los países de Latinoamérica, entre otros, han sido claves para mantener la legitimidad del proceso en medio de un recelo que terminó por traducirse en votos luego de que el No venciera por poco margen al Sí en el plebiscito que él mismo creó para refrendar lo pactado en La Habana.

Y hoy se potencia aún más esa ‘carta comodín’ que Juan Manuel Santos se supo jugar. Haber sido galardonado con el premio Nobel de Paz le da un empujón impensado luego de haber sufrido la derrota política más fuerte de su carrera. Es como si una vez más tuviera el control de los acontecimientos. Así lo señala un análisis de EL TIEMPO publicado pocas horas después de conocerse la noticia.

“Será muy difícil que el interés del mero poder político, del que ahora Santos puede tomar distancia, o los intereses electorales, que ya le importarán menos al mandatario, se puedan enfrentar victoriosos contra lo que representa un galardón de la humanidad”, señala el texto de EL TIEMPO.

Y agrega: “Los opositores al acuerdo insisten en corregir el acuerdo de La Habana y Santos los escucha. Pero no será el único camino que le queda al Presidente para aclimatar la paz en Colombia”.

Una vez más, el balón está en la cancha del Presidente. Y es ahí donde Santos, que desde el comienzo de su carrera se ha caracterizado por ser un prestigioso, hábil, pero impopular dirigente político, se siente más cómodo. Las cartas se han vuelto a barajar.

RAFAEL QUINTERO CERÓN
Unidad de Datos de EL TIEMPO

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