11 horas con el cuerpo de su hermano ‘al hombro’ para dejar su tierra

11 horas con el cuerpo de su hermano ‘al hombro’ para dejar su tierra

Rodolfo Díaz tuvo que abandonar su predio en San Alberto, Cesar, por presión de los paramilitares.

Víctima restitución de tierras

Rodolfo Díaz recorre nuevamente su predio, en San Alberto, César

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María Paulina Arango

30 de abril 2018 , 03:24 p.m.

“No nos quisimos ir porque yo no le debía nada a nadie y no tenía a dónde llegar con mi señora y los siete hijos”, recordó Rodolfo Díaz sobre la vez que hizo caso omiso a las amenazas de un grupo de paramilitares. Rodolfo vivía en la vereda Bellavista, en San Alberto, Cesar, en una parcela de difícil acceso por la que trabajó cinco años como minero para poder pagarla.

La tarde del 18 de septiembre de 1995, un vecino de la vereda les avisó a Rodolfo y su familia que los ‘macetos’ (paramilitares del bloque ‘Héctor Julio Peinado’) iban a “subir a barrer”.

Él y su familia decidieron quedarse, al fin y al cabo hacía más de un año que ni los ‘paras’ ni los ‘guerrillos’ subían al lote. La advertencia iba en serio.

Al día siguiente, un vecino le comentó a Rodolfo: “Allá abajo en la escuela están torturando a un señor y alcancé a escuchar la voz de don Jaime, su hermano”.

Buenavista

Rodolfo Díaz trabajó como minero para poder pagar su finca en la vereda de Buenavista en San Alberto, Cesar. 20 años después de ser desalojado forzosamente logró recuperarla.

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María Paulina Arango M

A eso de las 5:30 de la mañana, minutos después de que Jaime Díaz dejara su casa y se dirigiera a trabajar a una parcela vecina, los paramilitares lo detuvieron y lo amarraron. Lo siguiente fue el estruendo de dos disparos.

Junto con su hija de 10 años, Rodolfo descendió de la parcela. Los dos iban rumbo al pueblo de San Alberto a informarle a la Fiscalía del asesinato de Jaime.

“A mi hermano lo mataron el 19 de septiembre del 95 y el 20 como a las tres de la tarde lo llevamos a Vélez, Santander. Llegamos a las 2 a.m.”, relata Rodolfo sobre la odisea que tuvo que pasar llevando el cuerpo de su hermano.

Nunca me llegué a imaginar volver a esta finca. Ya todos los cultivos se habían acabado y la maleza había consumido todo

Al predio donde vivía con su familia no había forma de acceder en vehículo, no había vías. Advertido por sus familiares, quienes le recomendaban que no regresara porque lo mataban, Rodolfo y su familia dejaron el terreno de Bellavista y migraron a Vélez, Santander.

Allá crecieron sus hijos. 17 años después, en 2012, decidió radicar ante la Dirección Territorial de Santander de Unidad de Restitución de Tierras una solicitud de inscripción en el Registro de Tierras Despojadas y Abandonadas Forzosamente.

El campesino nunca dejó de pensar en su tierra. Fue en el 2009 que, a través de la emisora de San Alberto, se enteró de que la finca Buenos Aires, que alguna vez le perteneció, la iban a parcelar entre tres personas tras afirmar que era un terreno abandonado.

Un predio enmontado

Rodolfo pagó los impuestos acumulados y su hermano le ayudó a enviar la solicitud para demostrar que esa tierra era suya.

Lograron que no se parcelara el terreno. Ya en el 2010 decidió inscribir su predio en el programa de Restitución de Tierras.

“Nunca me llegué a imaginar volver a esta finca. Ya todos los cultivos se habían acabado y la maleza había consumido todo. No tenía el dinero de los pasajes para volver ni el dinero para arreglarla”, relató.

En el 2014 se dictaminó que se le restituiría su predio y parte de la reparación que se le iba a dar sería colectiva. La pavimentación de las vías y la construcción de un centro de salud como parte del fallo terminaron por beneficiar a 20 familias que viven en la vereda Buenavista.

En el 2015, la Unidad de Restitución lo citó para ir a la parcela, hacerle la entrega oficialmente y empezar con el proyecto productivo. “En mayo del 2015 me vine a la finca. Hice una casita solo y me puse a trabajarle a la tierra”, contó.

Cacao

A Rodolfo Díaz siempre le gusto trabajar la tierra. Hoy cultiva cacao, yuca y plátano.

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Díaz se convirtió, además, en uno de los líderes sociales que ayudó a que llegaran servicios educativos a esta comunidad. “Yo me fui de casa en casa llamando a las personas para que juntáramos la vereda. Logramos reunir 41 niños para hacer la escuela”, narró.

Hoy, Rodolfo Díaz se siente nuevamente en casa, hace lo que le gusta: trabajarle a la tierra y vive con la esperanza de que cada vez mejore más la calidad de vida en la comunidad en la que vive y por la que sigue trabajando. La vereda Buenavista no se dejó olvidar ni consumir por lo que fue el conflicto.

MARÍA PAULINA ARANGO
ESCUELA DE PERIODISMO MULTIMEDIA EL TIEMPO
arapau@eltiempo.com

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