El policía-juglar urbano de la paz

El policía-juglar urbano de la paz

Édgar perdió la vista hace 12 años por mina de las Farc. Hoy les da la bienvenida a la vida civil.

Édgar Bermúdez, víctima de las Farc

Édgar Bermúdez se convirtió en ejemplo de superación y perdón en favor de la búsqueda de la paz.

Foto:

Archivo particular

07 de septiembre 2017 , 02:18 p.m.

Édgar Bermúdez nunca ha visto la cara de sus dos hijas, pero las conoce mejor que nadie gracias a la sensibilidad de sus manos. Cuando Camila y Alisson nacieron, Édgar ya había perdido sus ojos en un campo sembrado de amapola, coca y minas antipersona.

Ocurrió en Nariño, lejos de su natal Guajira, el 16 de agosto de 2005. Esa mañana, Édgar vio nacer el sol por última vez; fue un amanecer turbio en medio de una lluvia de plomo, granadas y cilindros bomba lanzados durante cinco horas por guerrilleros de las Farc. En sus oraciones, Édgar le había pedido a Dios que si alguna vez le tocaba enfrentar la muerte, le diera una segunda oportunidad de vivir. La tendría.

Al cesar el ataque, Édgar y sus compañeros policías inspeccionaron los alrededores: devastación enmarcada en la exuberancia vegetal nariñense. Los cilindros bomba habían abierto enormes cráteres en el suelo, y un reguero de cartuchos de bala y de granadas cubrían la tierra fértil. En medio de tanta destrucción apareció temblorosa la Morochita, la perrita que vivía en el lote e inexplicablemente seguía viva.

De regreso al campamento, aturdidos por la madrugada agotadora, los jóvenes entraron sin percibirlo en un sembrado fresco de minas antipersona. Eran latas de atún con detonantes, rellenas de metralla, excremento, vidrio, alambre y cualquier cosa que pudiera dañar un tejido vivo.

Los hombres trepaban zigzagueando para hacer más llevadera la última pendiente cuando uno de ellos pisó una de esas brutales armas hechizas. Fue el fin de la luz para Édgar. “Yo me acuerdo que me voltee a ver mi ‘curso’ Andrés Téllez, que venía cinco metros detrás de mí. Ya veníamos agotados. Él me sonrió y subió las cejas cuando de pronto oí un “tiiiiinnn”; mi amigo había pisado una mina. Murió al instante”. Veintidós años tenía Andrés Téllez. Veintiséis, Édgar. Cuarenta, el conflicto armado en Colombia.

‘Esa guerra no es mía’

Doce años después de esa mañana sombría, Édgar ha recuperado gran parte de su autonomía. Tiene una elocuencia a flor de labios y un vozarrón vallenato. A diario camina por Bogotá con ayuda de su bastón y de los ángeles guardianes que se le aparecen a la hora de cruzar las calles.

Como sobreviviente del conflicto armado y de la burocracia del Estado para tratar a sus uniformados lisiados en la guerra, Édgar tendría derecho al resentimiento. No porque subestime su calvario. Relata sin eufemismos sus vivencias frente a sus hijas de 7 y 5 años, que lo miran con la intensidad de unos enormes ojos negros inocentes pero acostumbrados a esas cicatrices y esos relatos; se acercan a él con la suavidad de un gatito mimado y se le sientan en las piernas mientras él les acaricia el pelo y continúa su evocación de esos años difíciles.

Mil guerrilleros armados hacen mucho más daño que mil en la vida civil

Pero él no vive en el pasado. Se reconstruyó física y psíquicamente, formó esta familia con Tatiana*, la novia que conoció cuatro meses antes de perder la vista; comenzó una carrera artística como cantante de vallenatos. Hoy está a punto de graduarse en psicología de la Universidad Externado de Colombia.

En su trabajo de grado, Édgar propone modelos de reparación y atención para los uniformados que salen heridos o lisiados del conflicto armado. “Es injusto que el policía tenga que contratar un abogado para que pelee por la pensión y que, al final, se quede con la mitad. Las familias tampoco reciben apoyo”, dice Édgar.

También, gracias a su carrera y a lo que le tocó vivir, dicta charlas de superación personal y derechos humanos. Pero el juglar de la paz, como se define en su primer disco de vallenatos, lo que más anhela es el fin de la guerra.

Por eso les da la bienvenida a la legalidad a las Farc y dice preferir ver a un guerrillero haciendo fila en el supermercado que disparando en el monte: “Mil guerrilleros armados hacen mucho más daño que mil en la vida civil. ¿No están ahí Navarro Wolf o Petro haciendo política? Pues, que hagan política, pero la guerra en Colombia es estúpida; la hacen los jóvenes humildes porque los de estrato 4, 5 y 6 mandan sacar la libreta militar. Es muy fácil sentirse Rambo detrás de un escritorio y que los otros se maten”.

Él mismo terminó envuelto en el conflicto sin buscarlo, pues cuando prestó el servicio militar y le sugirieron sumarse al Ejército había respondido: “Yo agarro mi libreta y me voy; esa guerra no es mi guerra”. Así que se fue a buscar empleo; creía que con su Icfes, su libreta militar y el grado de bachiller podría trabajar en una empresa de seguridad en el día y estudiar ingeniería de sistemas en la noche.

Pero no se había abierto puerta alguna hasta ver una pancarta en la calle que lo tentaba con la única propuesta concreta en dos años: “Hágase el mejor policía de Colombia”.

Es muy fácil sentirse Rambo detrás de un escritorio y que los otros se maten

Pensando en que terminaría custodiando filas a la salida de un estadio de fútbol, Édgar siguió la flecha hacia la gran promesa y se metió a la Policía Nacional. Pero eran tiempos del Plan Colombia y durante el gobierno de Uribe se crearon los grupos operativos que llevaron a escuadrones de la policía a realizar erradicación de cultivos ilícitos y recorridos en zonas rojas.

Édgar ya se veía patrullando en la ciudad, pero entonces sus superiores pidieron voluntarios para sumarse a uno de los Escuadrones Móviles de Carabineros. Cuando se dio cuenta, ya iba en un Hércules con rumbo a Pasto al lado de otros 90 novatos en las lides del combate. Tenían encima tres meses de entrenamiento “exprés” de guerra. La historia de una generación.

Un rostro nuevo

Después del “accidente”, su apariencia era monstruosa. La onda explosiva y los restos de metralla y excremento que se incrustaron en su piel llegaron a hacer mucho daño. Además de los ojos, Édgar perdió gran parte del cuero cabelludo, las cejas, y tuvo una fisura del hueso frontal, que tuvo que ser reconstruido con un pedazo de hueso de su cresta ilíaca.

Conociendo su nuevo aspecto con las manos, Édgar podía adivinar el horror reflejado en su cuerpo. Pero en los dos meses que permaneció hospitalizado, el objetivo era sobrevivir; lo último en la lista de prioridades era con qué cara volvería Édgar al mundo.

Cuando salió del hospital, debió esperar un año para intentar cualquier reconstrucción plástica. Pero la decepción fue monumental cuando regresó al cirujano de la policía. “Hermano, el cuero cabelludo no estira más, ya no se le puede hacer mayor cosa. Pero fresco que yo soy más calvo que usted”. Estas palabras del médico indignaron a Édgar, que salió a buscar opciones, hasta que la fundación United for Colombia, una organización que apoya a víctimas de minas anti-persona, lo ayudó a recuperar su rostro.

“Ellos me mandaron donde el doctor Alan González, un cirujano famoso que ha operado a muchas modelos. Cuando me vio exclamó: ‘Yo puedo hacer bellezas contigo'’. ¡Uy! Cuando él me dijo eso, yo me puse tan feliz…” Ahí comenzó un camino largo de tres años de cirugías plásticas.

El toque final se lo dio el cirujano René Rodríguez, experto en trasplante capilar, quien reconstruyó sus cejas. A Édgar le gusta recordar a cada una de las personas y fundaciones que le ayudaron a recuperar su identidad, y no es para menos.

El rasgo intocable

Pero hay un rasgo físico que ha acompañado a Édgar desde niño y que ni la onda explosiva ni la metralla pudieron tocar: su voz. Édgar creció en La Guajira, respirando profundamente los aires vallenatos.

Nació en Riohacha, pero se mudó muchas veces con su familia: Dibulla, Maicao y Barranquilla están en sus memorias afectivas.

En esas travesías costeñas, de tío a tío, de pueblo en pueblo, Édgar cultivó las dotes de juglar, al ritmo de acordeones tocados por primos y bajo la leyenda familiar de que su Bermúdez es el mismo que el del gran maestro Lucho Bermúdez. La conexión estaría en una de esas ramas caprichosas de los frondosos árboles genealógicos del Caribe, aunque Édgar no sabe en cual. En el colegio cuando era un pelaíto, en el Ejército cuando prestó el servicio militar y en la Policía. Cuando estaban arrancando matas de coca a costa de lumbagos, sus compañeros solían pedirle que entonara una de Diomedes. Su voz lo acompañó en el hospital cuando enfrentaba lo más duro de su recuperación y cantaba ‘Vivo en el limbo’ y ‘La hora de la verdad’, de Kaleth Morales, que estaban de moda entonces.

Cuando entró a estudiar al Externado, becado por la fundación Tejido Humano, se unió al grupo de música folclórica y allí se juntaron sus dos sueños actuales: ser psicólogo para ayudar a otras víctimas de la violencia y hacer música.

Hace dos años grabó su primer disco, ‘La paz llega a Colombia’, y ha tenido la oportunidad de cantar con Jorge Celedón y Carlos Vives. Es activo en las redes sociales; todos los días le dedica un tiempo a su música y se sienta frente al computador a estudiar, con ayuda de Jaws, un programa de voz para invidentes.

En todo, igual de presente que su voz, están sus familiares y su esposa Tatiana. Son un equipo, que ha tenido sus altas y bajas desde que él la vio en un pequeño municipio de Nariño.

Eran ambos muy jóvenes. Ella estaba en décimo grado y él, en la misión policial que le cobraría la visión tres meses después. Édgar la vio pasar por la calle y se le fue detrás: “Hola, flaquita-bonita. ¿Te acompaño?”, le preguntó él. “Es que voy muy lejos”, trató de desanimarlo ella.

Tatiana iba una cuadra adelante, suficiente para lanzarle una frase de admiración en el más dulce acento guajiro: “Oye, pero tú eres muy alta, ¿juegas básquet?” Y comenzó un amor de juventud en un pueblo azotado por la guerra, vínculo que sobrevivió a la violencia y se nutrió de las diferencias culturales entre el Caribe y los Andes; una relación que dio a luz a Camila y Alisson, las niñas de los ojos de Édgar.

* La esposa de Édgar solicitó cambiar su nombre por ser víctima del desplazamiento forzado de un municipio de Nariño

ANDREA DOMÍNGUEZ
Especial para EL TIEMPO

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