La historia de paz del pueblo indígena inga contra el narcotráfico

La historia de paz del pueblo indígena inga contra el narcotráfico

Espantaron a los grupos ilegales de su territorio con una sola arma: sus saberes ancestrales.

Comunidad indígena inga

La comunidad indígena inga, ejemplo de fortaleza por su lucha contra el narcotráfico y amor por su territorio, enfrenta hoy una fuerza que amenaza con destruirlos: la madre naturaleza.

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Juan M. Siza

17 de abril 2017 , 02:38 p.m.

En El Tablón de Gómez, 70 kilómetros al sur de Pasto, Nariño, corre tranquilo el río Juanambú. Sus gélidas aguas se deslizan sobre las laderas de las montañas, enclavadas en las faldas del volcán Doña Juana, en la cordillera Central andina.

Bajo los árboles, las capas de hojarasca quebradiza crujen bajo las fuertes pisadas de los indígenas ingas, quienes danzan al ritmo de los tambores, la melodía de las flautas y las palabras del taita Queta Alvarado, quien dirige la ceremonia de toma de yagé (bebida sagrada).

“Mana sisai, mana llulai, allí kai (no mentir, ser digno)”, reza el taita en su ritual sagrado. Invoca la sabiduría y la unión para los indígenas ingas del resguardo de Aponte, que entre 1991 y el 2003 estuvo en el centro del conflicto armado y cuyo territorio fue invadido con cultivos ilícitos.

Los primeros habitantes del pueblo inga que llegaron a estas tierras lo hicieron a comienzos del siglo XVI, hacia el año de 1535, procedentes del Putumayo.

Cuentan que las familias se reunían alrededor del fogón para compartir la comida y oír relatos de los adultos con mensajes para los niños.

“Antes se cultivaba sin químicos. En cada comunidad había chagras (sistema de producción sostenible); en cada una había plantas medicinales como la sábila, la ruda y el llantén. Con ellas se curaban los ‘malvientos’ y los espantos”, relató Pedro Carlosama, miembro del resguardo.

La armonía se rompió en los 90, cuando la amapola llegó al norte de Nariño, uno de los departamentos con más cultivos ilícitos, y se instaló en las productivas tierras de El Tablón de Gómez.

De repente, a Aponte llegaron cientos de campesinos a cultivar la flor roja y a recoger, en pequeños recipientes, la savia de sus bulbos, que luego se convierte en heroína.

Con la amapola llegaron los ilegales: primero, el frente 48 de las Farc y luego las Auc.

Hernando Chindoy, entonces gobernador indígena, recordó que en su territorio había cerca de 2.000 hectáreas de amapola. Una familia podía ganar hasta $ 10 millones al mes durante las épocas de cosecha.

La bonanza económica que obtuvieron los indígenas llegó acompañada de violencia y explotación de la que no se salvaron ni los menores. Los niños eran obligados a trabajar en la extracción de la savia de amapola.

Según informes de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Undoc), durante esa época Colombia alcanzó las 10.000 hectáreas de amapola y llegó a ser el octavo mayor productor del mundo.

La muerte se apoderó del territorio. El deterioro ambiental era evidente, y los valores culturales agonizaban. “Nos daba vergüenza hablar nuestra lengua y vestir nuestro traje tradicional”, contó Carlosama.

En medio del conflicto entre los grupos ilegales, la ruptura del tejido social y las fumigaciones aéreas, el pueblo resolvió enfrentarse la guerra pero sin hacer un solo disparo. Acudieron a sus saberes ancestrales.

Mediante mingas espirituales –espacios sagrados de diálogo– y ceremonias como la toma de yagé, la comunidad encontró la fortaleza para enfrentarse a los grupos ilegales y las estrategias para hacer retornar la armonía a su territorio. Y lo logró.

“Había que volver a conectarnos con la madre naturaleza a través de las plantas sagradas y escuchar a las autoridades mayores de nuestro territorio. Eso fue fundamental”, expresó Chindoy.

La segunda lucha por una tierra ancestral

La comunidad indígena inga, ejemplo de fortaleza por su lucha contra el narcotráfico y amor por su territorio, enfrenta hoy una fuerza que amenaza con destruirlos: la madre naturaleza.

En enero del 2003 lucharon para que el territorio, de 22.283 hectáreas, que habían logrado liberar de los grupos ilegales y los cultivos ilícitos, les fuera titulado como resguardo, y presentaron la solicitud ante el antiguo Incora.

El 22 de julio de ese año, esa entidad expidió la resolución 013 y constituyó el resguardo, en el cual fueron declaradas zonas de reserva casi 18.000 hectáreas de páramos, montañas y lagunas.

Ese fue el primer paso. Ahora que tenían titulado su territorio podían ejercer la soberanía y reconstruir el tejido social.

La comunidad fue galardonada con el Premio Ecuatorial 2015, que entregó la ONU a 21 acciones de base comunitaria e indígena por su trabajo ambientalmente sostenible para la sustitución de cultivos ilícitos, como parte del programa de Familias Guardabosques.

Sin embargo, desde ese mismo año, la tierra por la que tanto lucharon cientos de ingas empezó a agrietarse.

Una falla geológica vino a recordarles, 12 años después de constituirse como resguardo, que tenían una deuda pendiente con la tierra. 

Casas con paredes agrietadas, pisos destruidos y hasta las calles adoquinadas levantadas por la falla geológica son el panorama actual. Son cerca de 200 las viviendas que ya fueron afectadas por el fenómeno.

Algunos ya dejaron sus casas y se trasladaron a las de familiares o amigos. En algunos casos, las viviendas son ocupadas por varias familias,  que prefieren la incomodidad a permanecer en un territorio en el que siente una amenaza latente, ya no de los grupos ilegales sino de la naturaleza.

Pero aún la mayoría se resiste a abandonar su tierra. Ahora cultivan café y crían peces, sus ocupaciones desde que dejaron la amapola.

Cultivan principalmente el Kusny, un café especial de altura apetecido a nivel internacional y que, aseguran los indígenas, tomaban los dioses ingas, esas mismas divinidades a las que hoy se aferran para continuar en la segunda lucha por su tierra ancestral.

JAVIER FORERO
Redacción Política
gerfor@eltiempo.com
*Con colaboración de María Eugenia Lombardo

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