La historia tras la ONG de mujeres más antigua en Colombia

La historia tras la ONG de mujeres más antigua en Colombia

La Organización Femenina Popular, en Barrancabermeja, es un ejemplo de resistencia civil. 

OFP

Protesta en Barrancabermeja.

Foto:

Organización Femenina Popular

01 de junio 2017 , 11:33 a.m.

En Barrancabermeja nació hace 45 años la ONG más antigua de mujeres populares en Colombia: la Organización Femenina Popular. Un ejemplo de resistencia civil de los más reconocidos en el mundo, en un país donde seis de cada diez mujeres son agredidas.

La marcha del ladrillo

Cuando llegaron a las 6:00 a. m. solo encontraron el techo de paja sobre el piso. Horas antes, desde una casa vecina, por una luz que se filtraba entre dos tablas, por donde solo cabía un ojo y acostada sobre la tierra tratando de controlar su alterada respiración, Consuelo veía y escuchaba todo. La orden la dio el ‘Gato’. Llegaron en motos y en una volqueta. Eran como 20 paramilitares. Se llevaron las puertas, las tablas, los ladrillos, las neveras, las mesas, las sillas y los ventiladores. Como en una escena novelesca de realismo mágico, en este caso trágico, se robaron la casa del barrio La Paz a la medianoche del 21 de noviembre de 2001.

La verdad se conoció años mas tarde cuando fue capturado y condenado el sospechoso. La casa robada fue una forma de intimidación y retaliación porque la Organización Femenina Popular (OFP), en una postura de civilidad, se negó a darle un proyecto de mejoramiento de vivienda que se financiaba con recursos internacionales a una familiar del delincuente.

Un mes después del inimaginable hurto, vestidas con batas negras en señal de duelo, las mujeres comenzaron por los barrios de Barrancabermeja la ‘Marcha del Ladrillo’. Las donaciones no se hicieron esperar, se multiplicaron los adoquines y de muchos lugares de Colombia y el mundo enviaron recursos para reconstruir más fuerte y más cómoda la vivienda que servía a la población humilde.

Allí y en otras 11 Casas de la Mujer en las comunas de Barrancabermeja y en los municipios de Yondó (Antioquia), San Pablo y Cantagallo (Bolívar) y Puerto Wilches (Santander), se vendían almuerzos a 2.000 pesos, se prestaba atención en salud, asesoría jurídica y se realizaban talleres de porcelanicrón y bisutería para mujeres.

Así nacieron

La historia de esta OFP se remonta a comienzos de la década del setenta, cuando las comunidades eclesiales de base crearon los clubes de amas de casa para capacitarlas en modistería para que así tuvieran recursos económicos propios y con el propósito de formar conciencia y enfrentar el maltrato, menosprecio y dominación que sufrían por parte de sus esposos.

Los sacerdotes Floresmiro López, Nel Beltrán y Eduardo Díaz, seguidores de la teología de la liberación, sembraron la semilla de la organización, la autoestima y la independencia. “De esos primeros años se recuerdan nombres como el de la líder Marielita Pérez”, recuerda Díaz.

Desde esa época, las mujeres de la creciente y convulsionada Barrancabermeja comenzaron a luchar por espacios que no fueran la cocina, donde las mandaban a preparar sancochos populares para alimentar a los obreros en las protestas, paros cívicos y huelgas en Ecopetrol. Una joven hija de campesinos, protegida por la Iglesia católica, comenzó a destacarse por impulsar la lucha de las mujeres: Yolanda Becerra Vega.

Ella, junto con Irene Villamizar, Rosalba Meriño, Soledad Quintero, Dora Guzmán y Gloria Amparo Sánchez, entre otras, fortalecieron la Organización Femenina Popular. En 1987, decidieron tener independencia hasta de los curas y montaron toldo aparte. Unas se fueron y otras se quedaron. Con ayuda internacional crecieron y durante diez años lograron posicionamiento y expansión, inclusive eligieron a una concejal.

Tuvieron algunos problemas al enfrentar esporádicamente a algunos milicianos de las Farc, el Eln y el Epl, “que se asentaron en la ciudad y llegaban a buscar almuerzos en las Casas de la Mujer”, cuenta Yolanda.

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La violencia

“El fin del siglo XX marcó el inicio de la etapa más dura”, asegura Dora Guzmán, una mujer menuda, trigueña, que hizo del miedo su mejor fortaleza para enfrentar hombres armados que en varias oportunidades la intimidaron.

Ella y la Organización Femenina Popular resistieron al proyecto paramilitar que se extendió como una plaga desde las fincas del narcotraficante Pablo Escobar en Doradal, Antioquia, donde el mercenario israelí Yair Klein entrenó a decenas de comandos ilegales, hasta la rebelde Barrancabermeja que en 20 años, desde la década del ochenta, se convirtió en una especie de santuario para la guerrilla, en particular del Ejercito de Liberación Nacional (Eln), que determinó cómo uno de sus objetivos militares la industria del petróleo, bajo el argumento de la nacionalización de los recursos naturales.

Fueron diez años de violencia desmedida. La masacre del 16 de mayo de 1998 dejó 25 personas desaparecidas y siete asesinadas. Luego se perpetraron otras dos, con homicidios múltiples y centenares de selectivos. En el 2001, según Medicina Legal, se registraron en el puerto petrolero cerca de 400 crímenes con arma de fuego. Se desplazaron externa o internamente más de 500 familias, denuncias que reposan en la Defensoría del Pueblo.

El 23 de diciembre de 2000, los paramilitares se tomaron las comunas cinco y siete a sangre y fuego. La Organización Femenina Popular fue la única ONG que se visibilizó para denunciar nombres y lugares, señalando y acompañando a las autoridades hasta casas que sirvieron de caletas de armas y refugios. En ese amanecer, a varios periodistas les quitaron grabaciones que registraban los retenes que tenían a plena luz del día en los barrios humildes, donde decían estar buscando guerrilleros, reconoce el corresponsal de ‘Noticias Caracol’.

Soportaron siete años de asedios, amenazas y atentados. Alrededor de 150 agresiones fueron documentadas en la Fiscalía, así como el homicidio de tres integrantes (Esperanza Amaris, Yamile Agudelo y Diofanol Sierra Vargas).

Monumento a la bata negra

Monumento a la bata negra en Barrancabermeja. Se trata de un símbolo de resistencia con el cual se homenajea a las mujeres víctimas de la violencia sexual en el conflicto armado.

Foto:

Wilson Lozano L.


Después de 2006, la desmovilización paramilitar, bajo los índices de violaciones a los derechos humanos y el desescalamiento del conflicto interno, permitió ver otro flagelo: la violencia intrafamiliar. Tan solo en Barrancabermeja, en los últimos cuatro años, la Comisaria de Familia atendió más de 2.000 casos, en los cuales en un 80 % las víctimas fueron mujeres.

Entre 2008 y 2012, la OFP logró su recuperación y comenzó el proceso de reparación colectiva con el Estado colombiano, a través de la Unidad de Victimas, el cual desarrollan hasta la fecha y el cual incluye medidas económicas, políticas, de género y de memoria y derechos humanos.

Los símbolos

En la historia de la OFP, los símbolos han jugado un papel determinante como expresión de resistencia civil. “El primero fue la máquina de coser, que representa nuestra independencia económica. El segundo podríamos decir que fue una olla gigante de dos metros que llevábamos a las marchas y con la cual representamos la lucha contra la pobreza, y el sancocho como alimento y unidad del pueblo”, dice Yolanda Becerra.

En tiempos de guerra usaron batas negras: “Lo tomamos de las mujeres españolas en duelo en la época de Franco. Claro que nosotras lo adaptamos a la realidad que vivíamos con tantas viudas y huérfanas”, explica Gloria Amparo Suárez, actual directiva de la organización.

“Era impresionante ver a estas mujeres con sus batas negras, bajo 38 grados de temperatura, marchando y gritando: ‘¡Ni un hombre ni una mujer ni un peso para la guerra!’. Además, se paraban a protestar frente al comando de la Policía y del batallón, y pasaban por donde los paramilitares patrullaban también”, precisa el reportero gráfico José David Martínez Mulford.

Cuando los paramilitares comenzaron a desplazar familias enteras para quedarse con las casas, crearon el símbolo de la llave gigante para pedirles a los pobladores que no entregaran sus viviendas. Llevaron a cabo la campaña ‘Hagámosle el amor al miedo’, marcharon golpeando piedras, tejiendo trenzas humanas, buscaron personas desaparecidas e hicieron vigilas con el símbolo de la luz para acompañar a la víctimas.

Ahora, cuando estan inmersas en el proceso de reparación colectiva, las voces de mujeres se escuchan mas fuertes contra la violencia de género y se han parado frente a las autoridades para exigir justicia contra los feminicidios, esgrimiendo pancartas contra la impunidad y haciendo sonar pitos para recordarle a la sociedad que las mujeres merecen vivir sin agresiones, porque son un baluarte fundamental en cualquier democracia.

WILSON LOZANO L.
Caracol Televisión regional y víctima del conflicto.
Barrancabermeja.

*Este artículo se publica gracias a la beca '200 años en paz, storytelling para el posconflicto', apoyada por la Escuela de Periodismo de EL TIEMPO, la Embajada de Suecia, la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Universidad de La Sabana.​

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