German Castro Caycedo relata escenas de la violencia en Colombia

German Castro Caycedo relata escenas de la violencia en Colombia

El periodista revive varios episodios del brutal conflicto y su cruento impacto en la vida civil.

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Imagen de la toma de la embajada de República Dominicana por el M-19 en 1980.

Foto:

Archivo / EL TIEMPO

26 de septiembre 2016 , 12:59 a.m.

Más allá de Colombia no parecen existir países en los cuales sea necesario preguntarles a sus habitantes si por fin desean vivir en paz o continuar desangrándose en una violencia que lleva cinco siglos de puñaladas y balazos. De niños huérfanos, abandonados y en la miseria. Como pocos, este país carga con una herencia de maldad que definitivamente marca parte de su ser.

—¿Usted quiere la paz? ¿‘Sí’ o ‘No’?

***

Siendo cronista de EL TIEMPO recorrí a Colombia durante una década y en cada rincón me encontré con la tragedia de la guerra. Recuerdo el nacimiento de San José del Guaviare en medio de la selva, donde aviones de la Fuerza Aérea depositaban a centenares de seres que huían de las zonas de guerrillas.

A partir de lo que sería luego la plaza central del pueblo había trochas que se extendían hacia Calamar, en la margen derecha del río Unilla, que alimenta al Vaupés.

Allí recorrí una parte de los 75 kilómetros que los separan –una distancia sideral en plena selva–, y no encontré un solo rancho campesino donde no hubiera por lo menos una persona sepultada.

La colonización abierta por desterrados de sus regiones por causa de la guerra estaba en auge.

Medardo Palacios, que había construido una ramada que luego sería la droguería Minerva, me había dicho antes de partir: “Fui el primero que trajo medicamentos, pero no son muy efectivos porque aquí la gente no se muere de enfermedades sino de física hambre”.

Generalmente eran hombres con mujer, hijos, un viejo o una vieja viuda porque a su compañero lo había matado la guerrilla, un perro y un caldero ahumado. Nada más. Dos ingenieros los guiaban en la selva, les mostraban un punto y los dejaban allí. Medardo dice luego: “Son centenares de familias diezmadas no solo por la guerra en el resto del país sino por el hambre. Cuando alguien muere, qué ataúd ni qué carajo. Lo envuelven en lo mejor que tienen o lo cubren con ramas de los árboles y lo entierran frente a los ranchos”.

Era el año 1969.

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Una tarde de septiembre, el sol que se reflejaba en los muros blancos de una construcción más allá del centro de Maracaibo dejó ver sus ojos amoratados y los manchones de sangre seca en las camisas. Todos eran campesinos colombianos indocumentados que habían ido a trabajar en Venezuela, huyendo de las balas de los guerrilleros que habían irrumpido en sus regiones.

Estaban sentados en el piso de un calabozo y parecían haberse acostumbrado al olor ácido de los orines y de sus propios excrementos, depositados en un cubo empotrado en un rincón. Eran dieciséis, la mayoría campesinos de Santander, y se les acusaba de haber abandonado a Colombia sin papeles de emigración. Pero la verdad es que huían de la violencia guerrillera en sus montañas.

Septiembre de 1970.

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Algo más de setenta mil colombianos que huían de la guerra se han venido hasta hoy al Ecuador.

Según la Presidencia de la República de este país, cincuenta mil de ellos son indocumentados y por lo menos cuarenta mil vienen de zonas rurales ocupadas por grupos guerrilleros.

La misma dependencia dijo que este año se han establecido en Ecuador “algo más de novecientos profesionales y trabajadores colombianos altamente calificados que también huyen de la guerra en Colombia”.

Quito, noviembre de 1972.

***

Las sendas que perforan la selva del Darién –en la frontera con Panamá– se han multiplicado en los últimos años y la romería de desterrados que abandonan a Colombia ha alcanzado en el último semestre el nivel más alto de nuestra historia. Según el general Omar Torrijos, hoy en esa provincia panameña de 23.000 habitantes, cerca de 18.000 son colombianos, buena parte desterrados por causa de la guerra en que están trenzados los grupos guerrilleros, cifra que representa el 80 por ciento de la población darienita.

Ciudad de Panamá, noviembre de 1979.

El ayer

Colombia debe aceptar que nuestra situación es el resultado de una historia de violencia que nos ha marcado a través de cinco siglos y veinticuatro años de muerte.

Primero fueron las épocas de la Conquista y la Colonia, luego la Independencia, todas manchadas con sangre.

La Independencia: batallas de El Pienta, el Pantano de Vargas, El Puente de Boyacá. Aquello fue en 1819. Pero luego de once años de paz –si la paz son la miseria y el hambre–, entre 1830 y 1903 volvimos a la violencia más salvaje con nueve grandes guerras civiles nacionales y catorce locales, y dos guerras con Ecuador, tres cuartelazos y una conspiración fracasada: Las Américas y la Civilización. Darcy Ribeiro citando a Diego Montaña Cuéllar.

La serie continuó con la guerra de Los Mil Días, que finalizó en 1903.

Nuevamente paz, hambre y miseria. Crece la ola de desterrados que hoy califican en Colombia de ‘desplazados’: pero sucede que aquellos son desterrados porque les han matado a sus padres, a sus hijos, a sus mujeres o a sus hermanos. Les han quemado sus viviendas, les han invadido sus parcelas y los han obligado a abandonar su propia tierra.

La nuestra es una historia de bárbaros en la cual ha habido pocas pausas.

La última de ellas cubrió de 1903 –fin de la guerra de Los Mil Días– y duró hasta 1928, cuando el ejército ejecutó en Ciénaga, Magdalena, a una masa calculada en mil ochocientos… Óigame usted: mil-o-cho-cien-tos trabajadores del banano que le pedían a la United Fruit Company pagarles para poder comer dos veces al día.

La historia registra la orden de fuego del general Carlos Cortés Vargas, y la cifra de muertos fue citada la primera vez por Jorge Eliécer Gaitán en un juicio penal, basado en testimonios de sobrevivientes.

Luego vinieron más años de hambre hasta 1930, cuando subió al poder Enrique Olaya Herrera, y los liberales empezaron a asesinar conservadores.

Veinte años después subió al poder Laureano Gómez y con él llegó la destorcida: los conservadores asesinaban liberales. Les decían ‘cachiporros’. Solo entonces el país habló de “la época de la Violencia”, en la cual algunos historiadores calculan que fueron asesinados alrededor de doscientos cincuenta mil colombianos.

Entonces aparecieron legiones de Pájaros en unas regiones, la policía chulavita en otras… Surgieron los ‘chuzmeros’ liberales que se defendían en los Llanos, los bandoleros ‘cachiporros’ en parte de la zona andina.

‘Tirofijo’ fue uno de “los cinco generales bandoleros” del sur del Tolima que habían buscado el monte para defenderse. Entre tanto, se acordó una paz en la Orinoquía. Los llaneros bajaron sus armas. Guadalupe Salcedo, su líder, fue traído a Bogotá a algunas reuniones, y como lo dicta la tradición colombiana –‘No’ a la paz–, lo asesinaron en una calle de Bogotá.

A ‘Tirofijo’ lo penetró el partido comunista: nacieron las Farc, línea Moscú. Luego el Ejército de Liberación Nacional enlatado en Cuba. También el Ejército Popular de Liberación, línea Pekín. El M-19 con algunos dirigentes que venían de las Farc pero no se declararon comunistas.

Y como respuesta, emergieron los pájaros, los chulavitas y, ¡oh!: los paramilitares, sociedad de militares y bandidos. Y luego los narcos con sus explosivos y sus rastros de barbarie.

—¿Bueno, pero, entonces, ¿‘Sí’ o ‘No’?

Vaya pregunta. Una parte de Colombia responde a su herencia de cinco siglos de sangre, de delincuentes sacados de las cárceles ibéricas a cambio de que se vinieran a estas tierras. Nuestra tradición son lanzas y espadas. Sables y arcabuces. Y luego, machetazos, puñaladas y motosierras. Y más tarde pistolas, ametralladoras y explosivos. Aquí se ha tratado siempre de resolver las diferencias a plomo.

—¿Entonces, pretenden que le diga ‘Sí’ a la paz?

EL M-19

El 17 de abril del año 1980 fui secuestrado por el M-19 con el fin de que le llevara una propuesta de diálogo al presidente Julio César Turbay, la que reescribí allí mismo a manera de noticia firmada por mí, y en la madrugada del día 18 ellos la entregaron en los diarios de Bogotá. Era la primera vez en la historia de este país que un movimiento guerrillero hablaba de paz.

En pocas palabras, el mensaje señalaba que su intención era deponer las armas a cambio de un proceso que comenzara con un diálogo en Panamá con personalidades representativas de la política nacional.

Entonces persistía una toma de aquella guerrilla a la embajada de República Dominicana y luego de sesenta y un días, el gobierno permitió su desenlace porque allí permanecían como rehenes los embajadores de Austria, Brasil, Costa Rica, República Dominicana, Egipto, El Salvador, Guatemala, Haití, Israel, México, Suiza, Estados Unidos, Uruguay, Venezuela y la Santa Sede. El diálogo de Panamá no fue admitido por Turbay. La paz tuvo que esperar 10 años hasta el gobierno de Virgilio Barco. Se firmó el 9 de marzo de 1990.

La paz: ¿firmo ‘Sí’ o ‘No’?.

GERMÁN CASTRO CAYCEDO
Especial para EL TIEMPO

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