Con un aula digital, exparamilitar previene el reclutamiento

Con un aula digital, exparamilitar previene el reclutamiento

Leonardo Cárdenas viaja entre La Guajira y Cesar haciendo pedagogía de paz.

Con un aula digital, exparamilitar previene el reclutamiento

Estudiantes del colegio de Nuevas Flores, corregimiento de San Diego, Cesar, hacen videos con tabletas para reconstruir la memoria de su pueblo.

Foto:

Agencia de Reincorporación y Normalización

10 de agosto 2017 , 11:43 a.m.

Con una tableta en la mano, Leonardo Cárdenas comienza a dibujar el rostro de un hombre. Esa imagen se proyecta en un televisor y hay al menos 20 jóvenes en un salón del colegio de Nuevas Flores, corregimiento de San Diego, Cesar, que no despegan los ojos de la pantalla.

“Si queremos tener un color rojo que sea más quemado, llevamos el puntero hacia la izquierda”, dice Leonardo mientras explica la variedad de pinceles y colores que tiene el dispositivo y sirven para hacer historietas.

En su memoria están intactos los recuerdos de aquel 3 de diciembre del 2003. Dos semanas después de haber terminado de prestar el servicio militar, y pensando que no había otra opción en su vida, se vinculó a las Autodefensas.

Iba en una bicicleta camino a la plaza Alfonso López de Valledupar a comprar la carne del almuerzo cuando un conocido que conducía una camioneta lo hizo parar en la mitad de la calle. “Yo te doy trabajo ya mismo”, le dijo, y Leonardo no lo pensó dos veces.

Ambos montaron la bicicleta en la camioneta, él compró la carne en la plaza y el desconocido lo acompañó a llevarla hasta su casa. Ese día, el grupo armado reclutó a Leonardo y a otro joven de Venezuela.

“Lo que voy a hacer me duele mucho, y espero que me perdonen”, les dijo Leonardo a sus padres en Valledupar antes de adentrarse en la Sierra Nevada de Santa Marta. Luego se despidió de su hija, que en ese momento tenía 3 años. Recuerda que ese día “algo bueno que tenía se fue” de él.

Salieron por el norte de Valledupar, cruzaron las trochas que conectaban la ciudad con los barrios más periféricos, hasta encontrar en una vía hombres armados en carros y motos. “El que se baje aquí se muere”, sentenciaron, y Leonardo supo que no había marcha atrás.

Los hombres le indicaron que debía seguir caminando loma arriba, y así lo hizo por tres horas, hasta que encontró en el camino a un campesino que le dio un camuflado y lo guio hasta la finca donde pasaría su primera noche como paramilitar. “Aquí se queda su ropa”, le dijo el campesino cuando lo vio, y sintió que en ese mismo lugar también quedó su identidad.

“Me convertí en un instrumento de guerra, una máquina de infundir terror y miedo”, cuenta.

Ya no sería Leonardo, lo llamarían el ‘Ruso’, el ‘Chivo’, el ‘Perro’ o cualquier otro alias, de un animal o un objeto, que quedara libre en la nómina de los paramilitares luego de que alguien muriera.

Los estudiantes que atienden las explicaciones de Leonardo conocen poco de su pasado. Saben que fue paramilitar, pero eso parece no importarles. Están más inquietos por conocer las herramientas de la Samsung Galaxy Tab que él tiene en la mano. Para ellos, la tecnología es una novedad y los grupos armados, solo un elemento más de lo cotidiano. Leonardo les dice que pueden utilizar la cámara para tomar fotos o hacer videos, como los periodistas. A él lo que más le gusta es dibujar, así que insiste en que con la aplicación S Note se puede dibujar una historieta.

Este profe de cómics forma parte de la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN) y viajó hasta Nuevas Flores con el equipo de la ARN y una Nómada Smart School: un salón digital portátil que utilizan para prevenir el reclutamiento y hacer pedagogía para la paz en territorios donde la tecnología no llega con facilidad. Pesa unos 80 kilos, contiene un televisor de 32 pulgadas, 11 tabletas con cargadores portátiles, una cámara de 360 grados, dos escritorios pequeños, unas gafas de realidad virtual, tapetes y cojines.

La coordinadora de la ARN para Cesar y La Guajira, Angélica Agámez, dice que esta herramienta es “un elemento provocador” que les ha permitido “hacer pedagogía de forma más atractiva”. Por esta razón se ha convertido en el mejor aliado para llegar a las zonas más difíciles de esos dos departamentos con un mayor impacto en la población. Esta vez, el objetivo es reconstruir con los jóvenes la memoria de este corregimiento de San Diego, antes conocido como El Desastre, por la violencia de la que fue objeto.

Leonardo es consciente de la “crueldad de la guerra”: participó en ella desde dos bandos. Cuando prestó servicio militar en el Ejército, antes de ser reclutado –recuerda–, tuvo que caminar por la selva durante dos días para llegar infiltrado a Estados Unidos (también pueblo del Cesar) y recuperar una camioneta que había sido robada por las Farc; de regreso, tuvo que hacer el mismo recorrido en 12 horas, en medio del fuego cruzado y los estallidos de cilindros bomba.

“Ese día nos bautizaron a punta de plomo, se me bloqueó la mente. Las balas pasaban por mi lado, me salpicaban, me zumbaban en los oídos. Escuchaba cuando los cilindros caían en los abismos, sentía mucho miedo. Ahí me di cuenta de la crueldad de la guerra, algo nada recomendable para un ser humano”.

Y en las Autodefensas su trabajo fue “imponer la ley del más fuerte”, controlar la zona y mediar entre los campesinos cuando había problemas; ese grupo era la autoridad en el territorio.

También hizo tareas muy similares a las que había realizado en el Ejército: cocinar, conseguir madera y hasta hacer lo que él llama “trabajo social con la comunidad”.

Pero lo más difícil de sus tareas como paramilitar era saber cuándo alguien tenía una sentencia de muerte en su frente y no podía decírselo.

Pasar de la legalidad a la ilegalidad le dejó un sinsabor, un remordimiento que lo juzgaba día y noche y no le permitía levantar la frente en alto porque sentía que no era más que “un terrorista que le hacía daño al país”.

Esa satisfacción que sentía en el Ejército cuando alguien lo saludaba y le sonreía desapareció cuando pasó a ser el opresor, el victimario que todos odiaban. “Aunque los campesinos te estuvieran sonriendo, por dentro te estaban odiando; y era lógico, porque uno estaba invadiendo su territorio a través de la intimidación y el desplazamiento”, dice Leonardo.

Conoce perfectamente el territorio de Nuevas Flores, la vereda donde fue a hacer pedagogía para la paz. Muchas veces patrulló por ahí. Con los ‘paras’ y con el Ejército.

Mientras camina por las calles polvorientas de ese corregimiento, que parece estar congelado en el tiempo y el olvido, señala con la mano la serranía del Perijá y comienza a explicar el valor que tienen esas montañas para los grupos armados. Dice que ahí están las rutas estratégicas hacia Venezuela y La Guajira, hay minería y la tierra es fértil para toda clase de cultivos.

En medio del paisaje hay una casa fucsia de bahareque, fabricada con palos entretejidos y unidos con una mezcla de barro y excremento de vaca. En la parte de atrás de la vivienda hay una tienda, ahí se encuentra el presidente de la junta de acción comunal de Nuevas Flores. Los estudiantes ponen las tabletas en modo video y comienzan a entrevistarlo. El presidente de la junta les cuenta que dos cuadras más abajo de su casa hubo un enfrentamiento con machetes entre los pájaros y los chulavitas, en el periodo de la Violencia en Colombia.

De regreso al aula digital, los jóvenes comparten sus trabajos conectando las tabletas al televisor. Entre risas y comentarios jocosos, cada grupo de estudiantes muestra su versión de la memoria del corregimiento. Unos grabaron videos, algunos hicieron fotografías y otros, historietas. “Esta experiencia fue única, nos sentimos como si fuéramos periodistas de verdad”, dice Yelenis, una de las estudiantes.

Al terminar las presentaciones, Leonardo y otro excombatiente de las Autodefensas recogen cada pieza que contiene el aula digital, las empacan y se echan al hombro la pesada estructura metálica para montarla en una camioneta que la ARN dispuso para transportar la Nómada.

Leonardo mira con agrado a los estudiantes, sus días en la guerra quedaron atrás; hoy lucha para que los jóvenes no repitan su historia y para mostrar que los excombatientes, como él, pueden aportar a la construcción de paz.

En el 2006 se desmovilizó con el bloque Norte en el corregimiento de La Mesa, Cesar. Primero entregó su camuflado, botas y una cartografía que tenía con las coordenadas y puntos estratégicos de toda la región. Recibió su cédula, ropa nueva y un bono de 354.000 pesos para seis meses, la misma cantidad que le pagaban las Autodefensas cada mes.

“Me sentía libre, pero con zozobra: ¿qué iba a ser de nosotros si la sociedad no nos aceptaba? Ya estábamos identificados y marcados, fue muy duro al comienzo.

Teníamos una nueva oportunidad, pero ya habíamos hecho el daño”.

Leonardo buscó una forma de remediar ese “daño”. Se fue para los barrios más marginales de la ciudad y vio que los niños corrían el riesgo de ser reclutados por grupos armados ilegales. “Tengo que preparame y capacitarme para ayudarlos”, pensó. Y comenzó a tomar todos los cursos que la ARN le ofrecía en su proceso de reintegración.

Hoy tiene un club deportivo, llamado Proyectando Sueños Vallenatos, con el cual pretende prevenir el reclutamiento y viaja por su región con esta aula digital, haciendo pedagogía para la paz. “Lo más difícil es que nuestra sociedad aprenda a aceptar que los excombatientes son seres humanos y que si hubieran tenido otra oportunidad serían médicos o abogados”, dice. Insiste en que las personas “sí pueden cambiar. Yo creo que ahí (entre los miembros de las Farc) pueden venir presidentes, senadores, alcaldes, científicos. Quizá están dentro del vientre de una guerrillera de las Farc. El perdón es difícil, pero no imposible”.


ALEJANDRA MACHADO
Escuela de Periodismo Multimedia de EL TIEMPO

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