'Es muy peligroso que la sociedad no reciba a las Farc'

'Es muy peligroso que la sociedad no reciba a las Farc'

Jon Lee Anderson publica un reportaje sobre el proceso de paz colombiano.

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El periodista estadounidense Jon Lee Anderson durante la entrevista con EL TIEMPO, en el norte de Bogotá.

Foto:

Armando Neira / EL TIEMPO

08 de diciembre 2016 , 05:40 a.m.

Jon Lee Anderson está sorprendido. Al cumplir 35 años como periodista, la mayoría en la línea de fuego de una veintena de conflictos en el mundo, volvió a Colombia para ponerle el punto final a un extenso reportaje sobre la negociación entre el Gobierno y las Farc que debe terminar en la dejación de las armas de la guerrilla y su reincorporación a la vida civil.

“Es increíble lo que pasa aquí”, dice mientras toma un tinto en la cafetería de su elegante hotel, desde donde ve, espléndidos, los cerros orientales de Bogotá. “Buena parte de la gente no dimensiona la trascendencia de lo firmado”.

En efecto, en este instante, unos 6.000 guerrilleros avanzan por selvas y montañas hacia las zonas veredales de ubicación y agrupamiento, paso previo a su desaparición como grupo armado. “Veo, como fue durante buena parte de la negociación, apatía en unos casos, rechazo en otros; e incluso, intentos de saboteo”. Y lo desconciertan estas posiciones porque, para él, el fin de la guerra debería ser motivo de alborozo.

Entonces repasa, una a una, las varias guerras que en la actualidad hay en el planeta, y concluye: “Esta es la única en la que los adversarios se sentaron a conversar y lograron un acuerdo a punta de argumentos, sin necesidad de matar al contrario”. Y ante semejante gesto de grandeza, el país les da la espalda a sus protagonistas. “Es extraordinario que un grupo armado frene, se diga: ‘no más, ahora vamos a hacer política sin los fusiles’. Es admirable”.

La palabra de las Farc

Él cree, tiene fe: “No tengo ni el menor resquicio de duda, estoy absolutamente convencido de que las Farc van a cumplir los acuerdos para hacer política legal”.

A esta conclusión llegó tras horas y horas de entrevistas con todos y cada uno de los miembros del secretariado y con quienes en estos cinco años estuvieron al otro lado de la mesa, en especial Humberto de la Calle Lombana, jefe del equipo negociador, y Sergio Jaramillo, alto comisionado para la Paz.

Habló con la guerrilla en La Habana, desde el alba hasta que los sorprendían las brisas frescas del Caribe de la madrugada del día siguiente. Pero también, en el sofoco de los llanos del Yarí, al sur de la sierra de La Macarena, otrora santuario de Manuel Marulanda Vélez, ‘Tirofijo’. Aquí y allá, no encontró una sola voz disidente.

“Cuando una persona entra a un grupo armado y cruza ese umbral donde la muerte es inminente, adquiere una característica especial, una mística. La vida se entrega a la causa, en la mayoría de los casos, hasta vencer o morir. Y con las Farc, veo que optaron por vivir, pero sin armas. Eso es muy singular”, cuenta Anderson, una de las estrellas de The New Yorker.

Por eso advierte de los riesgos latentes, creados porque la sociedad “no los reciba en su totalidad”, asegura el autor de los clásicos Che Guevara, una vida revolucionaria, El dictador, los demonios y otras crónicas y La caída de Bagdad. “Eso sería muy peligroso”.

La pregunta es obvia: ¿por qué? La respuesta la ilustra con un ejemplo de lo que él ha visto. En El Salvador, cuenta, un número de hombres armados quedó a la deriva después de los acuerdos que pusieron fin a la guerra, eso sí, “sin el componente rehabilitativo contemplado en la justicia transicional que es parte de la solución negociada en Colombia”. Estos entraron en contacto con otros grupos, incluyendo exsoldados, sicarios y paramilitares, hasta terminar en bandas armadas que hoy tienen contra la pared al Estado. Hoy, allí, el número de asesinatos diarios es de 24, uno cada hora, superior al de los registrados durante la guerra civil (1980-1992).

Para Anderson, en cambio, el proceso de paz colombiano ha sido ejemplar; y cree, incluso, que debería servir como modelo para hacer una sociedad más deliberativa. Cita el caso del representante que mejor encarna a las élites del país: Juan Manuel Santos. Aristócrata, poderoso, ilustrado, burgués y quien optó por sentarse a conversar con Rodrigo Londoño Echeverri, ‘Timochenko’, campesino, antisistema, rebelde, con apenas educación básica, y lograron una comprensión mutua a pesar de sus diferencias. “Es un hecho fascinante”.

El éxito del acuerdo, cree este cronista nacido en California en 1957 y célebre por su cubrimiento de las guerras más atroces, se debe tanto a la inteligencia de De la Calle y Jaramillo como también a la firme decisión de buscar la paz por parte de las Farc. “Estuvieron cinco años en una deliberación argumentativa, filosófica, para buscar consensos sin mostrar los sables”.

“Eso –dice Anderson, quien hizo más de media decena de viajes entre La Habana y Bogotá para entrevistar a los distintos actores–, mostró que cuando los colombianos se ponen una meta superior, la logran”.

Miedo a lo desconocido

¿Por qué cree él que hay sectores que votaron no y que ahora insisten en oponerse a los acuerdos? Considera que como en el país no ha habido una reforma agraria ni triunfó una revolución, hay unas élites muy celosas de cambiar el statu quo. “Le tienen miedo a lo desconocido”. Además, asegura, porque la columna vertebral de los acuerdos pasa por sacar a la luz la verdad de lo sucedido; muchos impulsores de la violencia que ayudaron a los paramilitares en su guerra sucia prefieren continuar en el anonimato. Que no se sepa la verdad de los responsables de tanto horror.

“Infortunadamente, las consecuencias pueden ser peores si no se les abren las puertas a los 6.000 y tantos hombres de las Farc”, asegura el autor de los ya clásicos perfiles de Hugo Chávez, Fidel Castro y Augusto Pinochet. “Nunca, en El Salvador, el Frente Farabundo Martí llegó a tener tantos combatientes, ni tampoco en el Cono Sur, en Argentina, Chile o Uruguay hubo una guerrilla con esta cifra de hombres”.

Por eso, él insiste en que no se trata de un grupo rendido, vencido, como creen muchos. Alerta que es posible que si no se responde con rapidez, unos segmentos pueden desertar y continuar con sus vidas ligadas a la violencia, como ya ocurrió con muchos de los exparamilitares ( Lea también: 'La paz costó 'sangre y lágrimas', pero 'valió la pena': Primera Dama'). “El país debe acoger a los insurgentes de las Farc, darles oportunidades. Si no es así, ellos podrían seguir disparando, porque es lo que saben hacer”.

¿Cuánto durará esta incertidumbre? Anderson anota que el cordón umbilical que une a la cúpula con los guerrilleros rasos es la confianza y los lazos tejidos hasta formar en la práctica una familia. “Es posible que los que están buscando atomizarlo y romper su estructura con asesinatos de sus milicianos y otros adeptos civiles lo logren, pero ¿luego qué?” Por su experiencia, considera que sería “fatal”: produciría más resentimientos, venganzas y sangre, y aseguraría la continuación del conflicto.

Los números del dolor

Le cuesta creer que haya gente que no se dé cuenta de los dramas que produjo la guerra: 8 millones de víctimas, entre ellas 250.000 muertos y 6 millones de desplazados. “En cifras, este éxodo es solo superado por Siria. Aquí, la guerra ha sido muy trágica”. Narra que hasta ahora lo que él ha visto en los sitios donde está el secretariado de las Farc, como en los campamentos de la guerrillerada, es el propósito de avanzar a la total dejación de armas para evolucionar hacia un partido político legal.

Este hombre que sabe como pocos de los ejércitos irregulares pide reincorporar, como están en los acuerdos, a todas las capas de la guerrilla. “Los miembros del secretariado son cincuentones y sesentones, camino al retiro, pero las Farc están compuestas en su mayoría por jóvenes, que están muy bien preparados, con ganas de vivir futuros nuevos, y a estos hay que prestarles una atención especial y ayudarles a encontrar vías alternativas a la lucha armada como su única forma de vida”.

Pide a la gente mirar más allá de sus burbujas. En efecto, al contrario de la vida en Bogotá y en las otras urbes, en donde el Estado funciona, con sus debilidades, en las regiones este no existe. “En las Farc hay personas que no conocen otra cosa que la guerrilla, han crecido en regiones donde reinan las mafias, los caciques locales, ‘los Úsuga’, las ‘bacrim’ y toda suerte de ilegales. La sociedad debe mostrarles que hay otros caminos”.

“Sería una fatalidad si no se hace”. ¿La razón? A su experiencia bélica sumarían una frustración enorme si aquello por lo que apostaron ahora no sale bien. Él, quien muestra con datos precisos estar muy bien informado de Colombia, anota que si bien hay que entender que mucha gente quiera ver a los guerrilleros en la cárcel para que paguen por lo que hicieron, hay que observar la otra cara de la moneda. “Las Farc también quisieran ver en la cárcel a los ‘pilares’ del establecimiento colombiano, que incluyen a jefes de partidos políticos tradicionales que estimularon, organizaron y avalaron a los paramilitares, y que todavía están impunes. Sin embargo, optaron por darle una oportunidad a “esa sociedad” que combatieron”, sentencia.

Entonces concluye: “Creo que, en reciprocidad, el establecimiento debería hacer lo mismo con los guerrilleros. Así, entre todos, los colombianos tendrían un país mejor”.

Es lo que Anderson dirá en su reportaje en la prestigiosa The New Yorker. Antes de marcharse, dice, ya quiere volver a Colombia. País que ama como suyo. Y al que quiere ver en paz.

ARMANDO NEIRA
Redactor de El TIEMPO
@armandoneira

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