"Mis manos portaban un fusil y ahora sacan minas de la tierra"

"Mis manos portaban un fusil y ahora sacan minas de la tierra"

Dos enemigos en la guerra hoy juntan esfuerzos para salvar vidas en un grupo de desminado.

Desmovilizados - desminados

Siempre una mina está a corta distancia de la otra para causar mayor número de víctimas.

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Claudia Rubio / EL TIEMPO

14 de marzo 2017 , 10:14 a.m.

“Si vas a caminar, primero revisa el suelo que vas a pisar”. La frase, escrita en la fachada de la escuela rural de la vereda Falditas, zona rural del municipio de San Rafael (Antioquia), no es retórica. Es una realidad. Allí, caminar ‘a la loca’ puede significar la muerte o la mutilación por culpa de una mina antipersonal.

Porque las minas, escondidas y olvidadas por los señores de la guerra, están a tan solo 180 metros de donde los niños estudian. Agazapadas por una vegetación cerrada, tupida y de intensos matices verdes y cafés. Y es contra esa amenaza que luchan, día a día, los 12 hombres y las dos mujeres que conforman el grupo de Desminado Humanitario, de la ONG Halo Trust, y que trabajan de la mano con la Alta Consejería para la Reintegración en esta región del oriente antioqueño, ubicada a unas tres horas de Medellín y a cinco kilómetros, por carretera destapada, de la turística Guatapé.

Al verlos a simple vista se cae el primer imaginario: el del buscador de minas cliché de películas de Hollywood como ‘The Hurt Locker’: hombres fríos como robots cubiertos por una armadura robusta que parece sacada de ‘La guerra de las galaxias’. No, estos desminadores, la mayoría provenientes de zonas cercanas, como Sonsón, Angostura o La Danta, son cálidos en su trato, amables y de sonrisa fácil. Y su protección parecería precaria: un peto que les cubre el cuerpo hasta un poco más arriba de las rodillas y un casco con visera plástica para proteger el rostro. Nada más. Las manos y las piernas quedan expuestas.

En realidad, su protección, más que física, está en su conocimiento. En una estricta capacitación que ha permitido que haya cero accidentes con minas entre los trabajadores de Halo Trust desde 2013, cuando comenzaron las operaciones de desminado humanitario. Son cautelosos y rigurosos en sus procedimientos. Avanzan despacio abriendo camino a punta de machete. Miden, como gatos, su próximo paso. Son cuidadosos con cada centímetro de tierra que pisan. No hay margen de error.

Para los niños de la escuela, estos hombres son héroes. Los habitantes de Falditas los consideran una garantía para volver a caminar tranquilos por sus tierras. Y cada desminador ve en sus compañeros a su familia. Pero para seis de ellos, el desminado va más allá. Significa una nueva esperanza de vida lejos de la guerra y la tranquilidad de reparar, de forma efectiva, algo del daño que hicieron en los grupos armados ilegales. Son personas en tránsito de reintegración a la vida civil luego de haber estado en un grupo armado ilegal, y que hoy que buscan un nuevo espacio en la sociedad.

Los destinos paralelos de Juan* y Andrés*

Cuando se encontraron en el grupo de desminado de San Rafael, se reconocieron de inmediato. Juan venía de uno de los grupos que conformaban las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio, comandada por Ramón Isaza. Andrés, del frente 47 de la guerrilla de las Farc, encabezado por Elda Neyis Mosquera, alias Karina, hoy también en la vida civil. Habían sido enemigos en una guerra a la que fueron llevados por la fuerza y estuvieron a punto de matarse a tiros en un enfrentamiento en cercanías a Argelia, Antioquia.

Pero el destino quiso que no se encontraran en medio del fuego de la guerra, sino en la construcción de la paz. Hoy son amigos, trabajan y se divierten juntos. Y sus historias se parecen de una manera sorprendente. Los obligaron a ser victimarios, pero terminaron siendo víctimas.

Juan, un joven de piel muy blanca y cabello rojizo crespo nacido en La Danta, (Antioquia) es el mayor de cinco hermanos. A los 16 años ya se sentía responsable de buscar el sustento de una familia sin padre. Por culpa de ello, cayó en las Autodefensas: “Me dijeron que había un sitio donde fijo me iban a dar trabajo así yo fuera menor de edad y pues con ese desespero acepté ir. Cuando me di cuenta para qué era, me asusté, pero no había nada que hacer, ya no me dejaron ir y me tuve que unir a ellos”. Poco después de eso, su hermano fue asesinado por la guerrilla, señalado también de hacer parte de las Autodefensas: “Estaba en Puerto Boyacá, y solo por eso todos tenían fama de paramilitares”, dice.

Andrés, de unos 40 años, moreno y muy delgado, se fue a la guerrilla por físico miedo. No tuvo escapatoria ese día del año 2002 cuando un grupo de hombres del frente 47 de las Farc llegó a su casa en Argelia (Antioquia) con una orden clara: debía irse a “trabajar” con ellos. “Yo tenía tres hijos, uno de siete meses, uno de un año y medio y uno de cinco. Les dije que no los podía dejar. Pero no les importó. Tuve que irme a trabajar con ellos”. A los pocos días, sus primos fueron asesinados por los paramilitares y su familia salió desplazada.

Y juntos han tenido que superar las secuelas que les dejó su vida en el monte. Juan, por un accidente con su fusil, perdió el dedo índice de su mano izquierda. “Cuando me vieron herido me dijeron: ¿Por qué no mejor se pegó el tiro en la cabeza? Duré 12 horas con la mano hinchada hasta que por fin me operaron”, relata. Andrés, desde que dejó las Farc, en el 2007, no ha podido ver a su familia porque está en Arauca, zona con presencia fuerte de la guerrilla y teme que haya represalias por haberse desmovilizado. “Yo no puedo ir allá. Y mi hija mayor ya tiene 20 años”, cuenta con nostalgia.

Ambos están enamorados de su trabajo. “Acá estamos. Y somos familia. Somos amigos. Hoy disfrutamos de una vida que no pudimos disfrutar allá”, afirma Juan. Andrés lo complementa: “Desminar es algo muy bonito. Antes no teníamos razones para poner minas, pero hoy tenemos muchas razones para quitarlas: salvarles la vida a los campesinos, los niños y hasta al mismo Ejército”.

Pero no todo está resuelto. Así como sus caminos se parecieron en la guerra, se parecen en la reintegración. Ambos se quejan de que al dejar las armas les prometieron casa y proyectos productivos. Pero eso no ha sucedido.

Si bien como desminadores tienen un ingreso fijo de unos 900.000 pesos, prestaciones sociales, vivienda y alimentación garantizada, sus familias están lejos y pasan necesidades. “Mis hijas no tienen estudio, están en una finca sin nada. Y con lo que gano apenas si alcanzo para mandarles el arriendo. Cuando me fui del grupo, la gente del Gobierno me prometió que me iba a dar una casita. Pero nada. No me cumplieron”, cuenta Juan y añade: “Yo en las noches me despierto y pienso en eso. Mucho. Me da la pensadera. Es difícil estar tranquilo así”.

Andrés lo apoya. “Uno de allá sale en calzoncillos. Yo estoy muy agradecido con este trabajo, pero quienes nos reintegramos necesitamos una vivienda y un proyecto productivo para poder sostener a nuestra familia. Hay gente que pasó papeles haciéndose pasar por víctima y de una vez les dieron casa. Y a nosotros, que sí vivimos la guerra, no nos dieron nada”.

El camino es complejo; la labor, dura, y el panorama, difícil. Pero saben que no hay marcha atrás y son optimistas. Saben que nada puede ser peor que estar en la guerra. Como dice Juan: “¿Qué nos queda?, pues seguir trabajando, no hay de otra”.

“Las minas nunca están solas”

La misión del grupo del que hacen parte Andrés y Juan es dejar totalmente libre de peligro un área de 16.275 metros cuadrados en la zona rural de San Rafael. Ya han logrado despejar 6.879. Hasta comienzos del mes de octubre, esta ‘familia’ de desminadores había hallado y desactivado 20 minas antipersona. Y el trabajo no es sencillo. Son por lo menos ocho horas agachados buscando, rastreando el terreno en un clima cálido y bastante húmedo. Y con el equipo de protección, la sensación de calor se puede hasta duplicar.

Para avanzar, el equipo de desminado crea un camino principal de dos metros ancho, de los que salen otros secundarios cuyo objetivo es facilitar la evacuación de un eventual herido. Las zonas seguras son demarcadas con estacas de 1,50 metros de alto, de color azul. Allí se puede caminar libremente. Pero monte adentro, el camino cambia y es delimitado por estacas del mismo tamaño, pero de color rojo que indican que más allá, en medio de la maleza, el peligro está latente.

Mientras recorremos el terreno, nos encontramos con un descampado amplio, que se ha adaptado como zona de descanso e hidratación. Se trata de un mirador. Un punto en plena montaña con una vista envidiable de los cerros y los campos del oriente antioqueño. Pero la mirada no se va hacia el paisaje, sino hacia cuatro estacas blancas, pequeñas, con forma de señal de tránsito que están enterradas en el piso y que están separadas una de la otra por menos de un metro de distancia. Cada una marca la ubicación de una mina antipersonal desactivada. Un poco más adelante, hay otras tres estacas blancas. Nueve en total, en menos de 20 metros de camino.

¿Por qué tantas? Porque ese lugar era usado como área de descanso de los soldados que patrullaban el área. Y el objetivo era que uno de los militares cayera en una de esas trampas mortales y que los otros, al rescatarlo, también resultaran muertos o heridos. Una masacre en pocos segundos. “Una mina jamás está sola. A su lado siempre hay tres o hasta cuatro. Se busca el mayor daño posible”, explica Giovanny Zuluaga, oficial de operaciones del grupo de desminado de San Rafael.

Un total de 11.446 personas muertas, la mayoría militares, pero también civiles, murieron en Colombia por accidentes con minas antipersona entre 1990 y 2015, según la Dirección para la Acción Integral contra Minas Antipersona. Antioquia con 2.522 víctimas, el 22 % del total en todo el país, es el departamento donde más se ha sufrido este fenómeno. En San Rafael hay reportes, desde el 2002, de 31 incidentes con minas, que dejaron dos muertos y 29 heridos. De ellos, 18 eran miembros de la Fuerza Pública y 13, civiles.

Son esas cifras las que este grupo de valientes quiere convertir en pasado. Por eso, trabajan ocho horas diarias, desde las 7 a. m. hasta las 4 p. m., durante 22 días seguidos, alternados con una semana de descanso, que aprovechan para visitar a sus familias. “Le estamos aportando algo a la paz y eso se siente bien”, comenta Andrés mientras, sentado a su lado, Juan asiente. “Me pego totalmente a lo que dice mi compañero. Lo de atrás… quedó atrás. Ahora, con la mano con la que portaba el fusil, saco minas de la tierra”.

RAFAEL QUNTERO CERÓN
Enviado especial de EL TIEMPO
San Rafael (Antioquia)

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