Adiós a las armas

Adiós a las armas

Alberto Salcedo Ramos describe cómo es la vida en una zona veredal de excombatientes de las Farc.

Zona veredal Heiler Mosquera

Los excombatientes concentrados en La Carmelita, Putumayo, han transformado en un caserío pujante el solar baldío que les fue concedido tras el acuerdo de paz.

Foto:

Sebastián Rojas / Biblioteca Nacional de Colombia

20 de enero 2018 , 10:45 p.m.

I. Una calculadora para la vida

En los días previos a la ceremonia de desarme, varios excombatientes de las Farc, ubicados en la zona veredal Heiler Mosquera, solían reunirse para conversar. El tema recurrente era el miedo. Al renunciar a los fusiles –decían– correrían peligro, pues quedarían en la mira de diversos escuadrones que, a diferencia de ellos, seguirían armados.

Hoy, meses después de haber entregado las armas a la ONU, se han organizado de nuevo en forma circular. Frente al rancho donde dialogan, varios compañeros siguen en sus labores cotidianas. Unos cortan madera, otros queman basura. A las 5 de la tarde, el bochorno es intenso en La Carmelita.

Cada contertulio cuenta cómo se sentía en vísperas del desarme definitivo. Pinzón permanecía con las manos sudadas, Bermúdez dormía poco,
Romero vivía desconfiado. Este último explica que los exguerrilleros apostados en la zona llegaron desde distintos lugares y, por tanto, no se conocían entre ellos. Era inevitable que hubiera aprensión. Torres dice a continuación que entre las causas de su recelo figuraba una posible traición del Gobierno. Guzmán confiesa que era incapaz de imaginarse una nueva vida sin el arma que había portado durante tantos años.

–Uy, eso era como perder un órgano –agrega.

–Nosotros dormíamos con el fusil a la mano –tercia un exguerrillero al que todos llaman ‘Coste’ porque nació en la costa Caribe.

Robledo, jefe del grupo, dice que las Farc fueron invitadas a una mesa de negociación gracias a que poseían armas. La guerra es paradójica, agrega, al que está armado le proponen diálogo; al que no, lo acribillan. Así, cebado por el miedo, el conflicto se va perpetuando. Muchos combatientes se aferran con más fuerza a los fusiles porque creen que para defenderse de la guerra conviene estar en ella. En la zona veredal Heiler Mosquera abundaban los temores –insiste Robledo–, pero ya para entonces no había marcha atrás en la apuesta por la reconciliación. Además, los exguerrilleros sabían que debían honrar el acuerdo de paz renunciando a las armas.

A principios de julio del año pasado comenzaron a ensayar una obra de teatro en la que simulaban la dejación.

–Pudimos haber usado rifles de utilería, como se estila en el teatro, pero preferimos las armas reales –dice Stephanía Aldana, joven dramaturga que viajó desde Bogotá para acompañar a los exguerrilleros en ese proceso–. Queríamos que los excombatientes se fueran acostumbrando. En este punto interviene Laura Medina, profesora de danzas que también participó en aquellas jornadas de preparación.

–El hecho de que recibieran con música su ingreso a la vida civil tuvo un gran valor simbólico.

El primero de agosto, día del desarme definitivo, los exguerrilleros siguieron al pie de la letra el libreto tantas veces ensayado. Ataviados como para un combate, se ubicaron en el centro del escenario, donde se deshicieron de sus fusiles. Al lado del arma que abandonaban iban depositando una flor traída del campo. En el programa figuraba que, durante la entrega, leyeran en voz alta un texto sobre la paz. Sin embargo, muchos prefirieron improvisar su breve alocución. En el punto siguiente sí observaron todos al pie de la letra lo que estaba determinado de antemano: primero se quitaron los uniformes camuflados, después se vistieron de blanco, y a continuación organizaron una rueda de cumbia. Mientras danzaban en círculos, agitaban pañuelos –también blancos– por encima de sus cabezas.

Romero compara los pañuelos levantados de la cumbia con las palomas en vuelo. ‘Coste’ agrega entonces que esas palomas pueden llegar más lejos que las balas. Depende de qué tanto las cuiden, razona Pinzón. Torres considera que mientras haya esperanza es posible superar los miedos. Guzmán asiente con la cabeza y cuenta que, para su sorpresa, al desprenderse del fusil estuvo tranquilo. Sin embargo, al día siguiente, cuando se preguntó qué sucedería si el establecimiento les incumpliera o si los detractores políticos del Gobierno desconocieran el acuerdo, volvió a sentir temor. Lo mismo les ocurrió a los otros –tercia Bermúdez–, pero toca seguir apostando por el proceso. En este punto, Robledo dice, a manera de conclusión, que la paz no se logra con decretos sino con oportunidades. Saca de una carpeta un recorte de periódico y lo lee en voz alta: “La guerra no acaba cuando dice Wikipedia, la guerra acaba cuando las consecuencias se superan, y las consecuencias de una guerra pueden durar incluso décadas después de haberse firmado la paz. La paz no es un cheque en blanco que todo lo soluciona”.

–¿Quién dice eso?

–El periodista español Gervasio Sánchez.

–¿Qué consecuencias podrían “durar décadas”?

–El odio y la desconfianza.

–Dos secuelas inevitables tras una guerra larga y degradada.

–Claro, pero si siguiéramos con esas justificaciones, nunca se detendría el derramamiento de sangre. Hay que pasar la página entre todos.

Robledo añade que los exguerrilleros solo necesitan oportunidades. Tienen tantas ganas de superarse que han sido capaces de adquirir, en forma autodidacta, ciertos saberes complejos. Por ejemplo, pueden extraer harina de la sangre animal y eliminar correctamente las basuras inorgánicas. Hoy se aferran al trabajo con el mismo ahínco con que empuñaron los fusiles cuando estaban en la guerra y con la misma ilusión con que blandieron los pañuelos cuando regresaron a la vida civil.

Los exguerrilleros que están al frente continúan en sus ocupaciones: unos cocinan, otros recogen la ropa colgada, aquellos ensamblan un parque infantil, los de más allá pintan una ventana. A punta de trabajo y destreza, estos excombatientes transformaron en un caserío pujante el solar baldío que les fue concedido tras el acuerdo. En pocos meses han culminado varias obras asombrosas: dos canchas de fútbol, una escuela, un auditorio, una panadería, un acueducto artesanal, una planta procesadora de concentrados veterinarios.

–El proceso de reconciliación
ha sido bueno para el país. Hay que defenderlo aunque tengamos miedo.

El proceso de reconciliación ha sido bueno para el país. Hay que defenderlo aunque tengamos miedo

–¿Por qué insiste tanto en el miedo?

–Hay fuerzas oscuras matando líderes sociales. Imagínese las ganas que tendrán de matar exguerrilleros desarmados.

–¿Cómo lograr que la reconciliación sea sostenible?

–Con verdad y reparación, no hay de otra. Todos los que hayan cometido atrocidades en esta guerra tienen que contarlo y reparar a las víctimas.

–Incluidas las Farc, por supuesto.

–Sí, pero no solo nosotros. Si fuéramos solo nosotros no tendría sentido. Además tenemos que inventarnos entre todos una calculadora para la vida. Mire todas las muertes que el país se ahorra gracias al acuerdo, pero pocos hablan de eso. Prefieren sacar cuentas para ver cuánto cuesta el proceso.

–Ajá.

–La guerra es generada por esa mezquindad. Mientras pensemos que sale más barato pegarle un tiro al hambriento que darle la oportunidad de que se alimente, estaremos en problemas.

II. La luz difícil

Según Radio Sindamanoy, el día amaneció gris en casi todo el departamento del Putumayo, en el sur de Colombia. En el corregimiento de La Carmelita, donde se reporta una temperatura de 12 grados centígrados, hay una densa cortina de niebla que borra el horizonte. Más allá del pueblo, la senda que conduce a la zona veredal Heiler Mosquera también está envuelta en bruma.

Es una trocha de un kilómetro. Por aquí transitan labriegos que tienen cultivos de pancoger, furgones que trasladan productos agrícolas de la región hacia los grandes mercados, colegiales que más tarde se quedarán sin acceso a la universidad y desmovilizados de las Farc que mercan en La Carmelita. Giraldo, uno de ellos, transporta a esta hora, 7 de la mañana, un costal de alimentos. Va en un mototaxi desde el cual saluda a los lugareños con la palabra ‘mompita’.

–Nosotros vivimos agradecidos con ellos, porque no nos señalan cuando nos ven por ahí –dice.

Luego afirma que su cometido de acarrear los víveres se parece a la misión de buscar la paz. En ambos casos, según él, se debe tener persistencia para poder llegar a la meta con encargos que son necesarios. Ni quienes buscan la comida ni quienes persiguen la paz deben detenerse ante los nubarrones.

–En la madrugada esto estaba más negro, pero vea: ya voy lejos y con la compra en la mano.

–Ajá.

Mi mamá tiene un dicho: a todo camino oscuro le llega su claridad.

Ese dicho es recurrente en Giraldo. Lo usa cuando cuenta que hace poco recuperó la libertad, tras permanecer 29 meses preso,
y cuando dice que, a pesar de haber perdido a su compañera durante el encarcelamiento, confía en hallar pronto a una buena mujer. Lo usa a renglón seguido para declararse optimista ante el futuro. A los 32 años, gracias a ciertos conocimientos de horticultura que ha adquirido, él podría ganarse el sustento. En todo caso –agrega–, quienes salen a la vida civil después de una guerra larga difícilmente encuentran despejado el nuevo camino. Afuera hay demasiadas hostilidades y adentro, demasiados traumas. Entonces menciona a algunos compañeros afectados, como Adrián, el cocinero, que tiene varios dedos cercenados; Hazbleidis, la panadera, que lleva un costurón en el antebrazo, y Jaime, el ebanista, que perdió una pierna.

A Giraldo lo impresionó una escena que presenció anoche. Un escritor enviado por la Biblioteca Nacional de Colombia estuvo en la zona veredal hablando de literatura con los desmovilizados. Cuando el autor terminó de leer uno de sus textos, una exguerrillera mutilada atravesó el auditorio, renqueando, se plantó frente a él con la cara bañada en llanto y le pidió que la abrazara.

–Imagínese cómo se sentiría para haber hecho algo así. Pero seguro estará mejor más adelante.

–¿Por qué lo dice?

–Usted sabe, a todo camino oscuro le llega su claridad.

Un sonido de martillos anticipa la zona de concentración de los excombatientes. Ladran los perros, se oye un estruendo de serruchos. Poco a poco, el territorio de los reinsertados va emergiendo de entre la neblina. Primero aparece una hilera de banderas blancas; después, varios toldos azules. Por estos días –cuenta Giraldo–, los casi 200 exguerrilleros asentados en el territorio trabajan a marchas forzadas en la construcción de una cancha.

–En tres días tendremos olimpiadas.

Cinco señores pintan los ribetes de un caminito de piedras, dos jóvenes montan una olla sobre un fogón de leña, una señora lava frutas en un platón. Los hijos de los exguerrilleros –hay más de 20 niños– corretean al aire libre.

En el campamento, a propósito, muchos exguerrilleros admiten haberse vinculado a las Farc cuando aún eran menores de edad. No lo hicieron por afinidad ideológica, sino por razones prácticas: para empuñar un arma que les permitiera, más tarde, vengar la muerte de un pariente, o para protegerse de los paramilitares o para garantizar un jornal. El profesor José Milton Suaza, coordinador de la Institución Educativa Rural, que funciona en La Carmelita, se había referido ayer a la vulnerabilidad de los adolescentes en el Putumayo:

–Allá, en la zona veredal, hay guerrilleros que antes fueron alumnos de nuestro colegio, muchachos que vinieron al mundo en una región pobre sin alternativas de trabajo. Demasiado pronto se vieron obligados a responder por sí mismos, y en ese punto solo tenían dos opciones: alistarse en el ejército legal o volverse guerrilleros.

Sus compañeros que se encuentran allí –dice, a manera de excusa, mientras se acerca– no tuvieron tiempo para aprender a leer debido a su larga vida en la guerra. Son 15 hombres mayores de 40 años

A las 9 de la mañana, el cielo luce ya despejado. La temperatura es ahora, más o menos, de 30 grados centígrados. Un joven trastea arena en una carretilla, una señora poda un árbol. Giraldo señala con el dedo un salón de clases. Sus compañeros que se encuentran allí –dice, a manera de excusa, mientras se acerca– no tuvieron tiempo para aprender a leer debido a su larga vida en la guerra. Son 15 hombres mayores de 40 años. La profesora Doris Mosquera, psicóloga profesional contratada por el Gobierno, viene dos o tres veces por semana. Hoy realiza con ellos un ejercicio elemental de alfabetización.

–La p con la a, pa, la t con la a, ta. ¿Qué dice?

Dos alumnos fallan la prueba. El tercero, finalmente, responde:

–Pata.


Más tarde, la profesora contará que estos excombatientes asumen con vergüenza su condición de analfabetos. Es común que, al caminar hacia el salón de clases, lleven las cartillas ocultas bajo la ropa. Hay una disparidad tremenda entre su pericia en los oficios prácticos y su limitación en los asuntos académicos. Entregados a su causa única, de frente a la doctrina política y de espaldas a la instrucción básica, envejecieron en la oscuridad. Un día, la profesora escribió en el tablero la palabra ‘sexualidad’, y varios le preguntaron qué significa. Eso sí: aunque no sepan juntar una sílaba con la otra, citan de memoria frases de Carlos Marx. Entre quienes pueden leer también hay extraviados. Martínez, por ejemplo, se ufana de saber “las 15 cualidades de Fidel”, pero cuando se le pregunta qué es una cualidad, calla.

–Yo todavía no leo de corrido, pero es como si leyera porque mi compañera me lee mucho –tercia, entonces, Ibargüen.

–¿Ah, sí? ¿Qué le lee su compañera?

–Obras interesantes.

–¿Por ejemplo?

–Ahora estamos leyendo el acuerdo de paz.

Más tarde, la profesora Doris Mosquera dirá que antes, como combatientes, estos hombres se las apañaban sin instrucción académica, porque en la selva no necesitaban conocer el abecedario, sino realizar ciertas tareas específicas. Pero en la vida civil, desprovistos de las armas que durante tantos años fueron como una prolongación de sus cuerpos, alejados del único mercado laboral que han conocido hasta ahora, el analfabetismo les hace parecer aún más desvalidos. Si persistieran en el proceso de alfabetización, de todos modos seguirían bregando contra el estigma del pasado guerrillero, así que difícilmente tendrán posibilidades por fuera de este entorno.

Tras una pausa, Doris Mosquera agregará que los estragos se sienten en toda la sociedad. Es muy raro toparse con un colombiano que no haya perdido a un pariente o, por lo menos, a un conocido. Sin ir muy lejos, ella ha enviudado dos veces. La primera, a los 26 años; la segunda, a los 35. Hoy, a los 44, considera inútil averiguar quiénes fueron los verdugos. Prefiere concentrarse en la tarea de proveerles a sus hijos una educación despojada de rencores. A propósito, aunque comprenda a quienes están perturbados por la rabia, les aconseja cortar esas ataduras. Seguramente se sentirán liberados. Cuando el país se contemple sin miedo en el espejo de indulgencia que le ofrecen sus víctimas, estará más cerca de superar el odio que lo tiene fracturado.

La profesora y Giraldo se dirigen ahora hacia ‘la rancha’ –los exguerrilleros no dicen rancho–, donde funciona la recepción. Varios soldados del Ejército colombiano acaban de llegar sorpresivamente a la zona veredal para practicar una visita de inspección. Nunca antes lo habían hecho. Los excombatientes les responden que pueden revisar todo lo que quieran, y además los invitan a almorzar: habrá garbanzos guisados. Todos sonríen.

Giraldo ve la escena como una prueba de reconciliación, y lo expresa en voz baja con su sentencia favorita: a todo camino oscuro le llega la claridad. La profesora Mosquera prefiere mantenerse cautelosa: los alcances de esa luz, concluye, dependerán en gran parte de lo que se decida al otro lado de aquella puerta, allá, allá donde está el resto del país.

ALBERTO SALCEDO RAMOS*
Especial para EL TIEMPO
En Twitter: @SalcedoRamos
* Alberto Salcedo Ramos nació en Barranquilla en 1963. Es autor de libros de no ficción como ‘El oro y la oscuridad’, sobre la vida de Pambelé. Es maestro de la Fundación Gabriel García Márquez. Ha ganado el Premio a la Excelencia Periodística de la SIP y el Ortega y Gasset, entre otros.

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