Cocorná, el pueblo en el que casi todos son víctimas

Cocorná, el pueblo en el que casi todos son víctimas

Allí, cerca del 95 por ciento de sus habitantes han sido afectados por el conflicto armado.

Cocorná, Antioquia

El parque central fue el lugar de las más crudas escenas de la violencia en Cocorná.

Foto:

Javier Forero / EL TIEMPO

20 de agosto 2017 , 01:42 a.m.

En Cocorná, Antioquia, eran tantos los muertos por el conflicto que hasta las mulas se aprendieron el camino para ir, sin arriero, a descargar los cadáveres a la plaza del pueblo.

Cuentan que al llegar con los cuerpos, algunos ya descompuestos, venía la penosa labor de reconocer los cadáveres. Eran escenas aterradoras para los temerosos parientes. El cementerio es aún el sitio más visitado.

De los 21.000 habitantes del pueblo cerca del 95 por ciento ha sido víctima del conflicto armado. Por sus calles es normal ver personas con prótesis y heridas físicas, consecuencias de la guerra. Mientras que muchos otros tienen una historia de desplazamiento que contar.

En este municipio, enclavado en las montañas del oriente antioqueño, los enfrentamientos entre guerrillas (Farc y Eln) y los paramilitares eran constantes.

Esta región, exuberante en bosques y páramos, fue una de las zonas estratégicas para los grupos armados ilegales, pues abastece el 35 por ciento de la energía hidroeléctrica del país y es asiento de un importante sector industrial. Además, atraviesa la autopista Bogotá-Medellín, un corredor vital que le conecta con el centro del país.

A inicios de los 80, el frente 47 de las Farc se asentó en Cocorná. Posteriormente llegó el Eln y a inicios de este milenio las Auc completaron esta ‘trilogía’ del horror.

“Es una cosa aterradora ver los muertos aquí tirados, matarlos delante de uno”, aseguró Carlos Enrique Giraldo, quien ha vivido 75 de sus 80 años en Cocorná. Los otros cinco estuvo desplazado por ser líder social.

Casi todo el pueblo vivió de cerca la guerra. La biblioteca, el colegio y el parque central fueron los principales escenarios de dolor.

Y uno de los hechos violentos más recordados ocurrió en la madrugada del 30 de noviembre de 1998.

“Esa noche lo primero que escuchamos fue una voz que decía que la biblioteca se estaba incendiando”, relató Beatriz Castillo, directora de teatro.

En medio del silencio, la guerrilla se metió al pueblo y les pedía a los policías que se rindieran. Los tenían rodeados. Ya habían matado al de guardia, y a varios los tenían rehenes.

“En ese silencio podíamos escuchar las botas cuando caminaban. Pensamos que nunca volveríamos a ver a los policías que se llevaron”
, contó Castillo.

Recordó que la biblioteca la incendiaron antes de irse, que la casa de la cultura fue destruida junto a los instrumentos de la escuela de música y que incluso la cabeza de uno de los policías quedó en el andén del centro de cultura.

Pueblo fantasma

A comienzos del 2000, Cocorná parecía un pueblo fantasma. La población se vio reducida, por el desplazamiento, a casi una cuarta parte. Solo unas 5.000 personas se resistieron a abandonar sus tierras.

Por esa época, las autoridades municipales fueron obligadas a despachar desde Medellín. Y en algunos casos tuvieron que abandonar sus cargos, como ocurrió con el exalcalde José Aldemar Serna, quien terminó exiliado tras ser secuestrado cuatro veces, mientras ejercía el cargo.

“Cuando tenía 8 años tuve que salir del pueblo pues los ataques en mi colegio eran constantes, cuando no era una toma guerrillera era un hostigamiento”, contó el personero del municipio, Juan David Morales.

La misma suerte la corrió el actual alcalde, Johan Ramírez, a quien además le asesinaron a su padre.

La historia se repite con el secretario de Gobierno, la bibliotecaria, los líderes comunales y los campesinos. Pocos se salvaron de ser víctimas.

En diciembre del 2001, un panfleto amenazante generó la salida masiva de la comunidad que vivía por la autopista Bogotá-Medellín. Decía que quienes vivieran a un kilómetro de esta vía debían salir. Nadie sabía si era un kilómetro a la derecha o a la izquierda y el tiempo no daba para preguntar, lo único que hicieron fue coger lo poco que podían y salir.

Venían a las casas por herramienta, pero uno ni se atrevía a preguntar, porque ellos gobernaban

Todos los días, sobre las seis de la tarde, los habitantes del pueblo se guardaban en sus casas, no se escuchaba un alma, ese era el toque de queda de las Farc.

La degradación del conflicto fue tal que ese grupo les ‘pedía’ a los pobladores herramientas para enterrar, cerca de sus veredas, minas antipersonales.

“Venían a las casas por herramienta, pero uno ni se atrevía a preguntar, porque ellos gobernaban, era lo que ellos dijeran”, recordó el líder comunal Carlos Giraldo.

Por eso, por las calles de Cocorná es común ver personas con prótesis y heridas visibles de guerra.

En algunos comercios, que se dedican a la reparación de electrodomésticos, también se ven prótesis a la espera de ser restauradas. Eso es lo que le recuerda a este pueblo que el conflicto pisó su territorio con fuerza.

Renacer

Después de más de 20 años de cruenta lucha, las Farc fueron diezmadas por la arremetida de la Fuerza Pública, hasta iniciar el proceso de paz, en el 2012. El Eln no se logró consolidar y las Auc desaparecieron como fuerza paramilitar tras su desmovilización, en el 2005.

El renacer de Cocorná se inició a partir del 2010, con el retorno de gran parte de la población.

Los cultivos de plátano, café y frutales han vuelto a florecer y el turismo se convirtió en una alternativa de progreso.

Una de las deudas que quedan en este territorio es la reparación integral de las víctimas.

“Nos deben una reparación justa, no tenemos vivienda ni alimentación”, expresó Marco Zuluaga, víctima de una mina que afectó su visión.

Los cocornenses esperan que las mulas puedan volver a bajar al parque, pero esta vez cargadas de plátano y café. Quieren que sus animales aprendan de nuevo el camino, pero no con muertos sobre su lomo.

Un municipio libre de minas

Las minas antipersonales son una de las marcas más fuertes que el conflicto armado dejó, y su amenaza ya desapareció para los cocornenses. El jueves pasado, el presidente Juan Manuel Santos declaró libres de estos artefactos explosivos a este y otros 13 municipios, luego del trabajo de descontaminación realizado por la brigada de Desminado Humanitario. Las víctimas esperan que su dolor no quede en la impunidad.

‘Solo la mitad de mí’, el mural que inmortalizó el dolor

En la casa de la cultura de Cocorná reposa uno de los cuadros más importantes que relatan la historia de ese municipio.

Un mural ilustra las vivencias que eran frecuentes para sus pobladores en la época del conflicto. Las mismas que dejaron secuelas en sus cuerpos y en sus memorias.

‘Solo la mitad de mí’ ocupa una pared de 12 metros de largo por 3 de alto, en uno de los sitios más emblemáticos del pueblo.

En este centro cultural, la comunidad se reunió del 2 al 7 de agosto del 2009 para dar vida a esta obra.

Mural Solo la mitad de mí

El mural ‘Solo la mitad de mí’ fue pintado en agosto del 2009 por las víctimas del conflicto en Cocorná.

Foto:

Cortesía Walls Of Hope

Casi en el centro de la pintura se puede ver a una mujer, la mitad pintada a color y la otra en sombra.

Este dibujo fue hecho por Luz Darys, una mujer que desde muy pequeña perdió a su padre a causa del conflicto y que a sus 44 años no sabe aún cuál es su verdadera identidad. Ella padeció la muerte y el desplazamiento de varios familiares.

En el mural también están reflejados varios de los mutilados a causa de las minas, que cobraron casi un centenar de víctimas, en Cocorná.

Una virgen, vestida de azul, sostiene un ramo de flores mientras su otra mano ha sido arrebatada por estos explosivos.

Otros tantos hechos se reflejan en cada uno de los dibujos, algunos llenos de color y esperanza, pues lo que buscan sus pobladores es inmortalizar el dolor y dejar a un lado tantos años de violencia.

Los días en los que los caballos llevaban a los asesinados por las Farc, el Eln o los paramilitares también fueron dibujados, imágenes desastrosas que no pueden borrar tan fácil de la mente.

En la parte alta del cuadro anaranjado, denominada ‘zona del conflicto’, está representada una escena en la que un hombre armado dispara a una mamá pájaro que llegaba a su nido para alimentar a sus hijos y tras ser llevada al hospital muere, dejando solos y desprotegidos a sus pichones. Se ve un conejo desesperado en una jaula que parece una celda.

Los dibujos que relatan el dolor continúan, muchos de ellos fueron pintados por niños, que también dejaron su consigna.

La pintura también refleja uno de los problemas sufridos por casi la mayoría de sus habitantes: el desplazamiento.

Un dibujo ilustra el dolor de un campesino que parte de sus tierras con un corazón en la espalda, esperando volver.

Resistir a punta de chocolate y trova

El 30 de julio de 1998, los habitantes de Cocorná se le rebelaron a la violencia. Ese día las Farc tenían planeado un nuevo hostigamiento al pueblo, pero la comunidad no estaba dispuesta a otro acto de violencia. Violando el toque de queda que la guerrilla había impuesto después de las 6 p. m., los cocornenses se reunieron en el parque principal, cargados de ollas y fogones para compartir una taza de chocolate mientras amenizaban la noche a ritmo de trova.

Decidieron encarar a las Farc a punta de tiples y chocolate. Cuando los miembros del grupo ilegal llegaron al casco urbano de la población se toparon con dos disyuntivas: asesinar a toda la comunidad, que se negaba a cumplir el toque de queda, o retirarse del pueblo. Escogieron la segunda opción. “Cocorná es un municipio echado para adelante, el conflicto no nos arrugó”, aseguró con orgullo el personero del municipio, Juan David Morales.

MICHELL QUIÑONES Y JAVIER FORERO
Enviados especiales de EL TIEMPO
Cocorná

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