Desminado: la lucha contra un enemigo que invadió más de medio país

Desminado: la lucha contra un enemigo que invadió más de medio país

Aún están en riesgo territorios de cerca de 500 municipios. La meta es ser libre de esto en 2021.

Desminado humanitario en el Magdalena

La Brigada de Ingenieros de Desminado Humanitario despejan gran parte de las zonas minadas. 

Foto:

Prensa Ejército

10 de septiembre 2017 , 11:00 a.m.

Las minas antipersonas siempre están al acecho. No se cansan, no sienten hambre ni frío. Son pacientes. Duran años. Son enemigos perfectos.

El temor de recorrer terrenos desconocidos, la impotencia de querer cultivar la tierra y no poder hacerlo y el terror de encontrar la muerte en un estallido es a lo que se enfrentan las comunidades que vivieron el conflicto.

En las escuelas, junto a los libros de ciencias y matemáticas, a los niños les entregaban cartillas en las que les explicaban qué caminos podían recorrer.
Aprendían desde muy pequeños a conocer las consecuencias de dar un mal paso por esos senderos.

La degradación que alcanzó el conflicto fue tal que las Farc ‘pedían’ a los pobladores herramientas con las que enterraban minas en sus predios.

“Venían a las casas por herramienta, pero uno ni se atrevía a preguntar, porque ellos gobernaban, era lo que ellos dijeran”, recordó Carlos Giraldo, líder comunal de Cocorná, Antioquia.

Por las calles de este municipio es común ver personas con prótesis y heridas visibles. Es lo que les recuerda que su pueblo fue un campo minado.

Según estimativos del Gobierno, en el país se identificaron hasta el año pasado 673 municipios con algún tipo de riesgo de presencia de minas antipersonas, casi la mitad de Colombia.

De estos territorios, 23 ya fueron despejados de minas, la mayoría por la labor de la Brigada de Desminado del Ejército, y 135 más fueron declarados libres de sospecha, pues luego de hacer estudios se determinó que no había presencia de estos artefactos.

Pero la amenaza se mantiene latente en cerca de 500 municipios del país.

Metro a metro, ocho operadores civiles y la Brigada de Desminado intensificaron, desde el año pasado, la labor de despejar estos territorios, con el objetivo de declarar a Colombia libre de minas en el 2021. La tarea es paciente y llena de obstáculos, de riesgos, como lo atestiguó EL TIEMPO.

Tarea sigilosa

Los soldados de la Brigada de Desminado son cuidadosos con cada centímetro de tierra que pisan. No puede haber margen de error. Con sigilo avanzan en un terreno desconocido.

Cargan un maletín con palos pintados de colores, rodilleras, tijeras y una espátula. Su única arma: un detector de metales.

En su cuerpo llevan un pesado traje azul y la careta que usan para intentar amortiguar los efectos de un mal movimiento. El traje puede pesar más de 10 kilos.

Cada sonido que emite el detector de metales debe ser tomado como una alerta. El soldado avanza a paso lento y pone al frente, como única arma, su detector.
Se escucha un sonido, es el que indica que algo hay debajo de la tierra.

El soldado le avisa a su líder de la sospecha de tener bajo su detector una mina antipersona. Juntos, con precaución y firmeza, pero algo de temor, delimitan y marcan con aerosol el lugar en donde se cree que puede estar el artefacto explosivo.

Deben ser precisos, pues una sola equivocación podría generar el estallido y acabar con sus vidas. Luego de demarcar la zona se procede a cavar 13 centímetros alrededor de la amenaza, pero no encuentran nada. Es una falsa alarma.

Al finalizar la agotadora jornada lo único que se encontró fue un tornillo. No se sabe si el hecho de no hallar una mina es suerte o es preferible encontrarla.
A veces pasan semanas, incluso meses, sin localizar un solo artefacto.

“Cada vez que hay una alerta puedo encontrar una puntilla, una grapa o una mina”, aseguró el líder de desminado, el sargento segundo Sergio Méndez.

No solo es la frustración de no encontrar minas. El clima, el estado físico, el estrés y las condiciones del terreno también afectan la labor.

Cuando la nubosidad o la lluvia aparecen, el trabajo de desminado debe ser suspendido, pues en caso de una emergencia sería casi imposible que una aeronave ingrese a la zona para rescatar a los heridos. Antes de iniciar cualquier procedimiento se verifican las condiciones del clima.

Los soldados deben estar en perfectas condiciones tanto físicas como emocionales.

“Si un desminador está enfermo, le duele la cabeza o tiene un golpe de calor, son factores que le impiden al soldado entrar a terreno”
, aseguró Méndez.

A esto se suman las condiciones de la zona, pues muchas veces son sitios selváticos en los que, inclusive sin el equipo, es difícil entrar. Otros tienen mucho metal, lo que dificulta la búsqueda, pero en todos hay que verificar centímetro a centímetro que no exista riesgo.

Mina bajo tierra

El procedimiento se vuelve mucho más complejo cuando se encuentra un artefacto explosivo.

Todos se quedan en una zona lejana, mientras el líder, junto con el explosivista, enciende la mecha que destruirá la mina. Los dos salen caminando hacia donde está el resto del equipo, la zona segura. Todo está cronológicamente programado. No puede haber error. La historia se repite en cientos de territorios del país.

En las zonas llanas, la labor de los soldados es apoyada por otros héroes: los perros pastor belga ‘‘malinois’’, los únicos con la capacidad de encontrar artefactos explosivos que no tengan ningún contenido metálico.

“Solo los perros pueden encontrar las llamadas minas químicas, unas de las más peligrosas porque son difíciles de encontrar”, explicó Carlos Robles, líder de desminado en técnica canina.

La degradación del conflicto en Colombia llegó a tal nivel que los grupos ilegales no solo se conformaron con sembrar minas para mutilar a sus víctimas, sino que ‘modernizaron’ estas armas de guerra, con alambre de púas, materia fecal y elementos oxidados para provocar infecciones y gangrena.

Estos artefactos son conocidos como minas hechizas. Han sido encontradas en tarros, botellas, balones e incluso en juguetes, elementos muy llamativos para los niños.

Las minas afectaron, entre 1990 y julio del 2017, a 11.495 personas, de las cuales más de 4.000 son civiles

Las minas afectaron, entre 1990 y julio del 2017, a 11.495 personas, de las cuales más de 4.000 son civiles.

La esperanza de los pobladores, y especialmente de las víctimas, es que las historias de dolor, de las que aún llevan marcas en su cuerpo, queden en el pasado.

“Los que estamos afectados ya lo estamos, pero espero que no haya más víctimas de las minas antipersonas”, expresa Marco Zuluaga, quien en el 2002, cuando trabajaba en una empresa de energía, estalló con un machete una mina. Quedó ciego en un 90 por ciento.

La meta es que al 2021 Colombia no tenga ni una sola mina en su territorio. La labor es compleja,
pero con cada artefacto que se desactive, al menos una vida se habrá salvado.

La familia completa que cayó en una mina

Agosto del 2002 fue un mes fatídico para la familia de Édgar Uriel Buitrago.

Ese mes no solo se produjo el fallecimiento de su abuela, sino que cuando regresaba del entierro junto con su mamá y tres hermanos, todos cayeron víctimas de una mina antipersona. Ninguno se salvó de la explosión, todos fueron heridos por el artefacto.

“Íbamos para la vereda Palmirita, en Cocorná, Antioquia. Había una mina tapada con una hoja de corazón, lo que vino luego fue el estallido”, relató Buitrago.

Los más afectados por la explosión fueron su hermano mayor y su mamá, quienes iban adelante y fueron los que tuvieron contacto directo con la mina. Resultaron con graves heridas en las piernas.

“Me tocó echarme al hombro a mi hermano hasta el hospital. Él botaba aguamasa por la boca”
, recordó.

La labor de ayudar a su familia se le hizo mucho más complicada cuando percibió que el artefacto explosivo había afectado seriamente su visión.

A partir de ahí todos quedamos sufriendo. Mi hermano quedó cojo, mi hermana quedó afectada de los oídos y yo quedé mal de los ojos

“A partir de ahí todos quedamos sufriendo. Mi hermano quedó cojo, mi hermana quedó afectada de los oídos y yo quedé mal de los ojos. Me toca tomar medicamentos a diario por el problema de visión con el que quedé”, expresó Buitrago.

El efecto de la mina no solo lo golpeó física, sino moralmente. Hasta el momento, 15 años después del accidente, no ha recibido la reparación por parte del Estado, a pesar de que, tras el fallecimiento de su mamá y la discapacidad permanente con la que quedó su hermano, quedó como jefe del hogar y responsable de la manutención de la familia.

Pero la herida más grande, la huella que le dejó la explosión, no la lleva en sus ojos, sino en su mente:

Destinados a la batalla desde antes de nacer

Aquel viejo adagio de que el perro es el mejor amigo del hombre, en el caso del desminado, no es una frase de cajón.

La conexión entre el soldado dedicado a estas labores y su perro comienza, incluso, antes del nacimiento del animal, de raza pastor belga ‘‘malinois’’.

“Desde el momento en que detectamos el proceso de preñez en la hembras empezamos a establecer un vínculo del soldado con la perra y su futura cría”
, explicó el teniente Jaime Rodríguez, veterinario del Centro Nacional contra Artefactos Explosivos y Minas (Cenam).

En esta etapa prenatal, la futura cría recibe estímulos sensoriales y táctiles, a través del vientre de su madre, con el fin de iniciar su preparación y establecer lazos con el soldado al que acompañará.

Una vez nacen continúa el trabajo de estímulos sensoriales, con cosquilleos en las pulpejos de sus extremidades, aplicación de frío y calor y reconocimiento de texturas.

“A partir del día 15, cuando abren los ojos, les ponemos juguetes de diferentes formas y colores, sonidos a diferentes niveles de volumen, como explosiones, ruidos salvajes, sonidos de vehículos y todo aquello a lo que se puedan enfrentar en un futuro.

“Los entrenamos en diferentes locaciones, todo para que se acostumbren a trabajar en cualquier tipo de circunstancia”, dijo Rodríguez.

El proceso de entrenamiento general se realiza hasta los seis meses.

Posteriormente, los perros pasan a una fase específica en la que les enseñan a ubicar y asociar las micropartículas explosivas.

Con esto se busca mejorar las capacidades motrices y sensoriales, en especial la de agudizar su sentido olfativo, con el fin de que cumplan con su misión de detectar, mediante el olor del explosivo, aquellos artefactos que tienen muy poco contenido metálico y no pueden ser reconocidos por los detectores mecánicos usados por los soldados.

“Al final del entrenamiento, los caninos deben tener la capacidad de detectar hasta siete tipos de sustancias químicas que componen las minas”
, afirmó Carlos Robles, líder de desminado en técnica canina.

El proceso de entrenamiento se realiza en el Batallón de Infantería Antonio José Sucre en Chiquinquirá, Boyacá.

Allí, desde antes de nacer, los cachorros belga ‘‘malinois’’ empiezan a forjar su destino: salvar vidas.

JAVIER FORERO ORTIZ Y ANGIE MICHELL QUIÑONES
Redacción Política
Cocorná (Antioquia)

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