Este era el extraordinario pensamiento de Jorge Eliécer Gaitán

Este era el extraordinario pensamiento de Jorge Eliécer Gaitán

El autor analiza el ideario político del caudillo y su vigencia en la actual campaña electoral.

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Jorge Eliécer Gaitán jugando tejo

Luis Alberto Gaitán, Lunga

09 de abril 2018 , 08:08 a.m.

Jorge Eliécer Gaitán distinguía entre la política en grande y la política en pequeño, encarnadas respectivamente por el político (con quien él, como es obvio, se identificaba) y el politiquero que reduce la política —observaba en tono crítico, demoledor— a “su simple aspecto inmediato, transeúnte y mecánico”, con la cual solo busca “logros inmediatos para los intereses económicos, personales o simplemente electorales de pequeñas camarillas”.

A su modo de ver, en la política nacional se impone, por desgracia, la falsa política, la de los politiqueros, al girar en torno a las elecciones con el único propósito de conquistar las curules para los distintos aspirantes, lejos de abordar los verdaderos problemas de la comunidad.

Se trata, pues, de un engaño al pueblo o traición a la democracia, sistema político proclamado por unos y otros, por liberales y conservadores, apenas como señuelo electoral y con la demagogia del caso.

O sea —tal era su conclusión—, la actividad de nuestros políticos se limita a pensar en función de las elecciones, a estar en campaña permanente e ir en busca del pueblo no para conocer sus necesidades ni para tratar de resolver sus problemas, sino para garantizar su elección.

Y, alcanzado tal propósito, ellos se olvidan del pueblo al asumir los puestos de dirección, dedicados de lleno a la política de salón y aislados de los problemas nacionales, hasta la hora de volver al círculo vicioso de asegurar su reelección a través del respaldo popular: “El mandato, instrumento insustituible de la voluntad democrática, termina precisamente —decía— cuando debiera comenzar al día siguiente de los comicios electorales”.

Un drama histórico

Gaitán, en cambio, se presentaba como el abanderado de la política en grande, enfrentado a la política en pequeño a que acabamos de referirnos, a los politiqueros o, si se quiere, al que llamaba país político, para el cual “la política es mecánica, es juego, es ganancia de elecciones, es saber a quién se nombra ministro y no qué va a hacer el ministro”.

“Es plutocracia, contratos, burocracia, papeleo lento, tranquilo usufructo de curules y el puesto público concebido como una granjería, no como un lugar para contribuir a la grandeza nacional”, agregaba, rematando sin rodeos: “Para nosotros, es distinto”.

En esta cita ya es clara la oposición entre el país político y el país nacional, conviviendo ambos en Colombia de manera simultánea pero con un dominio manifiesto del primero sobre el segundo, e imponiéndose en consecuencia los dirigentes partidistas que practican la política en pequeño, enceguecidos por la mecánica electoral. “En Colombia hay dos países —señaló en su célebre discurso del 20 de abril en el Teatro Municipal de Bogotá—: el país que piensa en sus empleos, en su mecánica y en su poder, y el país nacional que piensa en su trabajo, en su salud, en su cultura, desatendido por el país político”.

En Colombia hay dos países: el país que piensa en sus empleos, en su mecánica y en su poder, y el país nacional que piensa en su trabajo, en su salud, en su cultura, desatendido por el país político

La separación en tal sentido es evidente, como lo es que la política nacional se encuentra desligada de las necesidades sociales, yendo en contra de su fundamento real: estar al servicio de la sociedad. Y Gaitán no podía conciliar con esto, tanto por los principios del liberalismo social con que estaba comprometido como por razones humanistas y éticas, ideológicas y estrictamente democráticas, lejos de admitir que tales actitudes pudieran ser calificadas de demagógicas o populistas.

Pobreza y corrupción

Para Gaitán, el país nacional tiene una gran voluntad de progreso, mientras que el país político es conformista y no aspira a un cambio sino al mantenimiento de la situación para continuar disfrutando de sus privilegios. De otra parte, el país nacional está lleno de deseos, de esperanza, de confianza o fe en que algún día podrá satisfacer sus necesidades, al tiempo que el país político no goza de ese mismo deseo, movido por las ambiciones personales, exclusivamente particulares.

Tal contraposición —dirá él en su análisis sociológico— surge del contraste “entre lo que podríamos realizar y lo que estamos haciendo”, siendo el país político el principal culpable de la pobreza del país, de la miseria que azota a la gran mayoría del país nacional, por estar entregado al juego electoral, a la competencia por las curules y los puestos públicos, en medio de su desinterés por los asuntos sociales que se traduce en la no realización de las obras requeridas por el pueblo para su desarrollo.

En estas circunstancias —advertía—, la corrupción es inevitable. De un lado, la entrega total a los asuntos electorales no tarda en llevar a la corrupción (cuya manifestación extrema es la compra de votos) y, de otro, se le impone al país nacional una ética singular, según la cual es bueno lo que al país político le conviene, y es malo lo que va en contra de sus intereses.

Puro clientelismo

Gaitán rechazaba del país político (por lo menos en lo que se refiere a la mecánica electoral, a su manipulación y al manejo del poder público) lo que hoy se conoce como clientelismo. “El Estado en sus aspectos varios —explicaba— es mirado como botín de guerra hasta por el más modesto empleado”. Así, la política queda reducida a su mínima expresión, a la lucha burocrática, sin que en ningún caso sea lo ideológico lo que movilice a los partidos en su acción proselitista.

Gaitán fue uno de los primeros en combatir el clientelismo y descubrir los diferentes mecanismos que hacen posible su funcionamiento, pues reconoció no solo la existencia del caciquismo y su comportamiento común en los partidos sino también la forma como dicho fenómeno abarca desde las más pequeñas y alejadas poblaciones hasta los organismos más elevados del Estado, siempre con el poder de su influencia a disposición. Pero, el citado rechazo al país político era tanto por marchar en contravía del desarrollo nacional, por su burocratismo, por la carencia de ideas, por oponerse al bien común, por su entrega absoluta a la cuestión electoral y por su corrupción, como por el sectarismo que despertó en los sectores populares (en su mayoría, de bajo nivel educativo), donde por ello no importaban las diferencias ideológicas entre los partidos tradicionales.

Los partidos, en fin, son idénticos en el manejo “clientelista”, en la persecución de los puestos públicos, en la visión estrictamente burocrática del Estado, por lo que todos a una, sin distingos de ninguna clase, despiertan el sectarismo, el sentimiento partidista, casi que lo irracional, por carecer de ideas, de programas, de principios que respondan a los anhelos populares.

Y del sectarismo a la violencia no hay más que un paso, como resulta fácil comprobar a través de la historia. El país político es responsable de la violencia en Colombia, señalaba.

Guerra a la oligarquía

Gaitán estableció una identidad entre el país político y la oligarquía. “El país político o la oligarquía, que es la misma cosa”, expresaba. Pero, el sentido que él tenía de la oligarquía era bastante amplio. No es sinónimo de gente rica, ni solo el dominio de la plutocracia. No. “La oligarquía —era su definición— es la administración monopolizada por una minoría en beneficio de sus propios intereses, con la finalidad de su propia conservación en el mando”.

En definitiva, la oligarquía es el sostén del aparato del Estado, y de este modo se institucionaliza un régimen oligárquico, fuera del que no hay salvación. “Hemos llegado al sistema según el cual la única norma de victoria es el sometimiento a la oligarquía o país político que otorga los títulos, califica la inteligencia y el conocimiento e ignora y destruye al resto del país”, precisaba.

No obstante, aunque para Gaitán la oligarquía tenía una significación más vasta que la mera concentración del poder económico, este aspecto es indispensable para su cabal comprensión. En 1934, en el Congreso, hizo una radiografía de sus compañeros de curul en los siguientes términos: “Os llamáis representantes del pueblo, pero en realidad no lo sois porque en estos recintos apenas representáis los intereses de las clases poderosas”.

Y en su discurso-programa de 1944 denunciaba el “maridaje inadmisible entre política y negocios”. Fue entonces cuando Gaitán, según recuerda Eduardo Santa, lanzó su grito de combate, grito que lo acompañó a lo largo de su campaña y que pregonó en las plazas públicas hasta el último momento: “Contra las oligarquías, ¡a la carga!”

JORGE EMILIO SIERRA MONTOYA
Magíster en Ciencia Política de la Universidad Javeriana y autor del libro ‘El pensamiento político de Gaitán’

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