El voto evangélico, el nuevo botín electoral

El voto evangélico, el nuevo botín electoral

Un análisis de la gran influencia de este movimiento en la política. ¿Cuáles serán sus candidatos? 

Iglesias evangélicas

Los políticos saben del gran poder que obtendrían si logran ganarse el afecto de los ciudadanos que reúnen las iglesias evangélicas.

Foto:

Luis Acosta / AFP

17 de octubre 2017 , 05:53 p.m.

En el contexto de la política local colombiana, de la victoria del No en el plebiscito y, particularmente, del aporte que hicieron a este resultado las comunidades evangélicas y pentecostales (“los cristianos”, como equívocamente los registra la prensa), se pueden extraer algunas conclusiones que ayudarían a comprender las estrategias políticas que se desplegarán con miras a los comicios del próximo año.

Tal vez la más importante de estas conclusiones es el poder que tiene “la agenda moral” para aglutinar al electorado evangélico y pentecostal (en adelante, lo denominaremos evangélico). Los dos pilares más importantes de esta “agenda” son la oposición al reconocimiento de los derechos de la comunidad LGBTI y su rechazo de toda iniciativa que permita despenalizar el aborto –lo cual incluye una actitud negativa frente a las sentencias de la Corte Constitucional que se han ocupado de estos asuntos–.

La apropiación de esta agenda moral es una estrategia política que ha otorgado éxitos recientes en América Latina (al respecto se puede seguir, por ejemplo, la trayectoria política de Marcelo Crivella en Brasil), ya que ella no solo logra aglutinar a las numerosas corrientes evangélicas y pentecostales, sino que ha dado lugar a lo que Spadaro y Figueroa han denominado un ecumenismo fundamentalista e integrista.

En otras palabras, esta agenda ha puesto en un mismo lado y convertido en aliados a antiguos y enconados rivales, los evangélicos fundamentalistas y los católicos integristas, gracias a que unos y otros consideran que el reconocimiento de los derechos de la comunidad LGBTI entraña una forma de decadencia social e implica el riesgo de una “epidemia”: la “homosexualización” de las nuevas generaciones.

Captura de fuerza dispersa

Aglutinar al electorado evangélico no es una tarea fácil, ya que este movimiento se caracteriza por su fragmentación y por la rivalidad de sus líderes en cuanto a lo religioso y lo político.

En el frente religioso, las diversas organizaciones evangélicas compiten por atraer nuevos fieles. En el frente político, algunas de estas organizaciones (especialmente las más ricas y multitudinarias) compiten por trasformar la lealtad de sus fieles en votos y, por esta vía, en poder político.

En la medida en que este movimiento religioso sigue siendo el de más rápido crecimiento en Colombia, seducir a sus miembros para lograr su apoyo en las urnas se ha convertido en una tarea que debe considerar cualquiera que aspire a un cargo de elección popular.

Es una escena recurrente ver a políticos profesionales desfilar por las multitudinarias congregaciones evangélicas en periodos de campaña electoral. Para atraer el voto evangélico, los políticos recurren con frecuencia a promesas y transacciones clientelistas que se concretan entre los candidatos y los líderes de las organizaciones evangélicas con apuestas o intereses en el campo de la política electoral, transacciones que ocasionalmente son registradas por la prensa.

Así mismo, todo candidato que incluya en su programa político la promoción de los derechos de las minorías sexuales debe también incluir en sus cálculos electorales la oposición que enfrentará por este sector de la población.

Tras el botín evangélico

Con miras a las próximas elecciones, Alejandro Ordóñez, Viviane Morales y Álvaro Uribe ya han empezado a movilizarse con la intención de apoderarse de la agenda moral. En este sentido, cada uno de ellos intenta posicionarse como el genuino representante de “la Colombia creyente” y el más comprometido “defensor de la familia”.

La coherencia de Alejandro Ordóñez como defensor a ultranza de la agenda moral le ha permitido fraguar el apoyo de una parte del electorado evangélico. Por ejemplo, en diversas ocasiones, el pastor y concejal de Bogotá Marco Fidel Ramírez (el autodenominado “concejal de la familia”), ha expresado su simpatía hacia Ordóñez.

Alejandro Ordóñez, Viviane Morales y Álvaro Uribe intentan posicionarse como el genuino representante de 'la Colombia creyente'

En ese mismo sentido se ha manifestado Ángela Hernández (diputada del departamento de Santander que el año pasado lideró la movilización evangélica en oposición al uso de las cartillas ‘Ambientes escolares libres de discriminación’), quien recientemente ha asumido un papel protagónico en la campaña del exprocurador a la presidencia.

La principal desventaja de Ordóñez para lograr el apoyo evangélico radica en que no es parte de este movimiento religioso. Como es bien sabido, él asiste a una parroquia que se inscribe en una de las alas más conservadoras del catolicismo preconciliar.

Esta misma desventaja afecta a Álvaro Uribe, quien ha cultivado simpatías en diversas organizaciones evangélicas, entre las que se destaca la Misión Carismática Internacional, liderada por los esposos César y Claudia Castellanos y que constituye una de las organizaciones religiosas más poderosas del país. Sin embargo, ni Uribe Vélez ni ninguno de los precandidatos a la presidencia del Centro Democrático milita en el movimiento evangélico.

Recientemente, diversos líderes evangélicos han manifestado su reticencia a seguir apoyando a candidatos que no compartan sus convicciones religiosas. La razón principal para sustentar esta decisión se basa en el argumento de “sentirse usados” por los políticos no creyentes, quienes después de haber obtenido el voto, menosprecian a la comunidad evangélica y se olvidan de los compromisos suscritos con las congregaciones en periodos de campaña.

Así, las desventajas de Uribe y Ordóñez se resumen en que solo gozan del apoyo de un sector del electorado evangélico y en que, en términos generales, los evangélicos prefieren votar por candidatos que profesan su confesión religiosa.

Viviane Morales tiene, al parecer, una clara ventaja en este último aspecto. Evangélica comprometida, hace parte de Casa Sobre la Roca, iglesia liderada por el periodista Darío Silva Silva. Gracias a su trayectoria política, es la primera evangélica en tener alguna posibilidad real de llegar a la presidencia (aunque ya lo había intentado Claudia Castellanos a inicios de los noventa).

Sin embargo, tampoco para ella será una tarea fácil convocar al electorado evangélico. Además de los compromisos que ya tienen algunas de las organizaciones evangélicas con sus propios proyectos políticos, la sola presencia de Uribe y de Ordóñez como protagonistas de los próximos comicios divide a este electorado.

De igual modo, el hecho de ser mujer y, además, divorciada que ha contraído segundas nupcias son elementos que le restan apoyo a Morales, pues el movimiento evangélico sigue siendo en su esencia patriarcal: observa como lo natural y correcto que el liderazgo de la familia, la iglesia y los diversos ámbitos de la vida esté en manos de hombres. Además, algunas organizaciones pentecostales siguen considerando inmoral que una mujer divorciada se vuelva a casar. A esto debe sumarse que su esposo, Carlos Alonso Lucio, debido a su trayectoria política, es visto con prevención por un amplio sector del electorado evangélico, así como por buena parte de la ciudadanía.

Estos factores nos permiten afirmar que el comportamiento del electorado evangélico en los comicios presidenciales del próximo año será muy diferente del que mostró en el plebiscito.

De discriminados a discriminadores

Parece previsible que –por lo menos en la primera vuelta– ningún candidato logrará convocar el apoyo relativamente unánime de los evangélicos y que, como ha sido la tendencia de los últimos comicios, tanto en las elecciones para el Congreso como en las presidenciales, el comportamiento de los evangélicos en las urnas se va a caracterizar de nuevo por la fragmentación y la rivalidad entre sus corrientes y líderes más destacados.

Sin embargo, independientemente de lo que ocurra en las urnas, es preocupante que la creciente influencia del movimiento evangélico en la política electoral implique, en sí misma, una amenaza para el avance que en los años recientes ha vivido nuestra sociedad en términos del reconocimiento de los derechos de la comunidad LGBTI. Al menos resulta paradójico que la comunidad evangélica, que en Colombia fue durante décadas una minoría discriminada y excluida, use su reciente poder para excluir y estigmatizar a otra minoría que, a lo largo de nuestra historia, ha sufrido una experiencia similar.

WILLIAM MAURICIO BELTRÁN*
Razón Pública
*Profesor asociado de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia

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