'Aquellos días de bachiller en mi colegio de Chaparral'

'Aquellos días de bachiller en mi colegio de Chaparral'

Reencuentro del exministro Alfonso Gómez Méndez con sus compañeros del colegio Manuel Murillo Toro.

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Alfonso Gómez (primero a la izquierda, segunda fila) con algunos de sus compañeros bachilleres de 1966.

Foto:

Archivo particular

07 de noviembre 2016 , 12:52 a.m.

En reunión con mis compañeros del colegio Manuel Murillo Toro, cincuenta años después de terminado el bachillerato, revivimos no solo episodios propios de un evento semejante –travesuras juveniles, de profesores, alegrías y tristezas– sino toda una época signada por cambios en el país, en la juventud, en la educación y aun en violencias de todo orden, incluida la derivada del conflicto armado.

Aun cuando para nuestra época Chaparral ya había dado tres presidentes de la República –José María Melo, Murillo Toro y Darío Echandía–, el primer colegio de educación media abrió sus puertas solo en 1945, gracias al propio Darío Echandía y a otro chaparraluno insigne, Antonio Rocha. Y lo hizo con la idea de incursionar en artes y oficios: se estudiaba en las mañanas y en las tardes se aprendía un arte.

Uno de sus primeros alumnos, que en las tardes “cursaba” carpintería de la mano del conocido artesano ‘el turco Jara’, fue Alfonso Reyes Echandía, quien, como todos sus contemporáneos, antes de 1960, cuando se estableció en el colegio el bachillerato completo, tenía que abandonar el pueblo después de cuarto año para completar su educación secundaria en Honda, Neiva o Ibagué.

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En un acto público, el exministro de Justicia Alfonso Gómez (cuarto de izq. a der., de pie), en Chaparral.

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En 1961 tuve dificultades para conseguir el cupo, hasta que, ante mi insistencia, el secretario, Valentín Páez Valero –de quien años después supe, en casa de Gloria Pachón en París, que era el padre de Lucy Páez, la que fuera la secretaria de Galán–, le dijo al rector, llamado a secas ‘Bayona’: “Recibamos a este muchachito, que con esas ganas que tiene de estudiar, por lo menos será ministro”.

Por haber sido llamado con el nombre de un expresidente colombiano nacido en Chaparral, los estudiantes del Murillo Toro nos interesábamos en conocer la historia del ilustre coterráneo, tan importante en el siglo XIX, como reza el himno del colegio: “viva fresca la egregia memoria/ del varón que a la Patria imprimió/ la conciencia civil de su historia/ y su nombre glorioso nos dio”.

Era un colegio ‘Nacional’, con internado también para los profesores y a donde llegaban estudiantes de otras partes del país, como el ‘Chinche’ Ulloa.

De buen número de aquellos maestros hicimos evocación en nuestra cita cincuentenaria, recordando, por ejemplo, que muchos provenían del Chocó, como Senén Esteban Peña y Basiliso Peña Escobar, quienes pese al intenso calor vestían rigurosamente de saco, corbata y calzonarias.

El momposino Luis Felipe Villanueva Trespalacios nos marcó la vida. A los doce y trece años nos ponía a leer los clásicos de la literatura, y, en centros literarios, a comentar los sesudos artículos de ‘Lecturas Dominicales’ de EL TIEMPO y del ‘Magazín’ de ‘El Espectador’.

Un paisa contestatario, Hildebrando Vasco, nos acercó a la filosofía con Jean-Paul Sartre y Fernando González, el ‘filósofo de Otraparte’, así como a los principios del sicoanálisis con Sigmund Freud.

Y por si fuera poco para nuestra pubertad, un tumaqueño, Segundo Quiñones, añadía lecturas “profundas” y estructurales como ‘Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia’, de Indalecio Liévano, o ‘La violencia en Colombia’, del chaparraluno monseñor Germán Guzmán Campos, Eduardo Umaña Luna y Orlando Fals Borda, obras de significativo provecho para nuestra vida futura.

Sin olvidar que algunos, como yo, aprendíamos de memoria numerosos poemas del romancero popular, aprovechando al máximo la hora diaria de asistencia obligatoria a la biblioteca, tiempo que –según me cuentan ahora algunos compañeros– empleaban en contemplar las piernas de la bella bibliotecaria Paulina Guarnizo, recientemente fallecida.

Pero no todo en el colegio eran tareas curriculares. En Chaparral, la lucha frentenacionalistas vs. partidarios del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) de Alfonso López Michelsen era intensa y se trasladaba a nuestro entorno estudiantil.

Como en esa época López había hecho alianza con el Partido Comunista, en la sastrería de mi padre se distribuía la ‘Voz de la democracia’, hoy ‘Voz’, que compartía con mis compañeros de izquierda Armando Campos, profesor de economía, y Fernando y Jorge Díaz, veterinario y agrónomo, respectivamente, igualmente interesados en “documentos políticos” y “problemas de la paz y el socialismo”.

(Lea: Barco, hace treinta años)

En 1965 y apoyados por Leovigildo Bernal, profesor de francés, y con la complicidad del rector Aníbal Jurado, le organizamos una manifestación al padre Camilo Torres.

Recuerdo en ese acto entre otros dirigentes nacionales a Manlio Lafont y al impetuoso Jaime Arenas Reyes, asesinado después por el Eln cuando, ya exguerrillero, asesoraba al ministro de Educación Luis Carlos Galán.

Fuimos también, para criticar, a una manifestación en los balcones de la casa de la matrona liberal Evita de Castilla, en la que Carlos Lleras, candidato del Frente Nacional, acompañado de Echandía, Otto Morales Benítez y Julio César Turbay Ayala, fustigó duramente a López Michelsen, de quien dijo que solo iba a sacar el “15 por ciento de los votos comunistas”.

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Otra de las fotos del archivo personal de Gómez Méndez.

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Vivimos, así mismo, el surgimiento de las Farc y de la lucha contra el bandolerismo, cuando el coronel Matallana exponía en el parque los cadáveres baleados de guerrilleros o bandidos.

Nunca olvidaré la atroz imagen de Marcos Guaracas con la mandíbula y la clavícula destrozadas expuesto al pueblo como trofeo.

Cuando nos graduamos el 24 de noviembre de 1966, se dio la paradoja de que presidieron la ceremonia, aparte del rector, el párroco, padre José de Jesús Fernández, hombre de izquierda, gran orador y quien había colaborado por la vía de la conciliación en la pacificación del norte del Tolima, y quien me hizo desistir de quedarme como profesor de álgebra en un colegio de San Antonio y me impulsó para buscar nuevos rumbos en Bogotá a pesar de mi precaria situación económica, así como el alcalde militar de la población, capitán Desiderio Vera Jaimes, quien llegara a ser subdirector de la Policía Nacional y a cuyas exequias pude asistir como ministro de Justicia.

Nos graduamos dieciséis muchachos, ya que entonces los colegios en Chaparral no eran mixtos.

Han muerto cuatro de ellos, tres violentamente. El primero, a quien por su lentitud llamábamos ‘morrocoy’, se quedó de profesor, como pensaba quedarme yo.

En una fiesta de vereda sacó a bailar a una joven que resultó ser la novia de otro, que por ese solo hecho, enfurecido, le quitó la vida de una puñalada.

Luis Díaz, hermano de mis compañeros revoltosos y quien era el “churro” del curso, murió en Tumaco en un “suceso” no aclarado.

Jorge Criollo, inmediatamente después del bachillerato, se metió a piloto. Trabajando en los Llanos, fue desaparecido. Son las distintas formas de violencia que han ensangrentado esta nación, por cierto no todas vinculadas al conflicto armado.

El último, Eusebio Campos, el mejor para las matemáticas, pero que terminó perdido en la manigua y dedicado a la bohemia, murió hace poco en accidente de motocicleta muy cerca de las instalaciones del colegio, donde brilló por su clara inteligencia.

A la celebración que comento asistieron casi todos los vivos: el ‘coco’ Hernando Bermúdez, químico, el mejor futbolista del Murillo Toro. El médico Ángel María Cárdenas, irónicamente el único con limitaciones físicas por cuenta de un derrame, quien en una ocasión me pidió que le hiciera un discurso y le hice uno que terminaba en la frase de José Antonio Galán, “unión de los oprimidos contra los opresores”.

Enterado su padre, hombre económicamente acomodado, le propinó tremenda paliza porque se había vuelto “comunista” en plena época de la guerra fría.

Invitamos a algunos que habían terminado el bachillerato un año antes o después, como Manolo Torres, reconocido cirujano maxilofacial, hermano de un compañero nuestro que había adquirido reconocida fama de científico en Armero, muerto en la avalancha terrible de 1985. Pedro Contecha, pobre como lo éramos la mayoría en el colegio, convertido hoy en exitoso empresario de obras públicas.

Y, claro, no podían faltar los aires terrígenos: dos abogados que se han dedicado a una cosa más seria, como la música, pese a ser litigantes (y hasta fiscales) estuvieron recordando los sones del Tolima Grande.

Quien nos convocó a todos, Darío Méndez, otro empresario, tuvo que retirarse del colegio en quinto año por el asesinato de su padre y amenazas contra él y su familia, y no se molestó cuando todos simplemente lo llamábamos ‘Cabeza de hacha’ por la forma de su cara y cabeza.

Fue este, en suma, un grato reencuentro que durante dos largos días nos permitió, en un apacible clima de lealtad, aprecio recíproco y amistad sin sombras, volver sobre los fundamentos que a nuestra formación aportó el Murillo Toro y compartir, desde la memoria y sobre los recuerdos, propósitos, anhelos, ilusiones pero también pesares que nos hicieron hermanos desde que fuimos jóvenes.

ALFONSO GÓMEZ MÉNDEZ
Especial para EL TIEMPO

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