Alejandro Ordóñez: entre amores y odios

Alejandro Ordóñez: entre amores y odios

El saliente Procurador es amado por sectores conservadores, pero criticado por corrientes liberales.

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Alejandro Ordóñez Maldonado estuvo casi ocho años al frente de la Procuraduría.

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Archivo / EL TIEMPO

11 de septiembre 2016 , 03:12 a.m.

Alejandro Ordóñez, cuya elección como Procurador General para un segundo período fue anulada esta semana por el Consejo de Estado (tribunal del cual fue miembro), es un hombre amado y odiado.

Amado por sectores conservadores que lo consideran defensor de conceptos como autoridad, tradición y moralidad, y odiado por corrientes liberales que creen que el individuo debe ser cada vez más libre y que el Estado debe inmiscuirse menos en esferas absolutamente personales.

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El Partido Conservador y algunos sectores del Centro Democrático (el uribismo) lo tienen como uno de sus principales activos políticos.

Pero han sido sus acendradas convicciones religiosas las que más le han generado críticas, pues –a juicio de muchos– Ordóñez ha tratado de utilizar sus responsabilidades públicas para imponerlas.

Y no es gratuito. Este santandereano creció en una familia conservadora que iba a misa, sin falta, cada domingo y rezaba el rosario todas las noches, costumbres que conserva.

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Entre sus amigos se habla de una cita a la que Ordóñez no falta cada domingo ahora: la misa en la iglesia de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, en el barrio La Soledad, donde el ritual litúrgico sigue los preceptos de monseñor Lefebvre, una confesión conservadora que exige que la celebración se haga en latín y de espalda a los feligreses, como se hacía hace décadas.

Adora las imágenes religiosas. Cuando fue presidente del Consejo de Estado hizo retirar un óleo del general Santander que había en el recinto de la Sala Plena y en su reemplazo instaló un crucifijo.

En su despacho de la Procuraduría y en su apartamento abundan las estatuillas de la Virgen María y de los santos.

Bucaramanga

Ordóñez podría estar hoy al frente de la exitosa fábrica de galletas que tenía su familia en Bucaramanga, ciudad en la cual nació en 1955, pero en aquellos años su camino fue otro. Terminó siendo elegido presidente de las juventudes conservadoras, y de allí saltó a estudiar derecho en la Universidad Santo Tomás, también en la capital santandereana.

En esa ciudad aún se recuerda que en 1978, cuando era miembro de la llamada Sociedad San Pío X, hizo parte de un acto en el que se quemaron en un parque revistas pornográficas y publicaciones consideradas corruptoras, que fueron extraídas de la biblioteca Gabriel Turbay. Este acto se le reprocha hoy día.

Formalmente, su carrera en la vida pública se inició cuanto tenía 28 años, edad en la que –de la mano del Partido Conservador– llegó al Concejo de su natal Bucaramanga.

Tras finalizar esa incursión en la política, inició su carrera judicial y llegó en 1989 al Tribunal Administrativo de Santander, donde fue conjuez, magistrado y presidente.

En el 2000 fue elegido magistrado del Consejo de Estado, organismo del que fue presidente en el 2004.

Mientras hizo parte de ese tribunal protagonizó algunos enfrentamientos con las otras altas cortes. Por ejemplo, en el 2007 fue el ponente de un fallo en el que el Consejo de Estado consideró que la firma del pacto de Ralito no constituía una razón para perder la investidura de un congresista, a pesar de que la Corte Suprema mantenía presos a varios políticos (la mayoría uribistas) por firmar ese documento. Después, casi todos fueron condenados.

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Al decidir una demanda contra el senador conservador William Montes (condenado penalmente), Ordóñez consideró que los cargos que tenía la Corte Suprema contra Montes por supuestos nexos con paramilitares eran “irrelevantes para quitar la investidura. No obran en el proceso suficientes elementos probatorios que permitan afirmar la pertenencia del congresista a los mismos, de la sola firma del documento”, dijo en ese momento.

También tuvo diferencias con la Corte Constitucional. En el 2004 publicó el libro Desarrollo de la animalidad. En ese texto afirmó que el alto tribunal, con sus fallos al resolver tutelas, lo que estaba haciendo era “conduciendo a la sociedad al desarrollo de la animalidad”.

Ordóñez, el procurador

A finales del 2007, pocos meses antes de dejar el Consejo de Estado, tomó una decisión trascendental, tras una conversación con su esposa, Beatriz Hernández: quería ser procurador.

Gracias a los contactos que logró consolidar en las ramas Judicial y Legislativa, fue elegido en el 2008 por el Senado para ser Procurador. Se recuerda que incluso Gustavo Petro, por entonces senador y a quien luego destituyó como alcalde de Bogotá, votó por él.

Desde esta posición protagonizó duros enfrentamientos con grupos de minorías que sentían que los pronunciamientos de Ordóñez iban contra sus intereses.

Al terminar su primer mandato como Procurador, en el 2012, buscó que el presidente Santos lo nominara para su segundo período. El Presidente nunca le dijo que no, pero, en vista de que tampoco tenía una respuesta positiva, corrió y se hizo candidatizar en la Corte Suprema de Justicia, hecho que a la postre destruyó su relación con la Casa de Nariño.

Ordóñez, de hecho, derrotó al candidato del Presidente y desde entonces asumió una especie de retaliación con el Gobierno.

Desde la dirección del Ministerio Público lideró fuertes polémicas en temas como los derechos de la comunidad LGTBI, la eutanasia y el matrimonio y la adopción por parejas del mismo sexo. Se caracterizó por una oposición sistemática al acuerdo de paz.

El país también recordará a Ordóñez por las sanciones severas contra dirigentes políticos, muchos de ellos contradictores suyos.

A la senadora liberal Piedad Córdoba le impuso dos sanciones de destitución: una por 14 años y otra por 18 años, lo que la alejó de las urnas.

Al alcalde de Bogotá Gustavo Petro lo destituyó, pero este le ganó el pleito.

Hace poco reveló que durante su periodo había destituido a más de 1.500 alcaldes y 82 gobernadores.

POLÍTICA

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