Un discurso del siglo XIX, el que dio Macías en la posesión de Duque

Un discurso del siglo XIX, el que dio Macías en la posesión de Duque

El senador uribista quebrantó la tradición de investir al Presidente en un clima de unión y armonía.

Así transcurre la ceremonia de posesión de Iván Duque

Macías le dijo al nuevo presidente que el país tiene "todas las esperanzas puestas" en él para "sacar a Colombia del socavón en la que la recibe".

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Carlos Ortega / EL TIEMPO

11 de agosto 2018 , 11:13 p.m.

El 7 de agosto, durante el acto solemne de posesión del presidente Iván Duque, hubo un hecho que se robó toda la atención y todas las miradas, todos los comentarios en los mentideros y en las redes sociales. Y, la verdad sea dicha, la mayoría de esas reacciones fueron de estupor y desconcierto, de sorpresa, incluso de indignación.

Entre la lluvia y la ventisca, algo desató una pequeña tormenta. Y no fue el clima, sino el discurso del nuevo presidente del Congreso de la República, Ernesto Macías.

Por lo general, en las posesiones presidenciales, los medios y la ciudadanía se fijan en otras cosas. En los invitados, por ejemplo, en quiénes llegaron y quiénes no. Los más frívolos –y no solo ellos– hablan del vestido de la nueva primera dama y el nuevo presidente, mientras que los analistas espulgan hasta sus últimas consecuencias las posibilidades de interpretación de un acto lleno de símbolos de todo tipo.

Son los rituales del poder que suelen ser el poder mismo; las formas y los ademanes y los gestos en los que muchas veces reside la condición casi mística del acto de gobernar. Un bizantinismo en el sentido más profundo de la palabra: una especie de ceremonia de unción en la que el poder, el mando, se transmite de unas manos a otras. La proclamación del nuevo César, la coronación del nuevo rey.

En la historia de Colombia, la posesión de un presidente pertenecía, en rasgos muy generales, a una tradición republicana en la que casi siempre, por norma, brillaron la mesura y la austeridad, la emoción, la cordialidad, la aceptación de los principios básicos de la democracia encarnados en ese tránsito de un presidente que se va y otro que llega, pero al final siempre dentro de un espíritu de unidad y armonía.

Como si ese día al menos, por lo menos ese, fuera un paréntesis entre los fragores de la campaña pasada y los sobresaltos del día siguiente de la posesión, cuando la realidad se impone con toda su fuerza y no da tregua y hay que gobernar ya, empezar a hacerlo, para que no se desboque. Pero el día de la posesión pareció siempre un día feliz y lleno de esperanza, un buen augurio.

Claro, en tiempos recientes hubo anécdotas o incidentes, cosas para destacar entre tanta pompa y tanta solemnidad. Fue famoso, por ejemplo, el larguísimo discurso que pronunció en 1990, durante la posesión de César Gaviria, el senador Aurelio Iragorri Hormaza, quien habló tanto que muchos dicen que aún lo está haciendo. Eso mientras la hija menor del nuevo presidente, María Paz, saltaba y comía chicle y preguntaba si ya.

También hubo lugar para las frases memorables, como cuando en 1998, posesionando a Andrés Pastrana, Fabio Valencia les dijo a sus colegas congresistas: “O cambiamos o nos cambian”

También hubo lugar para las frases memorables, como cuando en 1998, posesionando a Andrés Pastrana, Fabio Valencia les dijo a sus colegas congresistas: “O cambiamos o nos cambian”, y no pasó ni lo uno ni lo otro. O cuando a Laureano Gómez lo posesionó la Corte Suprema de Justicia porque el Congreso estaba cerrado, desde septiembre de 1948, por una balacera. O cuando Dilian Toro le puso la banda al revés a Álvaro Uribe.

Pero habría que remontarse mucho en el tiempo, hasta nuestro traumático siglo XIX de guerras civiles y constituciones fallidas, para encontrar algo parecido a lo que el martes escuchamos los colombianos en boca de Macías, senador del Centro Democrático, al posesionar a Iván Duque.

Ni siquiera en los días de mayor sectarismo y ceguera de la violencia bipartidista de los años 30 y 40 del siglo pasado (esa guerra civil no declarada que acá llamamos La Violencia) hubo un discurso tan agresivo y tan desdeñoso de las formas como el que el 7 de agosto pronunció Macías entre los vítores de sus correligionarios y la cara destemplada o enfurecida de sus contradictores y aun la de muchos testigos imparciales.

El legislador huilense resumió en su discurso la narrativa política que le dio origen al Centro Democrático, el partido del expresidente y senador Álvaro Uribe Vélez. Según esa narrativa, Juan Manuel Santos traicionó los preceptos de la ‘seguridad democrática’ que lo llevaron al poder, sacrificándolos por el capricho vanidoso de un proceso de paz mal hecho e impune en el que, además, después del plebiscito de octubre del 2016, se le robó la voluntad al pueblo soberano.

Eso por no hablar de todos los pecados del santismo que Macías, sin miramientos de ningún tipo, enumeró en su discurso como un memorial de agravios contra el gobierno saliente: la ‘mermelada’, la corrupción, Odebrecht, etcétera. Como si las aguas volvieran por fin a su cauce, el presidente del Congreso notificó al país, allí, en vivo y en directo, del regreso al poder del ‘uribismo purasangre’. Por eso ganó Duque, parecía decir Macías.

Lo hizo casi como don Vicente Azuero, presidente del Consejo de Estado que el 7 de octubre de 1832 le tomó el juramento al general Francisco de Paula Santander, su amigo y mentor, que llegaba del exilio a ejercer por fin la presidencia. Dijo Azuero, hablando de los seguidores de Bolívar: “La tiranía pasó. Ella hizo su marcha feroz por sobre el llanto y la desolación… Pero olvidemos este tiempo luctuoso… Esta es la venganza sublime...”.

Se iniciaba así la tradición de que quien posesionaba al presidente veía allí también una oportunidad política para figurar, o para tirar línea, o para sacarse un clavo y atizar el candil hasta volverlo incluso una hoguera. Era también el inicio de un sistema político sin alternaciones pacíficas en el poder, con la guerra civil como el escenario natural de los partidos para imponer su visión excluyente del mundo.

Por eso, en 1853, cuando llegó a la presidencia el general José María Obando, un veterano de la guerra y un heredero y vocero de todos los conflictos ideológicos de la época, su posesión, el primero de abril de ese año, fue una verdadera ‘piqueria’ de mensajes velados y reproches entre el nuevo mandatario, el presidente del Congreso y, por si fuera poco, el vicepresidente José de Obaldía, que también quiso intervenir.

El presidente del Congreso, José Joaquín Gori, le advirtió a Obando que no se dejara impregnar por las nocivas ideas llegadas de Francia, el socialismo. Obaldía, mientras tanto, le dijo que la culpa de todo lo que había pasado en los años recientes la tenía Santander, por no haber intervenido, desde el Gobierno, en la elección de 1837, dejando que los godos se adueñaran de todo y empezaran las guerras.

Y cuando en 1930 el Partido Conservador pierde el poder, después de más de 40 años, el doctor Goenaga, presidente del Senado, le dice a Olaya Herrera, nuevo presidente

Y como las guerras seguían, a Obando lo sacó del Gobierno el dictador Melo, cuya posesión fue una farsa. Vinieron más revoluciones y más guerras y más gobiernos y más posesiones. Posesionando a Manuel María Mallarino, que quiso acabar con ese caos, le dijo Julio Arboleda, quien le tomó el juramento: “No faltan entre nosotros ambiciosos vulgares a quienes no pueda agradar la paz y el sosiego porque son incompatibles con su existencia tempestuosa”.

El siglo XX colombiano se inaugura con una guerra, la de los Mil Días, que acaba en la pérdida de Panamá. Y cuando en 1930 el Partido Conservador pierde el poder, después de más de 40 años, el doctor Goenaga, presidente del Senado, le dice a Olaya Herrera, nuevo presidente: “Recibís el país en completa paz... La transmisión legal y pacífica del mando es un hecho constante en la historia de Colombia…”.

Un hecho constante que quiso ser una tradición casi sin excepciones: la tradición de la República, quebrantada el martes por Ernesto Macías, como no se veía quizás desde los días de don Vicente Azuero en 1832.

Ojalá el gobierno que empieza se rija más por las palabras de concordia y unidad que pronunció el Presidente de la república que por las muy destempladas y combativas del presidente del Congreso.

ARCESIO FONSEKA
Especial para EL TIEMPO

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