El primer discurso de cierre de Santos tras sus 8 años de gestión

El primer discurso de cierre de Santos tras sus 8 años de gestión

El mandatario hizo un balance en el foro 'El estado del Estado: Nuevos retos, miradas innovadoras’.

Juan Manuel Santos

Durante el gobierno de Juan Manuel Santos se triplicó el número de personas de la tercera edad con ayuda monetaria, y se redujo a la mitad el déficit habitacional.

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Presidencia

17 de abril 2018 , 09:30 p.m.

Toda persona, toda empresa o todo gobierno deben tener una visión, un sueño, unos objetivos. Séneca decía –en los tiempos de la antigua Roma– que a aquellos que no tienen claro su puerto de destino, ningún viento les resulta favorable.

Por el contrario –y eso lo sabe cualquier marino–, cuando se conoce con certeza el puerto de destino, incluso las tormentas y las tempestades pueden usarse para llegar a él.

Los gobiernos, en particular, deben tener muy claros no solo sus objetivos y prioridades, sino también cómo hacerlos realidad. Dicho en términos militares, es imperativo tener una estrategia para ganar la guerra y las tácticas adecuadas para lograrlo.

En el 2010, el principal problema de Colombia seguía siendo la guerra con las Farc, que completaba 46 años sin resolverse, no obstante los diversos esfuerzos de mis antecesores para lograrlo.

Es imperativo tener una estrategia para ganar la guerra y las tácticas adecuadas para lograrlo

El otro gran problema del país era –y sigue siendo– la pobreza y la desigualdad, agravadas entre otras razones por la guerra y por la corrupción. En la lucha contra la pobreza se había avanzado, pero aún teníamos un nivel alarmante: más del 40 por ciento de la población vivía por debajo de la línea de pobreza.

En cuanto a la desigualdad, caminábamos como los cangrejos, de para atrás: crecía la economía pero no disminuían las brechas –unas brechas realmente vergonzosas–, ni entre personas ni entre regiones.

Resultaba entonces obvio que los dos grandes propósitos nacionales cuando asumí la Presidencia –hace casi 8 años– eran la paz y la búsqueda de una mayor equidad. Ese era nuestro puerto de destino.

Había que establecer el rumbo para lograrlo, y al mismo tiempo había que avanzar en tantos otros temas que el país reclamaba como urgentes y prioritarios: educación, salud, empleo, infraestructura, vivienda, TIC, el campo, la seguridad y tantos otros que interesan, con razón, a los colombianos.

Ninguno de los temas era excluyente, ni entre sí ni con los objetivos fundamentales.

Todo lo contrario; se reforzaban y en muchos casos eran condiciones necesarias o hacían parte del camino para avanzar hacia los grandes propósitos.

Lograr mejor educación, un mayor acceso a la salud o vivienda para los más pobres –por ejemplo– tendría efectos muy positivos en reducir la pobreza y disminuir la desigualdad. Como en efecto sucedió.

Con el puerto de destino definido, era imperativo crear las condiciones para poder navegar en esa dirección. Gobernar es priorizar, dicen algunos. La política es el arte de lo posible, dicen otros.

Había que escoger las políticas públicas a las que se les daría más importancia y tener las herramientas para ponerlas en práctica. Aquí entraba a jugar una palabra clave: ‘gobernabilidad’.

Sin la capacidad para materializar las prioridades, las buenas intenciones de un gobernante se quedan en eso: en buenas intenciones. Y la gobernabilidad en cualquier democracia depende en buena parte de tener mayorías efectivas en el Poder Legislativo, en el Congreso.

¿Qué hacer? Acudimos a la historia. Abraham Lincoln no solo ganó la guerra civil, sino que hizo aprobar en el Congreso la abolición de la esclavitud –su gran sueño– porque tuvo gobernabilidad. ¿Y cómo la logró? Invitando a quienes fueron sus rivales en las elecciones a formar parte de su gobierno.

Pues bien, aquí hicimos lo mismo. Invité a Germán Vargas, a Juan Camilo Restrepo y a Rafael Pardo a ser ministros de mi primer gabinete. Se formó así una coalición mayoritaria –que se denominó la Unidad Nacional– con el partido de ‘la U’, los liberales, los conservadores y Cambio Radical.

Gracias a esa coalición, sacamos adelante la mayor parte del programa legislativo del Gobierno durante los dos periodos presidenciales. Podemos decir con orgullo que fue uno de los periodos legislativos más reformistas en la historia del país.

Siguiendo con el símil del navegante que busca llegar a su puerto de destino, es indispensable tener los mapas y las brújulas que lo guíen cuando se encuentre perdido.

Esos mapas y brújulas son los principios y valores, tan necesarios en la vida de una persona, de una empresa, de un gobierno. En momentos de duda o dificultad, aferrarse a los principios y valores ayuda a recobrar el norte y seguir adelante.

Buen gobierno

En la gestión pública siempre he pregonado los principios del buen gobierno: eficacia, eficiencia, transparencia y rendición de cuentas. Desde el comienzo quisimos inculcar estos principios en todas las entidades del Gobierno, con resultados mixtos, como siempre sucede en lo público.

Un ejemplo concreto: todos, absolutamente todos los jefes de control interno de las entidades públicas del orden nacional han sido escogidos por meritocracia. No tenía sentido que los mismos controlados nombraran a sus controladores.

Quisimos imprimirle al Gobierno un talante verdaderamente democrático y liberal, en el mejor sentido de la palabra.

Les repetía a los funcionarios que este gobierno debería asociarse con conceptos como libertad, tolerancia, diálogo, justicia social, igualdad de oportunidades, respeto por la protesta, respeto por la crítica, por los derechos de las minorías y de los más vulnerables.

Les recordaba lo que decía Nelson Mandela: los gobiernos deben evaluarse por la forma como tratan a los más débiles. Todo esto no se quedó en simple retórica, sino que se tradujo en leyes y acciones concretas.

Mencionaré solo tres ejemplos: primero, hicimos aprobar la Ley de Víctimas y de Restitución de Tierras, que generó un proceso de reparación de las víctimas y de retorno de los desplazados a sus parcelas, como nunca se había visto en el país ni en el mundo.

Segundo, se penalizó la discriminación por razones de raza, etnia, religión, nacionalidad, ideología política o filosófica, sexo u orientación sexual, o discapacidad.

Y tercero, implementamos el índice de pobreza multidimensional, creado por el premio nobel de economía Amartya Sen y su Instituto de Desarrollo Humano en la Universidad de Oxford, como una forma no solo de medir, sino de construir y focalizar políticas públicas para reducir sobre todo la pobreza extrema.

Desde hace siete años, Colombia y México fuimos pioneros en la aplicación de esta metodología. Ahora, más de 60 países quieren aplicarla.

Para llegar al puerto de destino se requiere también viento o combustible. Son los recursos necesarios para poder tener una política social agresiva. Y esos los proporciona una economía fuerte.

Tercera vía

Desde que surgió la doctrina de la tercera vía, impulsada por el sociólogo Anthony Giddens, antiguo rector de The London School of Economics, siempre he creído que ese enfoque pragmático es el más adecuado y efectivo para lograr un buen desempeño económico.

No en vano, su aplicación coincide con los periodos de mayor generación de prosperidad en países como Inglaterra durante Blair, Estados Unidos durante Clinton, Brasil durante Cardoso, España durante Felipe González, Chile durante Lagos.

La tercera vía se resume en la siguiente frase: el mercado hasta donde sea posible, el Estado hasta donde sea necesario.

Cada país tiene sus propias características, y puede suceder que hasta en un mismo país los mercados funcionen para unos sectores y no para otros. Por eso requiere una calibración permanente.

El mercado hasta donde sea posible, el Estado hasta donde sea necesario

Factores como acceso a mercados internacionales, buenas regulaciones, buena infraestructura o una verdadera libre competencia para evitar los monopolios son requisitos importantes para una economía exitosa. Y en ellos avanzamos.

Cuando llegamos al Gobierno teníamos acceso privilegiado por tratados comerciales a unos 480 millones de consumidores, todos en América Latina. Esa cifra se incrementó a más de 1.500 millones de consumidores no solo en la región, sino también en Estados Unidos, Canadá, Europa y Corea del Sur.

Pero la verdad es que no hemos aprovechado esto como deberíamos. Seguimos siendo un país relativamente cerrado, con bajas exportaciones per cápita y no lo suficientemente diversificadas. Aquí –como en tantos otros frentes– hay que redoblar esfuerzos.

La cifra clave para tener una economía creciente y fuerte se llama inversión. La competencia internacional se reduce, en el fondo, a estimular o atraer inversión. La inversión genera crecimiento y el crecimiento genera empleo.

La inversión se logró incrementar en estos últimos siete años a los niveles más altos de nuestra historia –pasó del 23 al 27,5 por ciento del PIB–.


Actualmente tenemos la tasa de inversión más alta de la región, a pesar de la baja tan drástica en los precios del petróleo y, por ende, de la inversión petrolera.

Un factor fundamental para la inversión es la confianza en el futuro de la economía, que se mide por el llamado riesgo país. Las cuentas fiscales son determinantes.

Desde el principio del gobierno impulsamos una reforma constitucional para considerar el efecto fiscal en las decisiones del Estado y la ley de regla fiscal –una especie de camisa de fuerza que impide que el gasto se desborde exageradamente sobre los ingresos–.

Gracias a estos ejercicios de autodisciplina se crearon las condiciones para que las calificadoras de riesgo nos otorgaran y nos sigan manteniendo lo que se denomina grado de inversión.

Esto tiene una ventaja enorme porque facilita y abarata el acceso al crédito para el Estado y las empresas colombianas. Se calcula que por este solo factor, en los últimos siete años los colombianos nos ahorramos 7,35 billones de pesos.

Conservadores en lo fiscal y progresistas en lo social fue siempre la consigna. Pura tercera vía. Lo primero es condición necesaria para lo segundo.

Hay que tener los recursos fiscales suficientes para poder invertir en los programas sociales; por eso, la responsabilidad fiscal es tan importante.

Además, las crisis fiscales –que generalmente se producen por la irresponsabilidad en el manejo de las finanzas públicas– son las que acaban vulnerando más los derechos de los ciudadanos, sobre todo de los más pobres. Lo vivimos en carne propia con la crisis de comienzos de siglo.

Particularmente difícil fue mantener la disciplina fiscal luego de que los precios del petróleo –nuestro principal generador de divisas y de recursos fiscales– cayeran en un 60 por ciento. Fedesarrollo sostiene que fue el choque externo más duro que ha recibido la economía colombiana desde el de la Gran Depresión de los años treinta.

Nos tuvimos que apretar el cinturón –¡y de qué forma!–, pero lo hicimos tratando de no afectar ni el empleo ni los principales programas sociales, con una serie de medidas que llamamos de ‘austeridad inteligente’.

Todos los organismos internacionales, sin excepción, destacaron la forma como Colombia logró ajustarse, sin mayores traumatismos, a la nueva y dura realidad.

El crecimiento, por supuesto, se resintió. De un promedio de 4,5 por ciento en los primeros cinco años de gobierno se redujo a 2 por ciento en el 2016 y a 1,8 por ciento el año pasado, pero se mantuvo por encima del promedio regional.

La tasa de crecimiento este año debe ser por lo menos un 50 por ciento superior a la del año pasado –el Fondo Monetario Internacional subió su pronóstico para Colombia al 2,7 por ciento– y debe seguir en plena recuperación hacia su verdadero potencial, que se calcula ahora alrededor de entre 3,5 y 4 por ciento.

Uno de los motivos por los cuales el FMI mejoró su pronóstico sobre la economía nacional es la inversión sin precedentes que estamos haciendo en infraestructura.

Infraestructura

Este gobierno asumió el reto de recortar el inmenso rezago que teníamos en materia de vías, y ha multiplicado las dobles calzadas, mejorado y modernizado los aeropuertos y ampliado los puertos, en un esfuerzo monumental del que todos los colombianos dan fe.

Por eso, a pesar de tantas vicisitudes y situaciones tan adversas en el vecindario y en el escenario internacional, lo cierto es que dejamos una economía bastante más sólida que la que encontramos.

A eso debe aspirar todo gobernante: a construir sobre lo construido, a avanzar. Y eso hicimos. Los resultados están a la vista. Las cifras no mienten.

Algunos resultados: en estos ocho años bajamos el déficit fiscal, incrementamos la inversión como porcentaje del PIB a niveles sin precedentes y duplicamos la inversión extranjera, bajamos el desempleo a un dígito, creamos millones de empleos –de los cuales la mayoría son formales, lo que significó que por primera vez hay más formales que informales–; la inflación se mantiene en niveles razonables –fue del 3,14 por ciento para los últimos doce meses–, redujimos el riesgo país, conectamos todos los municipios a la internet de banda ancha... En fin, la lista es larga.

En el frente social, bajamos la pobreza, medida por ingresos, del 40 al 28 por ciento de la población. Esto significa ¡más de 5 millones menos de pobres en el país! A lo que se suma que redujimos la pobreza extrema casi a la mitad. Somos campeones de la región en esta materia.

Ahora podemos decir que en Colombia hay más clase media que pobres.

La cobertura de sistema de salud la volvimos universal y con tratamientos iguales para todos.

Bajamos la pobreza, medida por ingresos, del 40 al 28 por ciento de la población. Esto significa ¡más de 5 millones menos de pobres en el país!

Decretamos la educación gratuita en los colegios públicos para todos los niños y niñas del grado 0 al grado 11, y mejoró su calidad.

Aumentamos en más de 14 puntos el acceso a la educación superior. Es decir, mientras que hace 8 años solo 37 de cada 100 bachilleres entraban a la educación superior, hoy lo hacen 51 de cada 100. Al final del gobierno serán 57.

El déficit habitacional se redujo en 50 por ciento porque se construyeron más de millón y medio de viviendas, de las cuales 135.000 fueron casas totalmente gratis en los centros urbanos y 165.000 en las áreas rurales, para los más pobres de los pobres.

Se triplicó el número de viejitos con ayuda monetaria, y más de 1’200.000 niños son ahora beneficiados todos los años con el programa para la primera infancia De Cero a Siempre.

Todo lo anterior se reflejó en una disminución de la desigualdad.

Los ingresos del 20 por ciento más pobre de la población crecieron a un ritmo 5 veces superior al del 20 por ciento más rico. Ese era uno de los grandes propósitos.

Desigualdad

Entre personas, el llamado coeficiente de Gini bajó de 0,578 en el año 2009 a 0,517 en el año 2016, todavía demasiado alto pero rompimos la tendencia y fuimos el país de la región que más avanzó.

Entre regiones, la brecha en ingresos se disminuyó de forma dramática, gracias principalmente a la reforma constitucional que nos permitió repartir mucho mejor las regalías. Fue otro gran paso hacia la equidad.

Nos falta muchísimo, por supuesto. En la lucha por más igualdad y en otros temas que siguen siendo cruciales –donde avanzamos pero donde queda todavía mucho por hacer–, como es el caso de la justicia y de la lucha contra la corrupción.

Nos van a criticar por muchas cosas. Es apenas normal. Sin duda, cometimos errores. Se pudo hacer más –siempre se puede–, y soy el primero en reconocerlo.

Pero podemos decir, con cifras y datos objetivos en la mano, que en la búsqueda de una mayor igualdad progresamos; ya no caminamos como los cangrejos.

En conclusión: uno de los objetivos fundamentales, el de dejar un país más equitativo con una economía más sólida, se logró.

El otro gran objetivo, el de la paz, también se logró. Les dejamos a nuestros hijos una Colombia sin Farc, como grupo armado.

Fue un camino difícil, tortuoso, lleno de dificultades, de enemigos, muy costoso políticamente, pero bien valió la pena. El año pasado fue el más tranquilo en décadas.

Miles de vidas se han salvado. La tasa de homicidios está en su nivel más bajo en 42 años. El mundo entero lo reconoce y aplaude.

Para lograr este gran objetivo también se necesitó crear las condiciones propicias, que eran básicamente tres.

Primera, modificar la correlación de fuerzas en el campo militar; segunda, convencer a los comandantes de las Farc –con garrote y zanahoria– de que para ellos era mejor negociar la paz que continuar la guerra; y tercera –como sucede hoy con cualquier guerra asimétrica–, encontrar apoyo regional.

La tasa de homicidios está en su nivel más bajo en 42 años. El mundo entero lo reconoce y aplaude

Cómo fue este viacrucis, los detalles del proceso, y los aspectos novedosos que hacen del acuerdo de paz con las Farc el más completo que se haya negociado para terminar un conflicto armado interno, serán objeto de un escrito aparte.

Ya se vislumbra, entonces, el puerto de destino. Un país en paz –que logró terminar más de medio siglo de conflicto con la guerrilla más poderosa y vieja del continente– y un país con menos pobreza y menos desigualdad.

Durante esta travesía –como en cualquier travesía– tuvimos que afrontar muchas tormentas, muchos contratiempos. La iniciamos con el peor fenómeno de la Niña de nuestra historia, con inundaciones que dejaron más de tres millones de damnificados; sufrimos también el más duro fenómeno del Niño, que asoló el campo y casi produce un apagón; desastres naturales como los de Gramalote, Salgar o Mocoa; nos golpearon muy duro la crisis petrolera, la crisis cafetera, la debacle venezolana.

Ni qué decir de una oposición sin precedentes en nuestra historia reciente, por lo visceral y destructiva, promotora de una repudiable polarización en el país que solo trae secuelas negativas. Por fortuna, todo pasajero.

Pero también tuvimos vientos a favor. El país nunca había tenido tanto respaldo internacional. La histórica y esperanzadora visita del Papa y de tantos jefes de Estado que vinieron a consolidar relaciones de amistad y cooperación con nuestro país.

Colombia es ahora referente mundial en grandes temas como el medioambiente. Nos convertimos en destino turístico importante. Fuimos escogidos por la revista The Economist como el país del año en el 2016 y por The New York Times como el destino para visitar en 2018; 60 países nos quitaron la visa.

Incluso –con programas de apoyo a los atletas de alto rendimiento y de estímulo al deporte, como Supérate–, nos convertimos en potencia deportiva. Ganamos más medallas olímpicas y paralímpicas que nunca, y clasificamos a los dos mundiales de futbol.

En fin, hay muchísimas más razones para ser más optimistas que pesimistas y para sentirnos cada vez más orgullosos de ser colombianos.

Yo sé que esto que acabo de decirles no es lo que ven ni oyen en las noticias de cada día, ni en las redes sociales ni en los discursos de los políticos en trance electoral, porque vende más, les sirve más, el alarmismo que una reflexión realista, positiva y esperanzadora.

Pero les pido que recordemos cómo estábamos hace menos de una década, cuando la tasa de homicidios estaba por encima de 35 por cada 100.000 colombianos, cuando más de 40 de cada 100 compatriotas eran pobres, cuando nuestra economía no tenía grado de inversión, cuando solo podíamos viajar a 26 países del mundo sin visa, cuando sufríamos los efectos de un conflicto interno armado que parecía imposible de detener.

No digo esto para condenar el pasado. Hay que reconocer que desde el año 2000 se presentaron avances en muchos frentes, y que cada gobierno hace lo que puede.

Lo digo para que tengamos presente lo mucho que hemos progresado... y lo mucho que podemos progresar.

Apenas la nave del actual gobierno toque tierra firme, dentro de unos meses, habrá cambio de capitán. Colombia deberá seguir navegando hacía su puerto de destino con nueva tripulación y nuevas coordenadas.

Es el juego de la democracia. La consolidación de la paz, la reconciliación, dejar atrás los odios y la búsqueda de más justicia social seguirán siendo prioridades.

Pensar en grande, definir el puerto y mantener el curso; construir sobre lo construido; hacer lo correcto, así sea impopular; y paciencia, ¡mucha paciencia! sería mi humilde consejo.

Al nuevo capitán, quienquiera que sea, todos debemos desearle buen viento y buena mar.

JUAN MANUEL SANTOS CALDERÓN
Presidente de la República

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