Forerito: la memoria que le queda al Senado

Forerito: la memoria que le queda al Senado

Con escuchar un audio de hace más de 4 décadas es capaz de reconocer qué congresista interviene.

Álvaro Forero, trabajador del Congreso

A Álvaro Forero, Forerito, le gusta que los debates entre los legisladores duren más de diez horas, como ocurría en el Congreso en épocas pasadas.

Foto:

Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

20 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

¡Policía! ¡Policía! Fueron los gritos desesperados del presidente del Senado Eduardo Abuchaibe, el 21 de julio de 1971, cuando 60 representantes a la Cámara del partido Alianza Nacional Popular (Anapo) irrumpieron, algunos armados, al recinto. Fue una de las sesiones más escabrosas de las que se tenga memoria.

Los congresistas de la Anapo llegaron a sacar al senador Luis Ignacio ‘Nacho’ Vives, quien promovía un debate contra el general Gustavo Rojas Pinilla. Los ánimos se caldearon.

Varios espectadores se lanzaron desde las barras del Senado y se enfrentaron con congresistas y asesores, en medio de insultos y amenazas. Los de la Anapo se paseaban por todo el recinto con sus armas desenfundadas, mientras 5 policías que prestaban guardia miraban impotentes.

‘Nacho’ Vives logró escabullirse por la cabina de prensa y se mantuvo agazapado cerca de dos horas, hasta que llegaron refuerzos de la Fuerza Pública a controlar la gresca. La tenebrosa sesión dejó un congresista herido.

“El senador conservador Raimundo Emiliani Román llegó tarde al recinto, cuando el ambiente estaba caldeado y sin saber qué pasaba. Él se metió una mano en el saco para sacar un cepillo para peinarse, pero el coronel Hernando Forero, miembro de la Anapo, pensó que iba a sacar un revólver y le pegó un puñetazo en la cara. Tocó pedir asistencia médica”.

Este es uno de los cientos de hechos que recuerda con detalle Álvaro Forero, el trabajador más antiguo del Congreso. Desde hace 54 años está vinculado a la oficina de grabación del Senado.

Su trabajo consiste en estar pendiente de que el sonido de todos los espacios del Senado opere a cabalidad, grabar todo lo que se discute y transcribir el material. Esta misión es vital, pues de allí se desprenden los textos finales de las leyes. Pero además es el encargado de conservar la memoria del Legislativo.

Con solo escuchar las cintas de grabación de hace más de 40 años, ‘Forerito’, como es conocido en los pasillos del Capitolio, es capaz de identificar qué congresista está interviniendo.

“De oírlos tanto se me quedaron las voces. Es difícil olvidarlas, porque el disco duro de mi cabeza no falla”, aseguró.

Tantos años en esta labor han llevado a que el Congreso, una de las instituciones más desprestigiadas del país, tenga en este hombre de 73 años, ojos saltones y paso cansino, a su mayor defensor.

Hace algunos años abordó un taxi. Al solicitarle que lo llevara hasta el Capitolio, el conductor solo atinó a decirle: “Claro, yo lo llevo donde esos ladrones”. Con voz pausada pero firme, Forero increpó al taxista: “Señor, a mí me robaron en un taxi, y por eso no digo que todos ustedes son unos delincuentes”.

Esta es la actitud que toma cada vez que escucha comentarios desobligantes contra los congresistas.

El debate más largo

En sus archivos reposa, por ejemplo, el debate más largo que se ha producido en la historia del Senado, promovido por el senador ‘Nacho’ Vives contra los ministros Enrique Peñalosa (padre del actual alcalde de Bogotá) y William Fadul. El debate duró dos meses, desde el 20 de julio hasta el 11 de septiembre de 1967. Fue transmitido por radio tarde y noche.

Forerito almacena las cintas numeradas y en orden. Una de ellas, del 16 de diciembre de 1965, aún le causa vergüenza.

Ese día llegó temprano para alistar lo que sería uno de los acontecimientos más importantes del mes: la clausura del Congreso por el presidente Guillermo León Valencia. Tan pronto el jefe de Estado ingresó al recinto le ordenaron poner a sonar el Himno Nacional, pero por error se escuchó fue ‘La ceiba’, de Los Corraleros de Majagual. “Esa guárdemela para después”, atinó a decir el Presidente.

Uno de los episodios más pintorescos que recuerda Forerito ocurrió el 16 de agosto de 1983, cuando un guardia del Capitolio no le permitió la entrada al entonces congresista Pablo Escobar porque no llevaba corbata. Al ver la situación, otro de los celadores le cedió la suya. Escobar, el más temido narcotraficante del país, le agradeció el “gentil” gesto con 300.000 pesos de la época.

Archivo en peligro

En un recinto de menos de 30 metros cuadrados se almacenan las cerca de 10.000 cintas que guardan las intervenciones de los senadores desde 1966.

Hoy, la mayor preocupación de Forerito es que se conserve todo el material, pues, más de 50 años después, las cintas empezaron a llenarse de hongos y perdieron su nitidez. Algunas ya se encuentran inservibles. El temor es que se repita la historia de lo que ocurrió con las grabaciones de antes de 1966.

“Antes de 1966 se grababa en acetatos, pero el archivo sonoro de esa época desapareció por descuido del material”, se lamentó don Álvaro.

En los archivos desaparecidos se encontraba el juicio que le hicieron al general Gustavo Rojas Pinilla, entre 1957 y 1958, y el audio del discurso más largo pronunciado en la historia del Congreso, el 7 de agosto de 1946, cuando el senador José Jaramillo Giraldo se despachó seis horas seguidas hablando.

También se perdió la grabación de la sesión más violenta de la historia del Congreso, ocurrida el 8 de septiembre de 1949, en la cual murió el representante liberal Gustavo Jiménez y resultó herido el representante Jorge Soto del Corral.

“Es mejor que antes de que yo falte o se me borre el disco duro se haga la digitalización del archivo sonoro del Congreso para que no se repita la historia”, sentenció Forerito.

Don Álvaro se pensionó a finales de 2010, por la ley de retiro forzoso, pero de inmediato el Congreso tuvo que vincularlo de nuevo, esta vez como contratista, ante el temor de que el archivo se quede viudo.

“Hoy tengo una misión: recuperar la historia legislativa. Yo mismo he ido reconstruyendo, de mi puño y letra, lo que ocurre en cada cinta, explicando quién intervino y quién interpeló”, contó.

Aunque es un trabajo que disfruta, teme que no le alcancen los días para terminarlo, pues mientras el tiempo de grabación en el Senado aumenta con cada nueva sesión, el suyo es cada vez menor.

Durante sus años de servicio le han correspondido varios saltos tecnológicos, como grabadoras de transistores, de carrete abierto, de casete y digitales.

Pero la transición que más le ha afectado es la de los congresistas. Prefiere a los de antes.

“El Congreso de hace 40 años es muy distinto al de hoy. La oratoria era mucho mejor, se trabajaba con mayor ahínco. Era más independiente que el de ahora, no dependía tanto del Ejecutivo”, aseguró, recordando esos días en los que la sesiones duraban 10 o 12 horas.

Le gusta que los debates duren tanto como puedan. Así ha sido desde 1963, cuando ingresó a la oficina de grabación del Senado luego de haber sido celador del Capitolio durante tres meses. Desde ese momento se ha negado a, como lo dice él, “colgar los audífonos”.

Pero sabe que más pronto que tarde tendrá que abandonar el recinto del Senado; cuando ese día llegue, el más perjudicado no será él sino el Congreso. De eso está convencido, y lo dice sin sonrojarse: “A mí me regalaron dos columnas del Capitolio, el día que me vaya se cae esto”.

La noche de los 40 tiros en el recinto del Congreso

En la sesión del 8 de septiembre de 1949, el representante conservador por Boyacá Carlos del Castillo lanzó recriminaciones contra dirigentes liberales de su departamento. Su paisano, el liberal Gustavo Jiménez, reaccionó; Castillo le replicó furioso y lo acusó de falto de valor. De inmediato, en el recinto empezaron a volar micrófonos, sillas y ceniceros. El hecho desembocó en un tiroteo y en la intervención de la policía.

En medio de la confusión se oían órdenes militares, amenazas y gritos de congresistas que clamaban un médico. En su curul, el representante Jorge Soto del Corral emanaba sangre de sus piernas, mientras que otros recogían moribundo a su colega Gustavo Jiménez, quien recibió dos heridas mortales. A las pocas horas falleció.

Según expertos, esa noche fueron disparados 40 tiros exactos.

JAVIER FORERO
Redacción Política

Sigue bajando para encontrar más contenido

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA