Lo apodan 'Charlita'. Reinvindica los juegos ancestrales indígenas.
A Carlos Ramos no le molesta que le digan que es un "payaso". Ese calificativo, que para otra persona podría significar una ofensa, en él resulta un halago.
Por estos días se hospeda en la Universidad Nacional con sus compañeros de minga y sobresale por su pintoresco atuendo: con un vestido de mujer que simula la piel de un leopardo, enaguas encima de los calzoncillos, peluca multicolor, zapatos negros de gamuza, medias tobilleras tipo colegiala, que le dejan ver media pierna peluda, y un pimpón en la nariz.
De su mochila blanca, Charlita -como es conocido en su resguardo- saca el elemento que hace que su show sea único en cuanta movilización indígena participa. Es un trompo, sí un trompo, pero no uno convencional de esos que venden en las misceláneas de esquina: de pasta, colores vistosos y coronado con una puntilla. Se trata de un prototipo artesanal fabricado por Ramos a punta de lijar un simple pedazo de palo, "de esos que uno se encuentra en el camino", aclara.
Su público está listo. Esta vez no son sus compañeros del resguardo de Canoas en el municipio caucano de Santander de Quilichao. Son hombres y mujeres ajenos a los juegos y a la mística cómica indígena, que se dejan atrapar por las vueltas que en el aire da el primitivo artefacto.
Para que el trompo no se detenga, el 'payaso' le lanza latigazos con una pequeña fusta, en fuertes dosis que hacen que los presentes suelten carcajadas y mentalmente apuesten el número de vueltas que dará. "Represento la parte cómica de un payaso y reivindico los juegos tradicionales que nos enseñaron nuestros ancestros", cuenta Ramos, quien además de la comedia se dedica en su pueblo a cultivar café y plátano.
Su voz y su talento para sacarle chiste a todo es familiar para los oyentes de una de las emisoras de su resguardo indígena. "Él en todas las mingas se disfraza así -aseguró su hermano Julio Orlando-. Por el trompo, sus gracias y simpatía, todos los cabildos del Cauca lo conocen".
Ahora 'Charlita' guarda el trompo entre el bolsillo y se quita los trapos que rellenaban la parte alta de su vestido de fémina para encarnar un papel trágico, el del campesino que vino a Bogotá en busca del respeto de sus derechos.
FABIÁN FORERO BARÓN
REDACTOR DE EL TIEMPO
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