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Mi gran emoción comenzó cuando vi por televisión que el presidente Hugo Chávez había hablado con mi tía y con doña Consuelo. Entonces supe que por fin este sufrimiento se había acabado.
Corrí hacia donde se encontraba mi abuelita, que estaba reunida en la otra habitación con el embajador de Colombia y las hermanas Perdomo. Entré y les dije en voz alta: mi tía y doña Consuelo hablaron con el presidente Chávez. Ya las tienen. (...)
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