La crueldad del desarraigo

La crueldad del desarraigo

Urge trabajar en favor de emigrantes y refugiados, para salvar sus vidas y proteger sus derechos.

21 de julio 2018 , 12:20 a.m.

No me gusta este tiempo de retóricas interesadas que todo lo confunden y dilapidan en interés de algunos. Solo hay que escuchar la voz de algunos líderes más afanados en aumentar sus gastos de defensa, que en propiciar el derecho a la salud universal como algo innegociable o que las buenas prácticas de acogida e integración entre humanos sea algo más que un buen propósito.

Es tiempo de realidades, de acciones concretas, de reacciones contundentes frente a tantas desorientaciones y mentiras. Por eso, que una escuela en el centro de Argentina haya abierto sus puertas a los estudiantes sirios que llegaron al país suramericano tras escapar de la guerra que desde hace más de siete años asola su país, es una gran noticia, que merece expandirse y celebrarla. Este es el cauce por referenciar, el pulso para imitar, o si quieren la respuesta para repetir: acoger sin más, resguardar en todo momento, suscitar encuentros y reencontrarse.

En efecto, precisamente, en una de las llamadas ‘Escuelas Generativas’, establecidas por el Gobierno argentino de la provincia de San Luis y que están alineadas con objetivos de las Naciones Unidas al incentivar una educación innovadora, inclusiva y de calidad, nos consta que se cultiva vivamente la tolerancia y el respeto día a día. Y esto, sin duda, es saludable para todos, ya que nos ayudará a vernos con otros ojos más comprensivos, lo que favorecerá la cultura del hermanamiento y de la unidad. Ojalá se imiten estas actitudes.

Uno vive del donarse y del acogerse. Acá es donde se anida todo. En consecuencia, nos urge entendernos, saber tender la mano, y ponernos a trabajar en favor de los emigrantes y refugiados, primero para salvar sus vidas y luego para proteger sus derechos, compartiendo esta responsabilidad a nivel global; sin eludir que la crueldad del desarraigo es algo tremendo.

Estamos llamados a aligerar la carga de la dureza del exilio, a poner nuestra mirada más allá de nosotros mismos, y ver que nos necesitamos todos para poder armonizar los caminos del mundo. Esta es la cuestión, y este proceso ha de incluir en su primer nivel más corazón que coraza, puesto que todos formamos parte innata de esa única familia humana.

Indudablemente, el mejor de los ensueños es transitar por los caminos de la autenticidad. Esto es lo que nos acerca y nos hace mejores ciudadanos. El momento actual, para desgracia de todos, es de una crueldad sin límites, ha desaparecido la alegría de vivir en las personas, en parte por ese alejamiento entre semejantes, que nos vuelve más infelices que nunca.

Hay que combatir el desarraigo y la pérdida de la identidad de cada cual, dignificar a todo ser humano, sin obviar que hemos de reconducirnos en la unidad de la que formamos un indiviso, que es lo que realmente nos concilia y reconcilia nuestra propia existencia mundana. De ahí que no me sirvan las oratorias normativas del más fuerte, donde el poderoso devora al más débil y lo inutiliza para siempre, estas son políticas egoístas, y lo que nos hacen falta son políticas universalmente humanísticas, que nos encaminen a un diálogo sincero del corazón, más que del cuerpo a cuerpo. Aún hoy, con más frecuencia de la debida, Naciones Unidas suele informar de una amplia gama de violaciones de los derechos humanos, que incluyen ejecuciones extrajudiciales, torturas, detenciones arbitrarias y violaciones del derecho a la libertad de expresión de las personas, además de campañas de incitación al odio y la difamación, lo que nos exige un acuerdo global de convivencia y respeto, de construcción verdadera con referentes de verdad y amor.

En suma, que el requerimiento pasa por cimentar esa oda imprescindible, donde todos podamos sentirnos hermanados con el melódico ritmo de la consideración, y bajo esta trascendencia solidaria poder rescatar la verdadera vida del verso, del que fuimos parte y al que hemos de volver, más pronto que tarde.


corcoba@telefonica.net

Columnistas

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