Tras 21 meses de una de las campañas más intensas de la historia política reciente, el senador demócrata Barack Obama se convirtió en el presidente 44 de Estados Unidos, en una jornada histórica para ese país. Por primera vez, un político de raza negra gana la primera magistratura de una sociedad que aún vive asolada por su pasado segregacionista. Contra todos los pronósticos y quebrando mitos y barreras, el mensaje de cambio, esperanza y optimismo de la campaña demócrata se impuso de manera contundente ante la aspiración del senador republicano John McCain. En las calles, plazas y avenidas y a lo largo y ancho de Estados Unidos, decenas de miles de personas festejaron en la madrugada de ayer la elección de Barack Obama, político que hoy encarna las expectativas y las angustias de una sociedad diversa y tierra de oportunidades para jóvenes, minorías e inmigrantes.
De los 50 estados, el senador Obama obtuvo la victoria en 29 con 364 votos electorales frente a los 21 estados y 174 votos electorales que se inclinaron por John McCain. De la mano de Obama, los demócratas desplegaron un nuevo mapa político en el territorio estadounidense, mucho más acorde con las realidades socioeconómicas y demográficas.
Obama ganó la elección presidencial del país más poderoso del mundo porque supo articular las necesidades de cambio de la mayoría del electorado con respecto a la economía, la política exterior y la guerra en Irak. Logró prácticamente lo imposible: un político inexperto, negro, con un apellido extranjero, enfrentado a las maquinarias tradicionales de su partido y a los esposos Clinton con un vago mensaje de superar las barreras partidistas, convertido en el nuevo inquilino de la Casa Blanca. El presidente electo desarrolló una campaña bien organizada, aceitada y financiada, que mantuvo un mensaje coherente, soportó los ataques de los contrarios y tenía claro el objetivo: convencer a los indecisos de que su liderazgo y su carácter compensarían su falta de experiencia y su corta hoja de vida.
El legado desastroso del presidente George W. Bush también contribuyó a esta victoria histórica: un país en medio de una severa crisis económica, enterrado en dos guerras en Irak y Afganistán, con una Casa Blanca dedicada a profundizar las divisiones partidistas y con una reputación internacional que anda por el suelo. A pesar de la hoja de vida de servicio militar y público del candidato John McCain, la sombra de Bush fue tan larga y oscura que, con excepción de unos pocos días, los republicanos nunca pudieron tomar la delantera a lo largo de la campaña.
Ante Irak, la crisis económica y la reputación de Estados Unidos en la comunidad internacional, Obama marcó una profunda diferencia con la administración republicana. En los tres debates presidenciales, el hoy presidente electo mantuvo siempre la cabeza fría, no perdió nunca el control y, a paso seguro, despejó las dudas de muchos votantes que no lo sentían preparado para ocupar la Casa Blanca. La debacle de Wall Street y el malestar económico reciente se convirtieron en prueba ácida para este liderazgo que Obama presentó ante el electorado y que lo llevó a la Casa Blanca.
También fue un fenómeno mediático, tecnológico y generacional. Durante más de año y medio de campaña, el demócrata usó Internet como una herramienta de movilización política, recaudación de fondos y propagación de sus propuestas. Es, sin duda, el primer presidente de Estados Unidos que sentó parte importante de su estrategia de campaña en la tecnología. Dada su juventud, 47 años, Obama representa una nueva generación de estadounidenses, nacida después de las luchas sociales y económicas de los años 60, que supo sacar provecho de los programas de acción afirmativa, de la ampliación de la educación y de los cambios demográficos.
No obstante, los retos que desde ayer empezó a encarar el presidente electo de Estados Unidos son inmensos. A las grandes expectativas de sus compatriotas, creadas en esta larga campaña con mucha retórica y peso histórico, les debe añadir la profunda crisis de la economía doméstica y los dos frentes de guerra abiertos en Irak y Afganistán. La transición será muy activa, ya que la incertidumbre de los estadounidenses frente al empleo y a las hipotecas crece con cada indicador económico que se revela.
Los paquetes de alivio para los deudores morosos de vivienda y las medidas para reactivar la economía son esperados con ansia por los votantes y ya son producto de debate dentro de influyentes tanques de pensamiento de tendencia demócrata en Washington.
Dada su retórica y su inexperiencia ejecutiva, no hay claridad sobré que tipo de gobernante será el presidente Obama: ¿promoverá los sacrificios que implica responder a una crisis de estas proporciones a costa de su gran capital político? ¿Buscará equilibrios entre los distintos grupos de interés y de presión de su partido que, tras ocho años de sequía, regresan al poder en la Casa Blanca y el Congreso?
En el caso de América Latina, y en el de Colombia en particular, es temprano para especular sobre los cambios inmediatos que habrá en la agenda bilateral. No obstante, la mayoría demócrata ahora en el poder favorece condicionamientos a los paquetes de ayuda militar, intercambio comercial y lucha antidrogas a cambio de mejoras en el frente de los derechos humanos. Para nuestro país la llegada de la nueva administración Obama podría constituirse en una oportunidad única para delinear nuevos puntos de la agenda bilateral.
La victoria contundente de Obama es evidencia elocuente de que Estados Unidos anhela un profundo cambio de política, estilo, liderazgo y rumbo. También, la prueba fehaciente del camino recorrido hacia el famoso sueño de Martin Luther King Jr., el inmolado líder negro estadounidense contra la segregación, en su histórico discurso: "Yo tengo un sueño: que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel, sino por el contenido de su carácter". A punta de carácter y con un discurso refrescante y esperanzador, 45 años después llega Obama, contemporáneo de los hijos de King, a la Casa Blanca.
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