La totalidad de los presidentes que asistieron a la V Cumbre de las Américas, el fin de semana pasado, salieron contentos de la reunión. Los rostros sonrientes, los amistosos estrechones de mano y las anécdotas divertidas fueron el centro del amplio cubrimiento de los medios de comunicación de lo que en la práctica fue el bautizo de Barack Obama, como mandatario del país más poderoso del planeta, en su vecindario. La profunda división que persiste entre el grupo del Alba (liderado por Venezuela, que no firmó la declaración final) y el resto no opacó el clima de optimismo.
Obama se robó el show, como era de esperarse. Y no con anuncios trascendentales, sino porque a punta de carisma y gestos amables envió un mensaje contundente sobre sus intenciones de cambiar la política de su país hacia América Latina: Estados Unidos será, a partir de ahora y a diferencia de los años de Bush, amigo de todos y no censurará a priori a sus enemigos ideológicos. El nuevo presidente estadounidense respondió con sonrisas, y hasta con chistes, el discurso agresivo e interminable de Daniel Ortega, de Nicaragua; la inescrupulosa queja de Evo Morales, de Bolivia, sobre la supuesta participación de E.U. en un atentado en su contra, y el irónico regalo de Hugo Chávez, de Venezuela, de la obra clásica de Eduardo Galeano -Las venas abiertas de América Latina- que cuestiona el papel imperial de Washington en el continente.
Habrá que ver hasta dónde se traducen en hechos concretos estas expresiones pacientes que ya en Washington -sobre todo en el Partido Republicano- fueron recibidas con críticas. En la cumbre quedó la sensación de que las medidas anunciadas para suavizar el embargo contra Cuba deben conducir a la posterior erradicación absoluta de esa figura. Una idea que tenía más simpatías en el recinto de Trinidad que las que encontrará en el del Congreso de Estados Unidos, donde se tomará la decisión. Los sectores más conservadores de ese país consideran que las actitudes amistosas de Obama pueden ser interpretadas como muestras de debilidad por los enemigos.
Aquel, sin embargo, está convencido de que se está moviendo con los vientos de la historia. Su actuación en la cumbre recoge sus planteamientos de campaña y tiene coherencia con lo que ha hecho en su corto período en la Casa Blanca frente a otras regiones del mundo. Estima que su país sigue siendo el más poderoso del globo, pero que no tiene la capacidad de solucionar, solo, los problemas del mundo. Estados Unidos, en consecuencia, debe liderar y no imponer las acciones políticas. Hace poco, The New York Times, al referirse al tema, dijo que "llegó la hora de la diplomacia", incluso frente a asuntos como la guerra contra el terror, en los que Estados Unidos ha usado la fuerza.
A diferencia de la cumbre en Mar del Plata (Argentina) hace cuatro años, la de Trinidad deja la sensación de que sembró un campo fértil para forjar una alianza continental. En palabras del presidente del Brasil, Lula da Silva: "Si Estados Unidos quiere, tiene el chance de escribir un nuevo capítulo en la historia, no de injerencia, sino de cooperación, de construcción de cosas positivas con los países de América Latina y el Caribe". Quedó abierta, sin duda, una puerta esperanzadora.
Aunque no se trataba de una instancia para tratar relaciones bilaterales, el presidente Álvaro Uribe sacó provecho de sus encuentros esporádicos con el presidente Obama para romper el hielo con la nueva administración. Se necesitarán otras reuniones, en momentos más adecuados, para profundizar asuntos complejos como el TLC, el Plan Colombia y la situación de derechos humanos en el país. Pero Colombia ingresó al radar de Barack Obama, lo cual es un buen y alentador primer paso.
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