Hace más de una semana, una veintena de elementos del grupo paramilitar conocido como 'Las Águilas Negras' traspasó la frontera ecuatoriana e hirió a tres habitantes del pequeño poblado de Bordón, en cercanías del Pacífico nariñense. El episodio, que generó una fuerte protesta de Quito, ocasionó el desplazamiento de un contingente de 200 soldados de ese país. El miércoles 12, el propio presidente Rafael Correa volvió a arremeter contra Colombia. De hecho, hace unos días el mandatario amenazó con prohibir la entrada de colombianos a territorio ecuatoriano, mientras que en círculos cercanos al Palacio de Carondelet se afirma que la imposición del visado obligatorio está cada vez más cerca.
Esa posibilidad no hace más que confirmar que la situación con un país al que nos unen innegables vínculos de hermandad e historia va de mal en peor. Episodios como el desencuentro ocurrido en Bruselas, cuando fracasó la reunión programada entre la Comunidad Andina y la Unión Europea, han llevado a más de uno a afirmar que hoy son más los motivos de divorcio que de unión entre Colombia y Ecuador.
Es cierto que el problema central es la presencia de grupos ilegales en la zona limítrofe entre los dos países, a lo cual no ayuda que desde Bogotá el asunto a veces se trata con cierta displicencia. Pero el embrollo ha sido complicado por Correa, personaje tan popular como rencoroso, quien ha dicho que nunca podrá olvidar el suceso que llevó a la muerte de 'Raúl Reyes' y al posterior rompimiento de relaciones. Nacionalista fanático, el presidente vecino ha aprobado la compra de armas y recorre las guarniciones militares haciéndoles jurar a sus hombres que nunca más tolerarán sucesos como el del primero de marzo, haciendo referencias veladas a una posible confrontación. Además, a pocos meses de nuevas elecciones en las cuales su triunfo se ve seguro, Correa y sus funcionarios han rechazado los cuestionamientos por cuenta de un aumento de la criminalidad, al insinuar que la culpa es de los colombianos, pues cientos de miles han buscado refugio en ese país.
Esta elevación de la retórica contrasta con la sensación de normalidad que reportan los viajeros a Quito o Guayaquil. Incluso, los flujos comerciales han aumentado: 18 por ciento en las exportaciones en los primeros ocho meses del año, hasta llegar a 972 millones de dólares. Así las cosas, no falta quien diga que todo funciona mejor ahora que los lazos diplomáticos están rotos.
Pero tal escenario es engañoso. La razón es que la experiencia de los meses pasados prueba que, ante la falta de diálogo directo, las posiciones duras no han hecho más que volverse más rígidas. La Cancillería colombiana sostiene que ha enviado señales conciliadoras y que otros funcionarios de la Administración han cerrado la boca, pero lo cierto es que la Casa de Nariño no ha resistido la tentación de contestar los ocasionales agravios de Correa, a pesar de que en su momento aguantó peores embates de Hugo Chávez.
Ahora es necesaria otra actitud, así sea claro que la distancia entre Rafael Correa y Álvaro Uribe es insalvable. En ese sentido, Colombia debería insistir en la reanudación de relaciones a nivel de encargados de negocios, al tiempo que ofrece cooperación policial en la lucha contra la delincuencia. También es necesario intensificar las operaciones en la frontera para combatir no solo a las Farc, sino a esa peligrosa mezcla de paramilitares y narcotráfico que puede ocasionar un incidente serio. Por último, vale la pena impulsar programas en Nariño y Putumayo para que sean desarrollados a nivel regional, pues alcaldes y gobernadores de la zona tienen buen diálogo con sus pares ecuatorianos. Ese es el mejor seguro para impedir que la antipatía de los presidentes lleve a situaciones que, ojalá, no haya que lamentar.
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