Deplorable que un certamen que congregó a 90.000 jóvenes en el parque Simón Bolívar de Bogotá, en un evento cultural como el XII festival Hip Hop 2008, hubiera terminado en una batalla campal por culpa de un puñado de revoltosos.
Según las autoridades, los muchachos la emprendieron contra el mobiliario, destruyeron unos 28 paraderos, señales de tránsito, vehículos oficiales y atacaron varios automotores de transporte público y particular. Se calculan daños por 28 millones de pesos.
Las pérdidas son lo de menos. Lo inconcebible es que todo el esfuerzo que hace la Administración para que, a través de los espectáculos, los jóvenes se sientan partícipes de la ciudad y de su oferta cultural termine en actos de incomprensible salvajismo puro. Más aún cuando el festival convocaba el respeto por la vida. Al día siguiente, el escenario más parecía un campo de batalla: vidrios rotos, piedras y palos en la vía pública y las caras tristes de los afectados. En un lugar donde estuvieron presentes 19 grupos que expresaron sus mensajes en paz.
La ciudad está harta de las barras bravas en el estadio como para que ahora los parques públicos se conviertan en lugar donde unos pocos expresan su inconformismo por la vía de la destrucción y la violencia. El esfuerzo no es de poca monta (decenas de funcionarios de movilidad, socorristas, médicos, guías) y tiene un costo para la ciudad y para sus habitantes, que se ven privados de policías (más de 600 en cada jornada) que se destinan a proteger la integridad de quienes concurren a estas actividades. Uno de los aspectos más destacados del cambio urbano de los últimos años ha sido la celebración de estos megaeventos en paz y sin mayores lesionados. Récord que amenaza con perderse.
Ojalá los desmanes del fin de semana no empañen el Festival Rock al Parque, que se celebrará los tres primeros días de noviembre. Del buen comportamiento y civismo dependerá que la ciudad siga abriendo más espacios de integración, convivencia y cultura sana.
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