Durante siete décadas, el silencio ha cubierto muchas atrocidades cometidas en la guerra civil que desgarro a España de 1936 al 39. La Ley de Memoria Histórica, apoyada por el presidente español José Rodríguez Zapatero, procederá, entre otras medidas, a la exhumación de los cadáveres de miles de ejecutados y desaparecidos de esa época que yacen en fosas comunes.
Federico García Lorca, el emblemático poeta andaluz de la Generación del 27, es uno de ellos y quien, después de su fusilamiento, fue sepultado en el barranco de Víznar. Esta medida se tomaría en cualquier momento, luego de definir recursos legales de quienes se oponen. La aprobación de esta ley sigue generando polémica, atizada por la férrea determinación de los García Lorca de no exhumar el cadáver del poeta. Finalmente cedieron, conscientes de la importancia de sumarse a esta cruzada.
Unos rechazan las aperturas de las fosas al considerar que abren la honda herida colectiva aún sin cicatrizar que dejó una guerra civil con un millón de muertos. La Conferencia Episcopal, por ejemplo, se opone a divulgar las listas de fusilados. Ante esto, Rodríguez Zapatero reivindica la ley: sólo devolviendo los muertos a sus familiares concluirá un ciclo de silencio y de dolor. Otros ven en esta iniciativa un intento por devolverles la dignidad, perdida sin remedio en una fosa común.
García Lorca pagó con la vida su ateísmo, su homosexualidad y su filiación al Frente Popular. Su exhumación no tiene marcha atrás y confirmará las circunstancias de la muerte. Este esfuerzo de recuperación de la memoria parece un imperativo en España, a la luz de los casos de Alemania con el nazismo, al igual que en Francia e Italia. Ocurre también en Argentina, al rastrear a los hijos de los desaparecidos. Y en nuestro país, por ejemplo, con el reciente informe de la masacre de Trujillo.
El fusilamiento de García Lorca dejó al mundo huérfano de una poeta excepcional que defendía la libertad por encima de las nacionalidades y de los credos. Setenta años después, los españoles inician un proceso de justicia póstuma para cerca de 30.000 fusilados, que configura una forma de enjuiciamiento colectivo y de rescate de la memoria histórica en torno de una terrible guerra civil y la férrea dictadura de 40 años que la sucedió. España enfrenta con madurez los fantasmas de un pasado tortuoso, retratado por Picasso y acompañado bajo la tierra por Federico García Lorca.
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