La explosiva situación boliviana ha dado un vuelco. Por fin, después de tensas semanas en que se sucedieron enfrentamientos, muertes, bloqueos y un estado de preguerra civil, el país ve luz al final del túnel. Unos pocos días de negociaciones, una buena dosis de voluntad política y la saludable presión de los países vecinos han hecho el milagro.
Es importante destacar el papel que ha tenido en el cambio de rumbo Unasur (Unión de Naciones Suramericanas), cuya reunión en Santiago de Chile podría calificarse de histórica. Allí, con el liderazgo del presidente brasileño Lula da Silva -por cuya mediación hicimos votos en esta misma columna-, los nueve países de la región apoyaron a Evo Morales, el mandatario boliviano constitucionalmente elegido, pero al mismo tiempo le exigieron que propiciara un diálogo firme con sus opositores.
La llamada Declaración de La Moneda, en referencia a la casa de gobierno chileno donde despacha la presidenta Michelle Bachelet y donde murió Salvador Allende hace 35 años, contiene nueve puntos. En ellos se condenan las acciones irresponsables ocurridas en enfrentamientos entre las provincias del centro, encabezadas por La Paz, y la llamada "Media luna", de las provincias periféricas en torno a Santa Cruz. Además, se invita a que las partes depongan la violencia y opten por el diálogo.
Sería injusto conceder todo el crédito de la nueva etapa de la crisis a la ayuda internacional. Fueron claves también las cinco jornadas de negociaciones que completaron con éxito el vicepresidente Álvaro García y el prefecto de Tarija, Mario Cossío. El acuerdo al que llegaron los dos voceros de las partes en conflicto plantea el inmediato restablecimiento de la paz social y compromete a unos y otros a retirarse de las barricadas y regresar a los cuarteles, campos y fábricas; también abre el diálogo propiamente como tal, que se extenderá en un principio durante tres meses. Morales, a su vez, suspende la convocatoria del referendo para ratificar la nueva constitución, piedra de toque del problema.
Aun después de haber sido capturado Leopoldo Fernández, gobernador de Pando y uno de los prefectos autonomistas, el resto de gobernadores regionales continuaron con el diálogo para suspender la violencia. Bolivia no ha alcanzado la paz. Por ahora logra la calma, que no es poco. Pero al menos se aparta de un camino que la conducía a la guerra civil.
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