El avión presidencial, acostumbrado a volar por los cielos de Colombia con un mandatario hiperactivo, por estos días ha cambiado sus rumbos hacia rutas internacionales. El lunes llevó a su ilustre pasajero a Chile, hoy viajará a Washington y el domingo, a Nueva York. Un itinerario intenso, que recuerda la famosa shuttle diplomacy de Henry Kissinger, y que pone de presente la complejidad de la situación política continental (crisis en Bolivia, embajadores de Estados Unidos expulsados de La Paz y Caracas, y el de Venezuela de Washington) y sus efectos para Colombia, situada en el corazón de un vecindario en alta tensión.
Los tres destinos de la agenda diplomática del presidente Uribe -Santiago, Washington y Nueva York- son cruciales. El primero, por la gravedad de la situación boliviana, en la que están en juego, más allá de la estabilidad del gobierno de Evo Morales, la unidad del país, la estabilidad de la región y la preservación de principios fundamentales como el de la no intervención. Todos ellos, directamente vinculados al interés nacional de Colombia.
Por eso fue oportuna la presencia de Uribe en Unasur, una entidad recientemente creada, sin grandes simpatías iniciales en el gobierno colombiano por su connotación de contrapeso a la política de Estados Unidos en la región, por la mayoría de gobiernos de izquierda y por su intención de marcar contrastes con la OEA.
Pero esa actitud ha sido en buena hora rectificada, lo que nos acerca más a Suramérica. El apoyo de Unasur, con la presencia de Uribe, a Evo Morales no es simple producto de una alianza de amigos políticos, sino que tiene un significado más profundo, que refleja las nuevas realidades políticas del continente (ver segundo editorial de hoy). La ausencia de Estados Unidos, el activo dinámico liderazgo de Brasil y la agilidad de su respuesta -en contraste con el cansancio que ha mostrado la OEA en otras situaciones críticas- componen un cuadro novedoso y hasta promisorio.
La cercanía estratégica de Colombia a E.U. no debe ser una razón para aislarse del nuevo panorama suramericano. Durante su parada en Washington, el Presidente tendrá la oportunidad de llevar un testimonio de primera mano sobre las sensibilidades en el sur hacia los conflictos diplomáticos de Bolivia y Venezuela con ese país.
Uribe llegará a la capital estadounidense en un momento de ánimos caldeados por el debate electoral. Situación que lo obligó a recortarle días y eventos a la agenda inicialmente prevista para darle un nuevo impulso al TLC, cuyas mejores posibilidades vendrán después de las elecciones. Pero Uribe tiene razón en dejar el 'recorderis' de que su aprobación está pendiente y reforzar el mensaje de que no se conformará con un trato inferior al de Centroamérica, Panamá y Perú, que ya tienen sus TLC. No sobrará una agradecida despedida de Uribe a Bush, matizada, eso sí, con un estrechón de manos con Bill Clinton, para evitar que la visita a la Casa Blanca dañe aún más las relaciones con los envalentonados demócratas.
La escala final del periplo será en la Asamblea General de Naciones Unidas. Un escenario importante para Colombia, en momentos en que la 'parapolítica', los choques de trenes y la extradición de los jefes 'paras' han levantado preguntas para las cuales el presidente Uribe debe llevar respuestas convincentes.
No son pocos, ni fáciles, los equilibrios que debe mantener el mandatario colombiano. Cerca de Bush, sin ofender a los demócratas. Aliado especial de Washington sin aislarse de América Latina. Defensor de principios vitales, como la no intervención, sin que eso signifique que Colombia está en el mismo lado ideológico de Chávez o Evo. En estos tiempos tormentosos, la diplomacia del shuttle es, también, la de los pies de plomo.