Hasta esta semana, la situación política boliviana estaba contenida dentro de sus fronteras. Sin embargo, en cuestión de horas, Bolivia pasó de una crisis doméstica al centro de un enfrentamiento diplomático con Venezuela y Estados Unidos. La decisión del presidente Evo Morales de expulsar al embajador de Estados Unidos en La Paz -cortina de humo para algunos- desencadenó una serie de hechos que mantienen hoy al hemisferio en vilo.
En "solidaridad" con la movida de su aliado Morales, el presidente venezolano, Hugo Chávez, expulsó al embajador estadounidense en Caracas. Casi de inmediato, el vocero del Departamento de Estado de los Estados Unidos anuncio la expulsión recíproca del enviado venezolano en Washington. Además, autoridades del Tesoro norteamericano acusaron al ex ministro venezolano Ramón Rodríguez Chacín y a otros dos funcionarios de narcotráfico y de financiar a las Farc.
Chávez anunció, además, apoyo militar a Bolivia en caso de un golpe de Estado contra Morales. Intenciones que fueron rotundamente rechazadas por altos militares bolivianos. Al mismo tiempo, el presidente brasileño, Lula Da Silva, dijo que no "tolerará" una ruptura institucional de su vecino.
Son cada vez más claras las repercusiones internacionales de la crisis interna que hoy enfrenta Bolivia. Las circunstancias de sus diversos enfrentamientos parecen avanzar hacia una violenta confrontación general. El jueves hubo ocho muertos en la provincia de Pando, saqueos en las oficinas gubernamentales de Santa Cruz, 70 heridos en Tarija y desórdenes en toda la nación.
El conflicto tiene muchos filos y, con el paso dele tiempo, se ve más lejano un acuerdo. Por una parte, está el poder indígena, representado por Morales, que pretende refundar el país a la medida de las mayorías nativas históricamente marginadas. A ello se oponen las clases dirigentes tradicionales. Por otro, chocan con fuerza el poder central de La Paz, Oruro, Potosí y Cochabamba, que apoyan a Morales, y las regiones periféricas, mucho más ricas que la capital, como Pando, Beni, Tarija y Santa Cruz.
La gravedad de la situación es innegable: el diálogo murió, las posibilidades inminentes de restaurarlo no existen y la violencia se extiende. La pelea es entre grupos cívicos, y el Ejército parece incapaz de controlarlos. Hay quienes piensan que se podría desembocar en una guerra civil entre el centro y las provincias que piden autonomía, entre los indígenas y quienes se oponen a su refundación.
La buena noticia es que la internacionalización del conflicto boliviano podría conducir a su solución. Con la merma de las exportaciones de gas a Brasil, el gigantesco vecino y potencia regional queda tocado. El presidente Lula puede ser persona clave para promover un acuerdo. Cuenta con la amistad de Morales, su correligionario socialista, y con la simpatía de la rica región de Santa Cruz. Las fuertes declaraciones del presidente brasileño a favor del orden constitucional boliviano indican que no será un convidado de piedra en esta crisis.
Dos cosas están claras: primero, que la violencia dispone de combustible para hacerse cada vez más intensa y extensa y no ha hecho más que comenzar. Y, segundo, los bolivianos no pueden solucionar solos la grave situación que atraviesan. Es hora de inventar caminos para promover los buenos oficios de un grupo de países, donde necesariamente tiene que estar Brasil.
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