A finales de abril pasado se conoció la odisea diaria que tenían que vivir unos 300 estudiantes de cinco veredas del municipio de Ortega (Tolima). Las denuncias de prensa mostraban cómo tenían que atravesar el río Tetuán con el agua al cuello. Unos llevaban pantaloneta para poder cruzar con los libros en alto; ellas recibían sus clases empapadas; a muchos la corriente les robaba los cuadernos; a otros les iba algo mejor cuando tenían 500 pesos para que los pasara una vieja canoa.
La noticia causó revuelo nacional. Unos estudiantes rurales no podían estar exponiendo sus vidas y soportando semejantes penurias. Hubo esperanzas y alborozo. El ministro Andrés Uriel Gallego, tocado en sus fibras humanas y en su deber gubernamental, prometió un puente colgante, que tendría un costo de 482 millones de pesos. El municipio ponía 60. Aleluya, los niños de Ortega estudiarían secos, gozarían de los mismos derechos de la mayoría de los colombianos. Inclusive, el Ministro se impuso un plazo de 4 o 5 meses para inaugurar la obra.
Hoy, el plazo está expirando y, a menos que haya un milagro bíblico, todo quedará en la promesa. O en un engaño. No ha llegado ninguna máquina y parece que el puente no está sino en la ilusa mente de los estudiantes. Y del alcalde municipal, Ángel María Monroy, a quien el Ministerio le hizo puente con el Invías, pero ya está cansado de visitar esas oficinas sin que haya una respuesta concreta.
El Gobierno Nacional fue generoso y ofreció 200 millones para el transporte en canoa de los niños mientras estrenaban puente. Pero ahora dice que no hay más plata, pues eso le corresponde al municipio. Como quien dice, que se defiendan solos. Las promesas también se las llevó el río. Qué absurdo.
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