A menos que gobiernos y ciudadanos se den por aludidos, nuestros nietos no definirán el agua como "líquido que sale por el grifo", sino como "líquido transparente que venden embotellado".
Así empieza a ocurrir en países como Estados Unidos, México, Brasil, Italia y Alemania, donde las aguas de marca comercial desplazan poco a poco a la de la cañería. En el 2007, el consumo mundial de agua envasada llegó a 190 millones de litros, 47 por ciento más que en el 2002 y el doble de 1997, cuando apenas empezaba la moda.
La palabra clave es "moda". Algunos países y algunas regiones de algunos países donde el agua es impura o escasa agradecen la posibilidad de comprarla embotellada. Allí es un problema de salud.
Pero desde hace un tiempo, la omnipresencia de agua en envases de plástico es efecto de un propósito comercial fríamente diseñado para alterar los gustos de los consumidores y añadir a sus gastos el de un producto que hasta ahora se obtiene sin costo adicional girando una llave. El negocio significa la perspectiva de ganancias colosales para las empresas que, como Nestlé y Coca-Cola, impulsan el anodino consumo.
Punto crítico de la promoción son los restaurantes. Allí aspiran los fabricantes a vender la idea de que es vulgar e incluso puede ser peligroso beber agua normal. Un folleto de Nestlé dirigido a los meseros los insta a ofrecer solo agua embotellada para cobrar así propina por este mínimo esfuerzo. Un vaso de agua comercial cuesta entre 350 y 1.000 veces más que el del grifo, pese a que en catas ciegas algunos expertos no logran diferenciar entre el chorro humilde del caño y un monóxido dihidrógeno por el que se cobra a veces más que por el vino. Cada botella pequeña de marca Swarovski, por ejemplo, se cotiza en 95.000 pesos.
Que piquen algunos esnobs en la trampa de las aguas de lujo es problema de ellos. El problema es que la fabricación de los envases plásticos de estos productos son enemigo mayúsculo del medio ambiente y portentoso consumidor de energía: más de 100.000 barriles de crudo en el 2007. Es por eso por lo que los alcaldes de muchas ciudades con acueductos científicamente tratados, como Chicago, Los Angeles y San Francisco, están adoptando medidas para frenar el agua embotellada. Primero, un impuesto por recipiente. Segundo, que ningún restaurante pueda negarse a suministrar agua del grifo. Y, tercero, que se prohíba en oficinas públicas la compra de H2O envasada.
Los consumidores colombianos deberíamos preocuparnos antes de que nos ahoguen en un vaso de agua de marca.
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