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Cayó Karadzic

La captura del antiguo presidente de la llamada República Serbia de Bosnia, Radovan Karadzic, podría ser sin dificultad la noticia más importante de la década para la justicia internacional. Y tiene repercusiones que van bastante más allá del hecho de que, por fin, se hará justicia con uno de los más notables criminales de guerra del siglo XX.

Lo que hizo Karadzic -junto a otros, como su jefe militar, Radko Mladic, y Goran Hadzic, acusado de crímenes de guerra contra los croatas en Vukovar- configura una de las páginas más negras en la historia universal de la infamia.

Enfrentará en la Corte de La Haya -a donde será enviado luego de que, probablemente, fracase su apelación ante un juez de Belgrado- 11 cargos por genocidio, crímenes de guerra y de lesa humanidad, "limpieza étnica", desplazamiento forzado; entre ellos, el sitio y bombardeo de Sarajevo por 43 meses, en el que perecieron 12.000 civiles; la tristemente célebre masacre de Srebrenica, donde fueron asesinados a sangre fría por tropas serbio-bosnias, en julio de 1995, 8.000 hombres y niños, y los famosos campos de concentración en los que se mantenía a prisioneros bosnios y croatas en condiciones infrahumanas. Sus apariciones ante la prensa en Pale en esos años, junto a su mujer, Ljiljana, llegaron a convertirse en un símbolo del cinismo y una encarnación de los horrores de esa guerra.

Llevarlo ante la justicia internacional se convirtió para el Tribunal para la ex Yugoeslavia, que termina su periodo en el 2010, en un asunto crucial. Después de que fuera arrestado Slobodan Milosevic, en el 2001 (quien murió en prisión en el 2006, poco antes del veredicto en su contra), el más prominente de todos los criminales internacionales más buscados era Karadzic. Su envío ante ese organismo es una de las pruebas más contundentes en la historia reciente de que, así cojee, la Justicia llega.

El contraste con el Karadzic arrestado el lunes en Belgrado -un barbudo y apacible profesor de medicina alternativa con falsa identidad- y el "carnicero de Pale", como lo llamaban algunos en 1996 (por el nombre de la capital de la República Serbia de Bosnia o Srpska, que creó y dirigió durante la guerra que hizo explotar a la ex Yugoeslavia), no podía ser mayor. Sin embargo, lo más elocuente es que, luego de tantos años, haya sido capturado. Y que fuesen las autoridades serbias las que lo hicieran.

Esto marca un punto de quiebre en la relación de Serbia con Europa. Aun los más escépticos, como el Ministro de Relaciones Exteriores holandés, que calificó el hecho como un "paso adelante" e insistió en que la Unión Europea no puede firmar un tratado de asociación con Serbia mientras no entregue a figuras como Mladic y Hadzic, deben reconocer que, por fin, después de años de no actuar, las autoridades serbias parecen haber decidido que su "incapacidad" para encontrar a estos criminales de guerra no tenía presentación.

La decisión es aún más encomiable, pues la captura y extradición de Karadzic a La Haya va sin duda a producir protestas populares en Serbia, donde subsisten bolsones del fanatismo nacionalista que llevó a la guerra de 1992-1995. Esto acentuará, seguramente, el distanciamiento de Rusia de parte del recién posesionado gobierno serbio, y podrá descongelar la posibilidad del ingreso de Serbia a la Unión Europea, con lo que quedarían sepultadas las últimas divisiones que creó la confrontación fratricida en la antigua nación comunista de Tito. Un tanto para Europa, para la justicia internacional y para la humanidad. 

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