Si el compromiso fundamental de los médicos es poner el bienestar de sus pacientes por encima de cualquier consideración, no hay nada que justifique que alguno pueda prestarse para beneficiar, amparado en su misión, intereses comerciales de cualquier especie.
Un informe publicado por este diario, que recogió los testimonios de representantes de la industria farmacéutica y del gremio médico, desnudó el hecho de que muchos profesionales formulan y promueven determinados medicamentos a cambio de dádivas de los laboratorios -no todos-, que van desde obsequios y recordatorios hasta la participación en congresos y el pago de dinero y viajes.
Aunque por primera vez el tema se debate en Colombia, este tipo de arreglos son más comunes de lo que se cree. Y configuran una serie de intereses que no siempre coinciden con los de los pacientes.
La formulación está vinculada a la responsabilidad profesional y debe ir precedida de consideraciones científicas. El médico no puede olvidar que el dinero con que se pagan las fórmulas es del paciente o del sistema de salud. Prescribir con racionalidad e independencia es su deber indeclinable.
No hay cifras exactas sobre la cantidad de dinero que gasta la industria en el posicionamiento de sus fármacos y en el control de la formulación que hacen los médicos, pero es obvia la enorme capacidad de lobby de un negocio que mueve 750.000 millones de dólares al año. Aunque estas compañías tienen legítimos intereses comerciales, que se traducen en la promoción de sus productos mediante estrategias de mercadeo y publicidad, también deberían instaurar códigos de autorregulación que las lleven a respetar la autonomía médica y el derecho de los pacientes a recibir los medicamentos que necesitan.
Estas discusiones, promovidas por organizaciones de consumidores, también se registran en otros países. La semana pasada, en momentos en que el Congreso de Estados Unidos examinaba las relaciones entre laboratorios y profesionales de la salud, el sector farmacéutico de ese país decidió prohibir la entrega de regalos, recordatorios y el pago de almuerzos en restaurantes a los médicos. Aunque se trata de un primer paso en busca de la clarificación de las relaciones entre ambos sectores, ha sido criticado por superficial.
La interacción entre la industria y el gremio médico es necesaria para garantizar la seguridad de los pacientes y la eficacia de los tratamientos, y el profesional tiene derecho a recibir una compensación cuando trabaja como investigador o consultor de un laboratorio. Sin embargo, el médico debe hacer pública su declaración de vínculos e intereses, especialmente cuando se divulgan los resultados de sus investigaciones.
Es incompatible solicitar o aceptar contraprestaciones a cambio de la prescripción de un medicamento. Este principio no admite excepciones enmascaradas en supuestos estudios de investigación que induzcan el uso de determinados fármacos.
El sistema de salud colombiano no garantiza la formación continua de sus profesionales; la industria, aprovechando este vacío y la precariedad de los ingresos de muchos de ellos, la ofrece a su modo, en congresos y simposios cuyas agendas académicas se vuelven plataformas publicitarias. Los médicos colombianos han sido catalogados como de los mejores del Continente; no puede permitirse que hechos de esta clase desdibujen su labor. Las sociedades científicas deben liderar la redefinición de la relación con la industria, pensando en el beneficio del paciente y en la dignificación de la profesión. Bienvenido el debate.
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