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Editorial: Un desafío crucial

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En sintonía con Juanes y su invaluable rol como gestor del cambio social, queremos impulsar un sentimiento de reconciliación, patente entre los colombianos, que debe ser la puerta de entrada a tiempos mejores para el país.

Los lectores de EL TIEMPO tienen en sus manos una edición que marca un hito en más de un sentido. Por un lado, es la primera vez que un periódico colombiano le abre sus puertas a un artista de talla mundial para que lidere el trabajo periodístico detrás de una edición. Y no cualquier edición. Con ella, y en plena sintonía con Juanes y su invaluable rol como gestor del cambio social, queremos impulsar un sentimiento en este sentido, patente entre los colombianos, que, bien encauzado, debe ser la puerta de entrada a tiempos mejores para el país.

Independientemente de la feliz coincidencia con el proceso de paz que se avecina, nos mueve la firme convicción de que ha llegado la hora de enfrentar una tarea pendiente para el país desde tiempos coloniales.

Esta comienza por un esfuerzo de reconciliación que permita reparar viejas rupturas, fracturas tan hondas como añejas, que se han expresado en inútiles rencores, heredados por más de una generación; pesados lastres que, además de contener grandes dosis de dolor, han sido obstáculo para que esta sociedad desarrolle plenamente un potencial que se hace enorme al considerar los abundantes recursos que tiene a la mano.

Se trata de una misión decisiva, cuyo éxito está supeditado a un esfuerzo colectivo. Dicho de otra forma, cada colombiano carga una copia de la llave de la paz, a la que deberá recurrir en mayor o menor medida para alcanzar una transformación a gran escala, pilar de una renovada identidad nacional.

Tiene razón Juanes al señalar, como lo hizo en el conversatorio organizado por esta Casa Editorial el pasado viernes, que la reconciliación es, finalmente, un asunto individual.

Por eso, a la par con la reconciliación, hay que buscar ese cambio personal que convierta a cada colombiano en un agente activo, capaz de darle un nuevo sentido a su existencia y en condiciones de cerrarles el camino a múltiples formas de violencia, tan silenciosas como letales y no necesariamente relacionadas con el conflicto. Nos referimos a las riñas, a los atracos, pero también a la discriminación por razones de raza y género, al maltrato intrafamiliar, al matoneo escolar y a las agresiones sexuales, entre otros.

Tampoco se pueden pasar por alto ciertas prácticas que minan el tejido social, como la cultura del atajo, la obsesión por el dinero fácil, el premio a la trampa, encarnada en la mal llamada "malicia indígena", y la búsqueda de privilegios para evadir el cumplimiento de la ley.

Detrás de todos estos lunares subyace la dificultad para ponerse en los zapatos del otro. Obstáculo que impide reconocer a las demás personas como iguales, sobre todo en el plano emocional. Para ello se requiere reactivar esa virtud de la empatía, que permite la conexión con las emociones de los demás seres humanos, una de las tareas en las que trabaja la Fundación Mi Sangre, del cantante paisa.

Sin tal empatía se hace mucho más empinado el camino a una reconciliación, que debe darse en tres dimensiones: con los demás, con la vida y con uno mismo. Con Juanes también compartimos la convicción de que, si no sanamos las heridas invisibles del alma, seguirá el ciclo de dolor que ha marcado nuestra historia.

Datos recientes prenden las alarmas sobre hasta qué tan lejos están dispuestos a llegar los colombianos en el camino del perdón. El trabajo periodístico publicado en este diario el pasado domingo sobre los verdaderos alcances que ha tenido la reintegración de desmovilizados dibuja un cuadro que invita a redoblar esfuerzos. En contraste, las historias de reconciliación que hoy recogemos renuevan las esperanzas.

Pero la hoja de ruta no se agota ahí. Por delante se asoma la necesidad de un cambio de paradigmas que alcanza otros terrenos. Por ejemplo: el espacio urbano, que debe ser menos hostil y, en cambio, más inclinado al encuentro entre diversos sectores sociales; la convivencia, que impone la necesidad de aceptar la diversidad -no cerrar puertas solo por razones de origen, pensamiento u orientación sexual-, y la conversación, o sea, la disposición a escuchar, a no imponer un punto de vista, a abrirse a la deliberación y al intercambio de argumentos. No menos importante es la reconciliación con el medio ambiente, que, en el caso colombiano, representa un reto harto sensible para los años venideros, que incluye la necesidad de adoptar estilos de vida sostenibles que involucren cambios sustanciales en la cotidianidad.

Todo esto debe conducir a una revitalización de la identidad nacional para que esta no se limite al deporte o al folclor y comprenda acuerdos que mejoren la convivencia, que se traduzcan en mayor igualdad. Que se alimente de una cultura de la legalidad, del cumplimiento voluntario de las normas por la convicción de que el bienestar colectivo es requisito previo del bienestar individual.

Un giro en esta dirección necesariamente tendrá efectos palpables en lo material. Y todo debe llevar a logros concretos y urgentes, como dejar de ser uno de los países con mayor desigualdad en la repartición de la riqueza. De ahí a la reducción de la pobreza y al aumento de los indicadores de la calidad de vida de las personas es corta la distancia.

Es el momento de cambiar: poco sentido tiene la prosperidad sin una base de felicidad. En eso consiste el desafío.

editorial@eltiempo.com.co

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