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Editorial: La parábola de Lance Armstrong

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La caída de quien fuera una leyenda del ciclismo obliga a un debate profundo sobre el papel del dinero y, sobre todo, de la obsesión por el triunfo en el deporte de alto rendimiento.

Sin importar que se tratara de una revelación esperada, fue enorme el impacto que causó el jueves en la noche la confesión del ciclista norteamericano Lance Armstrong. En diálogo con la periodista Oprah Winfrey, aceptó con no poca frialdad haber utilizado sustancias prohibidas para mejorar su rendimiento, práctica que por años negó con vehemencia. Llamó la atención su rostro siempre adusto. Asumió culpas, sí, pero no expresó mayor remordimiento.

Pese a no sorprender a nadie, sus respuestas sí consternaron a muchos. Y aunque con ellas evadió detalles sobre la trama que se tejió detrás de él, alcanzaron a darle la estocada al mito construido en torno a quien fue considerado uno de los más grandes deportistas de todos los tiempos. El héroe, referente de millones, sobre todo jóvenes, y además benefactor que tras estar casi desahuciado resurgió para ganar siete veces el Tour de Francia, reconoció que sus hazañas -pero también el producto comercial y motivacional en el que se convirtió- se levantaron sobre el fraude. Ahora están en juego su patrimonio y su libertad, ambos en entredicho, pues tendrá que devolver buena parte del dinero que obtuvo en su carrera y deberá explicar por qué aseguró, bajo juramento, no haberse dopado.

Lo acontecido ha llevado a una reflexión acerca de un deporte que, por cierto, tantas alegrías le ha dado a Colombia.

Un debate que tiene dos vetas. Por un lado está la del fraude. Aquí hay que decir que este es un mal que está lejos de ser exclusivo del deporte de las bielas. En el fútbol, pero también en el tenis y en muchas otras especialidades abundan casos de irregularidades cometidas por quienes olvidan la ética con tal de alcanzar no solo el honor, sino además el dinero.

Muchas veces el impulso natural de la especie humana por destacarse, así esto represente un riesgo para la propia integridad, combinado, como en este caso, con el afán del abundante lucro que promete a los mejores el deporte de alto rendimiento lleva a los deportistas a burlarse del reglamento. La forma como esta sociedad ha promocionado el éxito individual como valor supremo que debe alcanzarse a cualquier costo es un factor que sin duda entra a jugar aquí. El mismo Armstrong aseguró que a él lo motivaba la mera satisfacción que le producía demostrar su superioridad. Desde luego, mientras alzaba los brazos llovían dividendos para él y para las marcas que representaba.

La otra arista es la del uso recurrente de sustancias prohibidas en el ciclismo. Y es que desde sus inicios hay registro suficiente de este tipo de ayudas non sanctas, pese a que solo comenzaron a controlarse en 1966, cuando las anfetaminas circulaban copiosamente por el pelotón. Para explicarlo se ha dicho, por ejemplo, que la dureza de las pruebas no les deja más alternativa a los competidores. Es cierto que saber administrar el dolor es el secreto de este deporte -"¡Asesinos!", les gritó el francés Octave Lapize a los organizadores durante una etapa del Tour de 1910 de más de 300 kilómetros y con cinco premios de montaña- y también que el sufrimiento que acarrea hace a quienes lo practican más proclives a recurrir a atajos para evitar las penurias. Pero nada de esto responde a la pregunta si no se contempla la obsesión por el triunfo ya mencionada.

Reducir la exigencia puede ser una alternativa para que el ciclismo salga adelante, pero de nada servirá si sigue habiendo quien quiera sacar ventaja recurriendo al lado oscuro de la ciencia. Por eso, hay que revisar sobre todo qué ha llevado a que en este, pero también en otros deportes de alto rendimiento, se quiera buscar la victoria al precio que sea.

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