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Editorial: El celular o la vida

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Hay que rechazar de manera enfática que la sociedad siga siendo azotada por tan execrable crimen. Todo lo que se haga es poco ante el dolor de quienes han perdido a un ser querido por el hurto de un celular.

El titular de este comentario no es gratuito, es genuina realidad. Tener un móvil entre el bolsillo o ir hablando por él en la calle o en el carro se ha convertido en una trampa mortal. El caso más reciente es el del abogado bumangués Juan Guillermo Gómez, asesinado vilmente de una puñalada por robarle su celular en una de las zonas más exclusivas de la capital.

Como el de él, son decenas los casos que se han registrado y se siguen registrando en el país. Pueda que muchos no terminen en muerte, pero sí dejan con heridas físicas o secuelas psicológicas a quienes son víctimas de un atraco, sea a plena luz del día o en la penumbra de la noche. Los que más sufren son los padres, a sabiendas de que el hijo anda en la calle con un aparato que puede costarle la vida.

Este diario reportó ayer la impresionante cifra de casi 5.000 celulares hurtados al día. Solo en Bogotá, de cada 42 hurtos que se denuncian, 27 son por este tipo de robo. Ninguna autoridad tiene estadísticas sobre cuántos están comprometidos en crímenes graves, como el homicidio o las lesiones personales. La misma Policía se queja de la falta de justicia, pues los ladrones de estos teléfonos suelen quedar en libertad. Así, es muy difícil hacerle frente a un delito que mueve miles de millones de pesos, ya que sus tentáculos trascienden fronteras.

Lo que resulta increíble es que se trate de una conducta delictiva a cual más conocida. Las autoridades y la misma ciudadanía saben de los lugares donde se comercializan las piezas de los celulares robados y dónde están los mercados para los mismos, dentro y fuera del país. ¿Por qué no se actúa con mayor contundencia?

Tras lo ocurrido, se anuncian medidas, decretos, operativos y voluntad para atacar a las mafias que están detrás de este crimen. Algunas lucen tardías ante las cifras expuestas. Hay que rechazar de manera enfática que la sociedad siga siendo azotada por tan execrable crimen. Todo lo que se haga es poco ante el dolor de quienes han perdido a un ser querido por el hurto de un celular.

Mientras las medidas anunciadas entran en operación -y habrá que confiar en su efectividad-, solo cabe hacer una recomendación apelando al desgastado pero efectivo adagio popular de no 'dar papaya' a los delincuentes con un teléfono móvil.

editorial@eltiempo.com.co

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