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Editorial: Atroz, bárbaro y cobarde

Por: REDACCIÓN ELTIEMPO.COM | 7:51 p.m. | 27 de Noviembre del 2011

La lista de actos aberrantes de las Farc no hace más que crecer. El sábado pasado, tras entrar en combates con las Fuerzas Militares en el municipio caqueteño de Solano, los guerrilleros asesinaron con tiros de gracia a cuatro de los 15 uniformados que aún mantenían secuestrados.

Los cuerpos del sargento José Libio Martínez -el colombiano con más tiempo en cautiverio-, el coronel Édgar Duarte, el teniente Elkin Hernández y el intendente Álvaro Moreno fueron encontrados al lado de las cadenas que soportaron por más de una década. Sólo se salvó el sargento Luis Erazo, quien huyó de sus captores.

Esta masacre, cometida contra unos militares en completo estado de indefensión, constituye un recuerdo doloroso para el país del degradado estado de deshumanización al que han caído estos grupos subversivos. Se trata, como lo calificaron las Naciones Unidas, de "crímenes de guerra" y, como tales, han despertado el intenso y lógico repudio tanto de todos los estamentos de la sociedad colombiana como de la comunidad internacional.

Desde que la cúpula guerrillera adoptó la bárbara práctica del secuestro como estrategia militar, no ha hecho más que perder el minúsculo espacio político que le quedaba después del Caguán y sembrar dolor e impotencia en las familias de sus víctimas. Cuando se escriba el anhelado final de este largo y cruento capítulo de la historia nacional, la infamia contra militares, policías y políticos retenidos por años será recordada como el cáncer que infectó mortalmente a las Farc.

La inmensa desesperación de los familiares de los secuestrados los lleva a rechazar las operaciones militares para su rescate. Si bien su temor es comprensible, el deber ineludible de las Fuerzas Armadas está en la liberación de los colombianos que están en las garras de la subversión. En especial, los 11 miembros de la Fuerza Pública que ya llevan entre 12 y 14 años en la selva. Tanto el penoso secuestro como el asesinato cobarde son responsabilidad única y exclusiva de las Farc.

Al nuevo comando guerrillero le corresponde asimismo responder a los inequívocos mensajes de diálogo que les ha enviado el presidente Juan Manuel Santos. En su visita al Reino Unido de la semana pasada, el Primer Mandatario reiteró que tiene su "llave para la paz" y le pidió a la subversión "actos de buena fe".

No obstante, la respuesta del secretariado ha sido un portazo en la cara. El tono desafiante y delirante de la primera carta de 'Timochenko' como jefe de las Farc confirma que su interés actual no pasa por abrir las puertas del diálogo. De poco sirve renovar liderazgo y estrenar retórica, si los "actos" que piden no sólo el presidente Santos sino todos los colombianos los protagonizan las balas cobardes.

Arranca la era 'Timochenko' en la guerrilla con una miserable masacre que invita a la sociedad a la prudencia en cuanto a las expectativas de un fin del conflicto a corto plazo. Y al Gobierno le sirve también para balancear su reactivación de la salida negociada con el despliegue incansable del nuevo "plan de guerra".

Por más que algunos busquen en palabras, discursos y biografías del nuevo liderazgo subversivo razones para que las rutas del diálogo se privilegien por encima de la estrategia militar, lo cierto es que esta es la que ha dado resultados. Estos nueve años de golpes permanentes a las Farc le han devuelto al país la seguridad perdida, así como la capacidad de imaginar un futuro sin conflicto.

La pequeña ventana histórica que se abrió con la caída de 'Alfonso Cano' se comienza a cerrar con los tiros de gracia de una guerrilla canalla.

editorial@eltiempo.com.co

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