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Por: REDACCIÓN ELTIEMPO.COM | 5:05 p.m. | 31 de Octubre del 2011
En 40 años, el mundo debe duplicar la producción de carne y aumentar un 50 por ciento la de granos.
El terrícola número 7.000 millones nació al despuntar el pasado lunes. Por lo menos tres países reclaman ese récord para un nuevo habitante suyo. ¿Será Danica, la bebé filipina? ¿Será Piotr, el ruso? ¿O acaso será Nargis, nacida en la India? La respuesta correcta es: todos y ninguno. Todos, porque cada segundo nacen cuatro personas en el mundo. Ninguno, porque varios expertos han advertido que alcanzamos la cifra de 7.000 millones de pobladores hace varios días, probablemente varias semanas. La ONU, sin embargo, se propuso fijar el 31 de octubre como fecha simbólica de este hito demográfico para sensibilizar al mundo hacia un grave problema: la superpoblación del planeta.
Según algunas estadísticas, cada año nacen 83 millones de personas; según otras, la cifra se acerca a 130 millones. Dicen las matemáticas que la Tierra pasó de 6.000 millones a la actual cifra en solo doce años, y que en el 2050 llegará a los 9.000 millones. Asia aportará 57 de cada 100 inquilinos del globo; África, 22; América, 13; Europa y Oceanía, 8. Habrá para entonces unos 65 millones de colombianos (hoy somos 45 millones).
El número es elevado y se traduce en necesidades cada vez mayores de servicios, transportes, combustibles, materiales de construcción, textiles y, lo más importante, comida. La presión que ejercerán 9.000 millones de personas sobre la naturaleza, las sociedades y la producción económica será formidable y solo hay dos maneras de responder a ella: inventando lo que falta y ordenando lo que ya existe. La primera parte corre por cuenta de la ciencia. En cuanto a un nuevo orden en el disfrute de los bienes terrenales, el mundo tendrá que racionalizar su producción y distribución y repartir mejor lo que tiene o, de lo contrario, la distancia entre pobres y ricos seguirá ampliándose, la inestabilidad social aumentará y surgirán nuevas guerras.
Es paradójico que los dos más graves problemas alimentarios globales sean, en su orden, el hambre, que padecen 1.000 millones de personas, y la obesidad, que se ceba en 2.000 millones. El planeta se ha ilusionado vanamente en lo que concierne a la nutrición de sus habitantes. En 1973, cuando se celebró en Roma la primera reunión mundial sobre el hambre, el secretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger, dijo: "Dentro de diez años ningún niño irá a dormir con hambre". La realidad, cuatro décadas después, es muy distinta: cada seis segundos muere un niño por desnutrición. La cifra ni siquiera disminuye. En 1995, los hambreados eran 830 millones. Actualmente hay 200 millones más.
¿Qué comerán dentro de 39 años los niños que acaban de nacer? Para lograr que todos los terrícolas de entonces tengan una dieta que les permita una ingesta adecuada, la humanidad debe enfrentar, entre otros, los siguientes retos: invertir más en agricultura; intensificar y variar los cultivos propios, ya que en el mundo se cultivan masivamente solo unos pocos cereales y, como está demostrado, cualquier escasez o alza de precios produce verdaderas devastaciones; modificar los patrones de consumo de los países ricos; desarrollar tecnologías ad hoc, como las que inventó Brasil para volver productivas las tierras yermas del 'cerrado'; mejorar transportes y almacenamientos; privilegiar el destino para la mesa de ciertos cultivos, en vez de convertirlos en combustibles; desarrollar transgénicos que no provoquen daño a la naturaleza.
Dentro de 40 años, el mundo debe duplicar la producción de carne y aumentar un 50 por ciento la de granos. Ese es el desafío central que plantea la alimentación de Danica, Piotr, Nargis y miles de millones más.
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